lunes, 5 de octubre de 2026

ARQUEOLOGÍA, BIBLIA Y HOMERO *OHNEFALSCH-RICHTER* vii-2

 KYPROS

THE BIBLE AND HOMER.

ORIENTAL CIVILIZATION, ART AND RELIGION IN ANCIENT TIMES.

CHIPRE

 LA BIBLIA Y HOMERO.

 CIVILIZACIÓN, ARTE Y RELIGIÓN DE ORIENTE EN LA ANTIGÜEDAD. ILUSTRADO MEDIANTE LAS INVESTIGACIONES Y EXCAVACIONES DEL PROPIO AUTOR DURANTE DOCE AÑOS DE TRABAJO EN CHIPRE

POR MAX OHNEFALSCH-RICHTER, PH. D.

1893.

DEDICADO A SU ALTEZA

BERNHARD,

PRÍNCIPE HEREDERO DE SAJONIA-MEININGEN-HILDBURGHAUSEN, MECENAS Y AMIGO DEL ESTUDIO DE LAS ANTIGÜEDADES,

 POR MAX OHNEFALSCH-RICHTER.

CHIPRE- LA BIBLIA Y HOMERO * OHNEFALSCH* vii- 2

***// * Nota del autor del blog *El texto de este libro esta borroso, no está nítido, y me dificulta copiar las letras exactamente, es probable que lugares, medidas aparezcan traducidas con algunos errores, nombres en griego antiguo, o en idioma alemán,  en todo caso queda en criterio de los lectores su debida investigación. El  copiar exactamente  los nombres o medidas, retrasaría mucho el tiempo que necesito para avanzar en todas estas  traducciones que hago yo solo, y de forma personal, de forma gratuita,  sin contar con ayuda de ningún colaborador o equipo.// ***

Estoy sumamente agradecido al Dr. Chr. Belger, uno de los editores de la Berliner Philologische Wochenschrift, quien siguió con incansable interés el desarrollo de mi trabajo, corrigió numerosos errores y me señaló varios puntos que de otro modo habría pasado por alto; agradezco también a los señores D. D. Or. Jessen y H. Schmidt.

En la preparación de la edición en inglés, conté con la ayuda de muchos académicos ingleses, tanto damas como caballeros.

 La mayor parte del trabajo fue realizada con gran dedicación por el reconocido arqueólogo W. K. Paton M. A. (Aberdeen). Otra parte fue traducida por la Srta. E. Sellers (Londres), igualmente reconocida en el mundo académico. La traducción de la conclusión y de la mayor parte de la explicación de las láminas fue completada por la Srta. K. A. Raleigh (Londres), con gran amabilidad, energía y diligencia. El Sr. C. H. Jeafferson (Liverpool) también tradujo algunas hojas.

 En Berlín, el reconocido profesor H. Nettleship de Oxford tuvo la amabilidad de revisar gran parte de las pruebas de imprenta. A ellos, mis colegas ingleses, les ofrezco mi más sincero agradecimiento. Del Central-Gewerbeverein f'ir Rheinland and Westfalen y de su director, el Sr. Frauberger, recibí una importante contribución: excelentes fotografías de los ornamentos de oro chipriotas pertenecientes al Museo de Düsseldorf. Estas fotografías fueron tomadas especialmente para mí de forma gratuita, y el Sr. Frauberger añadió una admirable descripción que se ha impreso en el apéndice. También debo expresar mi gratitud por las ilustraciones y descripciones recibidas del Albertinum de Dresde, de su director, el profesor Dr. Treu, y su asistente, el Dr. P. Herrmann; de la Colección de Arte Histórico de la Casa Imperial de Viena, y de su conservador, el Dr. R. von Schneider; del Sr. A. Brockhaus de Leipzig, del profesor Dr. Th. Schreiber de Leipzig; del Museo Gran Ducal de Karlsruhe, y de su director, el Dr. Hofrath Wagner; y del Museo Universitario de Bonn, y de su director, el profesor Dr. Loschcke. Los señores C. Watkins, C. Christian y J. W. Williamson me brindaron una valiosa colaboración en Chipre y, gracias a su intervención, pude ilustrar los valiosos descubrimientos de Marion-Arsinoe de manera completa y satisfactoria. El Kaiserliches Deutsches ArchSologisches Institut y su primer secretario en Atenas, el Sr. Dr. \\'. Dorfeld, pusieron a mi disposición para este trabajo algunas vistas fotográficas inéditas.

El Sr. Pottier del Louvre de París y el Sr. Cecil Smith del Museo Británico de Londres me brindaron una valiosa ayuda. El Sr. Cónsul General E. Landau me prestó algunos de mis dibujos originales en acuarela que estaban en su poder y que utilicé para la preparación de las láminas coloreadas.

 Su hermano, el Barón Dr. W. von Landau, también me apoyó con consejos y ayuda práctica.

A los señores Geheimrath, Profesor Dr. E. Curtius y Profesor Dr. A. Furtwangler les debo la posibilidad de publicar, de forma tan completa, las antigüedades de la colección chipriota del Antiquarium del Museo Real de Berlín. También conté con la valiosa colaboración del Sr. Profesor Dr. Erman, Director de la sección siria y egipcia del Museo Real de Berlín, y de su asistente, el Sr. Dr. Steindorf. A estos caballeros, así como al Sr. Profesor Dr. Schrader, les agradezco profundamente. Estoy en deuda con Abel, Schafer y C. F. Lehmann por la importante información sobre las antigüedades sirias y egipcias que he incorporado a mi tratado.

 Los libros necesarios para mis estudios me fueron prestados gratuitamente por la Biblioteca Rojal de Berlín. La mayoría de los dibujos son del Sr. Liibcke y están admirablemente ejecutados. El resto de los dibujos son obra del Sr. Siegert y del Sr. Couve. Todas las fototipos, las nueve en color, fueron preparadas con sumo cuidado en el taller del Sr. A. Frisch. Los grabados en zinc, que aparecen en parte en el texto y en parte entre las ilustraciones, proceden del taller de fotograbado de los Sres. Dr. Diesterweg & Co., Fischer y Dr. Brockelmann, A. Frisch, E. Galliard y P. Meurer.

 Desde 1879, he estado recopilando diligentemente materiales en Chipre, que consisten no solo en informes de hallazgos y descripciones de excavaciones, sino también en planos, fotografías, dibujos y acuarelas. La mayoría son obra mía. Sin ellos, habría sido imposible publicar la obra.

No puedo dejar de mencionar, además, a alguien a quien agradezco la ayuda y el interés que me brindó, lo que me permitió viajar a Chipre y realizar mis estudios arqueológicos allí. Una dama inglesa, que prefiere permanecer en el anonimato, me facilitó los medios para viajar a Chipre en 1878.

 Su Excelencia el Barón von Keudell, entonces Embajador de Alemania en Roma, quien me conocía personalmente, utilizó su influencia en la Cancillería del Reich para obtenerme presentaciones diplomáticas para Chipre.

Cuando llegué a la isla, el Sr. C. D. Cobham, el Comisionado Real Inglés de Larnaca (conocido por su bibliografía sobre Chipre) y el Sr. D. Pierides (conocido por sus obras sobre epigrafía y numismática) comenzaron a interesarse por mi trabajo.

Me recomendaron a Sir Charles Newton, quien en aquel entonces era Conservador de Antigüedades Griegas y Romanas en el Museo Británico, y hacia finales de 1879 me encargó la dirección de las primeras excavaciones.

El erudito francés Sal. Reinach, en sus Crónicas de Oriente, que aparecieron por primera vez en la Revista Arqueológica y posteriormente se recopilaron en un volumen, dedicó un espacio considerable a mis investigaciones.

Mi trabajo ha sido objeto de debate en Inglaterra, especialmente en la Contemporary Review y en la Academy, por el erudito de Oxford A. H. Sayce, y en Estados Unidos en el American Journal of Arqueology.

En Alemania, mis descubrimientos y estudios se dieron a conocer a un público más amplio gracias a la revista Berliner Philologische Wochenschrift, editada por Chr. Belger y O. Seyffert.

 Entre los académicos alemanes que hasta la fecha han estudiado a fondo los materiales que les han proporcionado mis nuevos descubrimientos, cabe mencionar a los profesores D. D. A. Furtwangler, F. Dlümmler, W. W. Helbig, así como a D. D. P. Herrmann y Julius Naue.

 La profunda influencia que el Dr. H. Schliemann ejerció sobre mis estudios se comprenderá mejor al leer mi obra. La muerte de este distinguido hombre fue una gran pérdida para mí. El mismo día en que se anunció la triste noticia, recibí una carta del Dr. W. Dorpfeld, en la que entendí que debía considerarme contratado para participar en la excavación de Schliemann, proyectada para la primavera de 1891. Su inesperada muerte destrozó uno de mis sueños más preciados.

Además de los caballeros que ya he mencionado por su ayuda en Chipre, debo expresar mi sincero agradecimiento a Sus Excelencias Sir Robert Biddulph y Sir Henry Bulwer por el apoyo incondicional y constante que siempre me brindaron durante mis estudios.

Muchas otras personas, tanto ingleses como griegos, que aún viven en Chipre, me han mostrado amabilidad y comprensión. Sus nombres figuran en mi tesis, cuya publicación se debe a una sugerencia del Sr. Hofrath, el profesor Dr. Overbeck de Leipzig.

Poco antes de su publicación, el valor de esta obra se vio enormemente enriquecido por una carta del Sr. W. E. Gladstone, que he reproducido en facsímil. Me complació mucho recibir el honor de recibir una carta de una persona de tan alta posición, especialmente porque la Cámara de los Comunes acababa de iniciar sus sesiones. Una vez más, reitero mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que me han ayudado en mis trabajos.

 BERLÍN, febrero de 1893.

 MAX OHNEFALSCH-RICHTER.

CAPITULO 1

LUGARES DE CULTO ANTIGUOS EN CHIPRE.

 Describo, al principio, los seis lugares de culto más importantes que excavé, porque ocuparán gran parte de nuestra atención en este trabajo y porque constituyen la clave para la correcta comprensión de los recintos sagrados chipriotas en general. En sus descripciones del aparato de culto olímpico revelado por las excavaciones, Curcio* y Furtwängler** solo pudieron citar paralelismos chipriotas.

 El material de comparación del que disponían estos eruditos cuando escribieron, parecerá un fragmento minúsculo y no siempre fiable de la Historia de los Cultos Criogénicos, en comparación con las numerosas y, en algunos casos, completas descripciones de las prácticas religiosas en la antigua Chipre que aquí presento al lector por lo que, a todos los efectos, puedo considerar la primera vez.

 Los descubrimientos que ya he hecho públicos, tanto yo como otros, constituyen solo una pequeña fracción de un todo que he conservado deliberadamente; y en cuanto a los descubrimientos posteriores, mi dilatada experiencia como arqueólogo me permite sacarles el máximo provecho que los propios descubridores.

 Empecemos con el número 1, el temor a Artemisa Cibeles en Achna, al este de la isla. ***) Si trazamos una línea recta desde Larnaca, el puerto más conocido de la costa sureste de la isla, hasta la antigua Salam, situada en la costa este, al norte de Famagusta, Achna, un pequeño pueblo moderno, se encuentra aproximadamente a medio camino entre ambos. Está situado en los márgenes de una depresión bien regada y fértil en una llanura que, por lo demás, es infértil o estéril. Al sur y sureste, en dirección al pueblo de Xylotimbo, no hay más que roca desnuda; al norte y sureste, en dirección a Akhyritou, la roca tiene una escasa capa de suelo ferruginoso. En el fértil y sinuoso valle de Achna, en un punto relativamente estrecho, a unos 50 metros de las últimas casas y no lejos del camino, los campesinos, en la primavera de 1882, encontraron por casualidad la  Artemis-Temenos.

Estaban cavando para el gobierno, a intervalos a lo largo del valle, una serie de hoyos cuadrados, como los que se suelen hacer para la exterminación de las langostas. *) En la lámina 1 se muestra un plano del .Artemis-Temenos hasta donde se pudo determinar; la parte norte, que da al pueblo, fue destruida hace años, cuando se plantó allí un huerto.

 La conservación de una parte del .Artemis-Temenos se debe a que la tierra solo se ha arado ocasionalmente con el arado chipriota, un apero primitivo que a veces solo remueve la tierra a unos pocos centímetros de profundidad.

 Sin embargo, en algún momento del transcurso de dos mil años, manos violentas debieron de posarse sobre la gran masa de ofrendas votivas que antaño se encontraban aquí. Podemos calcular, a partir de los fragmentos existentes de las grandes estatuas de terracota, que medían al menos 3,5 metros de altura.

 Era de esperar que estas enormes estatuas, que sobresalían del suelo y se mantenían "sub divo", cayeran presa del destructor.

*) Die Altiire von Olympia. Berlín 1882. (Extracto de tiit- .\l)liandlungen iler Königl. .\kademie tier Wissenschaften. Berlín 188t.i **) Die Bronzefunde von Olympia. Berlín 1880. (Extracto de .\bhandlangen der Könijrl. .Akad. der Wissensch. Berlín 1879.1 **) Para facilitar la localización de los lugares en el Mapa (.PI. I), he insertado en rojo, en los puntos a los que se refieren, los números de la presente lista. También he marcado en rojo todos los lugares de la isla donde he realizado excavaciones. No he incluido un itinerario, ya que esto habría implicado conectar con líneas la mayoría de los pueblos de la isla. Tampoco me pareció útil incluir todos los lugares donde vi restos antiguos o tumbas abiertas por otros. Hablaré de ellos en trabajos que traten más específicamente sobre topografía.

***// * Nota del autor del blog *El texto de este libro esta borroso, no está nítido, y me dificulta copiar las letras exactamente, es probable que lugares, medidas aparezcan traducidas con algunos errores, nombres en griego antiguo, o en idioma alemán,  en todo caso queda en criterio de los lectores su debida investigación. El  copiar exactamente  los nombres o medidas, retrasaría mucho el tiempo que necesito para avanzar en todas estas  traducciones que hago yo solo, y de forma personal, de forma gratuita,  sin contar con ayuda de ningún colaborador o equipo.// ***

 La mayor profundidad a la que se removieron los restos del suelo virgen fue de 1,2 metros. Las bases y los pies de las estatuas encontradas en el plan se hallaron in situ a un nivel superior (algunas a no más de 30 cm por debajo de la superficie actual), permaneciendo sobre la antigua superficie pisoteada.

 Al excavar en el lugar PHT (Lám. IV), los campesinos encontraron toscas estatuas de terracota (como las de las Lám. y 8, y Lám. XII, 1-4) apiladas tan juntas como sardinas en una caja.

(Encontré montones similares de estatuas en las excavaciones de septiembre y octubre de 1882).

Estaban tan amontonadas que los niños del pueblo las usaban como juguetes.

Algunas de las más pequeñas se vendieron a un barbero de Larnaca, y así fue como descubrí el yacimiento.

MESÍAS EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ETC. *FITZ* 6-9

 EL CRISTO DE LA PROMESA

EN HOMERO, HESÍODO, VIRGILIO, OVIDIO, HORACIO, ETC.

VINCENT A. FITZ SIMON,

«LA VERDAD, ABATIDA CONTRA EL SUELO, VOLVERÁ A ALZARSE; SUYOS SON LOS AÑOS ETERNOS DE DIOS; MAS EL ERROR, HERIDO, SE RETUERCE DE DOLOR Y MUERE ENTRE SUS ADORADORES». BRYANT,

NEW YORK

1809

CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ETC. *FITZ*  6-9

El paganismo griego, hay que admitirlo, echó raíces firmes desde el principio y floreció como un laurel verde.

Brotó cuando Heleno —hijo de Deucalión, el que sobrevivió al Diluvio, y en cuyo nombre, como en el de Jafet, se pueden rastrear los elementos de «extensión» (ἕλον) y de «brillo» (ἕλη)— fundó la raza griega; creció con los hijos de Heleno y se opuso al eólico Salmoneo cuando su impío intento de autodeificación atrajo el fuego de Zeus sobre él y su ciudad; luchó contra Adrasto por el dominio, contra los Epígonos por venganza y contra Troya por la ultraje a la hospitalidad; animó a Ífito a proclamar un período de paz universal cada cuatro años mientras se celebraban los Juegos Olímpicos. Se alió con Dracón y Solón en sus esfuerzos legislativos, e instigó la Guerra Sagrada en defensa de los derechos de los peregrinos; luchó por la patria en Maratón, Salamina y Platea, e hizo más llevadera la muerte en las Termópilas; lamentó las disputas internas y la larga Guerra del Peloponeso; acompañó a Alejandro a la victoria, y entonces los dioses rivales de Egipto y Persia, de Babilonia y de la India, oyeron por primera vez el místico «¡ἐλελεῦ! ¡ἐλελεῦ!» que resonó en las gargantas griegas. Y cuando Grecia misma cayó en desgracia y recibió el golpe mortal de Mumio, sus dioses aún triunfaron. Encaramados en estandartes romanos, se abrieron paso desde el Éufrates hasta el Tajo, desde Cartago hasta Britania, y las deidades de todos los países subyugados eran tan tributarias a Zeus como los propios países lo eran a Roma; pues donde volaba el águila, allí resonaba el ave del olímpico, Júpiter. Sin embargo, en su hora de mayor triunfo, una nube, cargada con la perdición del paganismo, se cernía sobre Oriente.

 Un niño había nacido en Belén de Judea, y su nombre era Jesús. Criado entre el único pueblo que había sido instruido abiertamente desde los tiempos de Abraham en la adoración de un Único Dios Verdadero, alcanzó la condición humana y comenzó esa misión divina tan familiar para todo lector.

Vino a los suyos, como lo expresan las Sagradas Escrituras, y, aunque en Él se cumplieron todas las condiciones de las profecías pasadas, los suyos no lo recibieron; lo crucificaron. Pero antes de su muerte, había reunido a su alrededor un selecto grupo de discípulos especialmente instruidos y comisionados para continuar la tarea que Él comenzó y establecer la iglesia que Él fundó.

En los últimos años de Tiberio comenzó la lucha entre el cristianismo y el paganismo, una lucha que, desde una perspectiva humana, resultó totalmente desproporcionada en todos los sentidos.

 Eran doce hombres contra millones, pobreza contra riqueza, sencillez rústica contra filosofía refinada, lenguaje directo contra elocuencia pulida; era un esclavo contra la dueña del mundo, el escarnio de las naciones contra Roma, ¡y el «crucificado» de ese escarnio contra el mismísimo Zeus olímpico! Pero aun así, gracias a la Providencia Divina, el cristianismo encontró y se fortaleció desde sus inicios.

 El Evangelio que predicaba —un Ser Supremo y un Cristo que había venido, amor a Dios hasta el abandono de sí mismo, caridad que no reconoce distinciones y una vida irreprochable— no resultó alarmante al principio para los intereses temporales de quienes ostentaban el poder, quienes lo consideraban una extraña forma de fervor religioso que se extinguiría por sí sola y que, de pasar desapercibida, desaparecería aún más rápidamente.

La consecuencia fue que la nueva doctrina, al no encontrar inicialmente oposición especial salvo la de los sacerdotes judíos, tuvo un éxito asombroso.

Pedro convirtió a tres mil personas en su primera predicación y a cinco mil en otra:// por el poder del E.S. y no de elocuencia humana// «Y la palabra de Dios se extendía, y el número de discípulos se multiplicaba en gran manera en Jerusalén; y una gran multitud de sacerdotes obedecía a la fe». Y de nuevo leemos (Hechos 9:31): «Entonces quedaron iglesias por toda Judea, Galilea y Samaria, y se extendieron por toda la región». edificados: y andando en el temor del Señor y en el consuelo del Espíritu Santo, se multiplicaban.

 En menos de treinta años desde la Crucifixión, el Evangelio se había predicado en Roma, Grecia, Asia Menor, Armenia, Arabia, Persia, Escitia, Siria, Mesopotamia, Frigia y Asia Central; y en treinta años más, los cristianos eran tan numerosos en esas tierras, así como en la Galia, España, Alemania, Egipto, el norte de África e India, que Plinio el Joven, al informar sobre ellos desde su provincia póntica, escribió: «Grandes son en número, de ambos sexos, de todas las edades y de todas las condiciones sociales. Los campos, las ciudades y los pueblos están repletos de ellos. En cuanto a nuestros dioses, sus templos están desiertos y sus fiestas han cesado».

Sin embargo, este orden pacífico y próspero de cosas no duró mucho. La estricta piedad y la vida intachable que al principio habían avergonzado a la multitud pagana hasta el punto de la tolerancia se volvieron exasperantes en comparación con su propio credo laxo y su moral aún más relajada; la concienzuda exclusividad mostrada por los padres cristianos en asuntos relacionados con diversiones privadas y públicas, reuniones sociales, afiliaciones y el vínculo matrimonial, distanció gradualmente la simpatía y la influencia de aquellos que, viviendo y moviéndose en el mismo círculo social, se adherían al antiguo culto; los bienes personales e inmuebles de los ricos conversos atrajeron la codicia de los magnates locales y los funcionarios judiciales; su número cada vez mayor, con las consiguientes consecuencias de una menor asistencia y menos ofrendas en los altares de los dioses, impulsó a los sacerdotes a actuar por temor a que la religión nacional fuera subvertida.

A todo esto se sumaron las engañosas tergiversaciones y las atroces falsedades que se pueden promulgar y se han promulgado siempre respecto a lo que es verdadero y bueno, y los insidiosos ataques de todo escéptico que, siendo

sin excepción, se regodeaban en la religión como un campo idóneo para la exhibición filosófica y retórica.

Durante el reinado de Nerón comenzó la persecución; y desde su época hasta la de Constantino —un período de casi doscientos cincuenta años— el paganismo, con algunos breves e incontables interrupciones, disfrutó de la cruel satisfacción de poner a prueba a los cristianos en los dos principios más importantes de su fe: la entrega a Dios y la caridad incluso hacia sus torturadores paganos.

 La historia de aquellos días es una lectura espeluznante y proporciona pruebas convincentes de que los rasgos más nobles, así como los más viles, de los hombres solo se exponen a gran escala cuando la intolerancia religiosa y el derecho a la libertad de culto entran en conflicto.

Durante más de dos siglos, Roma, una monarquía altamente civilizada, concentró su atención en inventar innumerables formas de crueldades infernales contra una parte de sus súbditos: una parte moral y respetuosa de la ley que jamás rehuyó sus deberes como ciudadanos o soldados del Imperio, porque Roma creía en dioses paganos.

Durante el mismo tiempo, y debido a su creencia en un Dios verdadero, esos súbditos cristianos sacrificaron sus vidas por cientos y miles, sin sedición ni revuelta, y frente a torturas que hielan la sangre.

Se recurría a la decapitación, la crucifixión, el potro de tortura y la hoguera; pero estos castigos son leves en comparación con otros de los que leemos.

Hombres y mujeres eran torturados hasta que sus entrañas quedaban al descubierto; se les raspaba la carne y se vertía plomo fundido sobre la superficie cruda y temblorosa.

Fueron expuestos en la arena para ser devorados por leones, o disfrazados con pieles de animales para ser atacados y destripados por los perros, o envueltos en redes para ser corneados por toros; cubiertos de brea o cera de pies a cabeza y prendidos fuego, fueron colocados como antorchas vivientes para iluminar las plazas y jardines públicos; su carne fue pellizcada poco a poco con tenazas al rojo vivo, o sus cabezas fueron escalpadas y se les colocaron brasas ardientes; sus cuerpos desnudos fueron escarificados con cuchillos, frotados con sal y pimienta, y luego asados ​​lentamente en parrillas.

CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ... *FITZ* 3-6

 EL CRISTO DE LA PROMESA

EN HOMERO, HESÍODO, VIRGILIO, OVIDIO, HORACIO, ETC.

VINCENT A. FITZ SIMON,

«LA VERDAD, ABATIDA CONTRA EL SUELO, VOLVERÁ A ALZARSE; SUYOS SON LOS AÑOS ETERNOS DE DIOS; MAS EL ERROR, HERIDO, SE RETUERCE DE DOLOR Y MUERE ENTRE SUS ADORADORES». BRYANT,

NEW YORK

1809

CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ETC. *FITZ*  3-6

Una tercera clasificación —y, al igual que la anterior, de carácter más romano que griego— fue la que distinguía entre dioses mayores y menores (*Dii Majorum Gentium* y *Dii Minorum Gentium*). Doce de los primeros —Zeus (Júpiter), Apolo, Hermes (Mercurio), Poseidón (Neptuno), Ares (Marte) y Hefesto (Vulcano), junto con Hera (Juno), Atenea (Minerva), Afrodita (Venus), Artemisa (Diana), Deméter (Ceres) y Hestia (Vesta)—, conocidos como los *Dii Consentes*, integraban el consejo de Zeus cuando había que resolver asuntos de interés general para el mundo; ellos constituían los verdaderos núcleos en torno a los cuales giraban las aspiraciones religiosas de griegos y romanos.

La razón es evidente: todo lo que concernía directamente al Estado, a la Ciudad y al individuo se centraba en estas deidades *Consentes*, dado que representaban, respectivamente, la vida y el bienestar, la luz, el canto y la música, el saber y la elocuencia, la navegación y el comercio, la conquista y la gloria, así como toda actividad doméstica que requiriera fuego y horno; además de la tierra natal y la santidad del vínculo matrimonial, las saludables restricciones de la ley y el orden, las alegrías del amor, los placeres de la caza, la paz de la agricultura y la felicidad del hogar.

Se ha dicho que los griegos no consideraban a sus deidades como dioses propiamente dichos, sino como meros agentes de un Ser desconocido e innominado, o de la Naturaleza. Si bien esto es indudablemente cierto para unos pocos, ciertamente no lo es para la mayoría.

Los criterios de la deificación son la construcción de templos, la ofrenda de sacrificios y la oración ante imágenes —pintadas o esculpidas— de objetos o conceptos ya idolatrados en la mente. Los griegos hicieron todo esto; y no tenemos razón alguna para suponer que la multitud construyera, sacrificara y rezara con reservas mentales. ¿Por qué habría de hacerlo?

 No conocía otra religión que la suya; y si llegaba a oír hablar de un Osiris o un Bel, de un Mazda o un Indra, ¿en qué se diferenciaban estos de su propio Zeus? También ellos tenían esposas e hijos, guerras y disputas, pasiones y preferencias, tanto celestiales como terrenales; y, en comparación con estas divinidades orientales, sus propios dioses parecían más radiantes, más puros, más humanos y más fáciles de comprender. Y, además, ¿por qué habría de hacerlo?

Había nacido, crecido, recibido educación y formación en el culto a los dioses olímpicos; al igual que sus padres y antepasados; los hombres más sabios de la tierra hablaban bien de los dioses, los sacerdotes oficiaban en su honor, y jueces, estadistas, nobles y gobernantes les rendían la debida reverencia en sus santuarios.

No; el griego estaba tan orgulloso de su lengua como de su país, y de su religión tanto como de ambos; y aunque sus ejércitos conquistaran y sus filósofos visitaran las naciones de Oriente, su patriotismo, su lengua y su culto permanecían inalterables.

No hubo injertos, como ocurrió con el zoroastrismo y el magismo, ni una transferencia masiva como cuando Roma adoptó la totalidad del panteón griego. Los elementos originales de la creencia permanecían tan intactos y vigorosos en tiempos de Augusto César como cuando Leónidas se sacrificó por sus altares y hogares, o cuando Homero floreció y escribió sobre un Apolo airado que sembró la discordia entre el Atrida —rey de hombres— y Aquiles, el más valiente de los griegos.

Difícilmente podría ser de otro modo.

La invención y la configuración de la Teogonía revelan la mano maestra de alguien que busca —no a ciegas, sino con mesura— una cierta clase de Verdad; que la va componiendo pieza a pieza, revistiendo cada una con ropajes multicolores; y que luego la exhibe para deslumbrar, tal vez, a los ignorantes y despreocupados, o para suscitar dudas e interrogantes entre los instruidos y reflexivos.

 Ninguno de los miembros del Panteón aparece retratado con todos los atributos de un dios, ni tampoco con todos los instintos viles que convierten al hombre en una bestia.

 Cada uno es una misteriosa amalgama de lo celestial y lo terrenal —de fortaleza y debilidad, paciencia y pasión, amor y odio, bien y mal—: cada uno, en suma, representa tanto la humanidad ideal como la humanidad tal cual es habitualmente. Esto resulta especialmente cierto en el caso de Zeus, el jefe del Panteón; y el siguiente análisis sobre «el Padre de los dioses», tomado de la *Historia de Grecia* de Thirlwall, ofrece una excelente ilustración de lo que Zeus pretendía representar: el Hombre tal como debería ser, con mucho de ángel, pero también con algo de barro:

“Las deidades olímpicas se reúnen en torno a Zeus como su familia, en cuyo seno él mantiene la digna y afable autoridad de un rey patriarcal. Él asigna sus respectivos ámbitos de competencia y controla su autoridad. Sus esfuerzos conjuntos no pueden socavar en lo más mínimo su poder ni retrasar la ejecución de su voluntad; por ello, su carácter díscolo —incluso cuando provoca su reprensión— no logra perturbar la serenidad interior de su alma. El solemne gesto de asentimiento con el que ratifica sus decretos es irrevocable e inalterable. Así como su poder es irresistible, su sabiduría resulta inescrutable. Él sostiene la balanza de oro en la que se equilibran los destinos de naciones y hombres; de los dos recipientes situados a su umbral extrae los dones, buenos y malos, que alternativamente endulzan y amargan la existencia mortal. El orden eterno de las cosas —fundamento de la sucesión inmutable de los acontecimientos— le pertenece y, por tanto, él mismo se somete a él. Las leyes humanas derivan su validez de sus decretos; los reyes terrenales reciben el cetro de sus manos; él es el garante del orden social, vela por el cumplimiento de los contratos y la observancia de los juramentos, y castiga la traición, la soberbia y la crueldad. El extranjero y el suplicante gozan de su protección especial; el recinto que protege el hogar familiar está bajo su custodia; él castiga la negación y el abuso de la hospitalidad. Sin embargo, incluso este ser —llamado el más grande y glorioso de todos— está sujeto, al igual que los demás dioses, a las pasiones y a la fragilidad.

Pues, aunque inmunes a la disolución, dotados de una belleza y una fuerza extraordinarias y animados por una sangre más pura que la que corre por las venas de los hombres, sus cuerpos celestiales no son ajenos al placer ni al dolor; requieren el sustento de la ambrosía e inhalan el grato aroma de los sacrificios que les ofrecen sus fieles. Sus restantes afectos guardan consonancia con la naturaleza grosera de estos apetitos animales. El amor y el odio caprichosos, la ira y los celos perturban a menudo la calma de su espíritu; la paz del orden olímpico podía verse quebrantada por facciones e incluso por conspiraciones urdidas contra su soberano.

Él mismo no puede mantenerse totalmente al margen de sus disputas; a veces vacila en su propósito, se ve superado por artimañas, cegado por los deseos e impulsado por el resentimiento a una violencia impropia. La relación que guarda con el Destino no se representa de manera uniforme en los poemas homéricos, y es probable que el poeta no hubiera formado una idea clara al respecto. Por lo general, se describe el Destino como algo que emana de su voluntad, pero a veces parece no ser más que el instrumento de una necesidad inexorable, a la que intenta en vano eludir.”

Un Cristo sufriente nos lo hace más entrañable que si hubiera demostrado visiblemente su divinidad mientras era azotado, escupido y crucificado.

 Lo que la «humanidad» de nuestro Señor representa para los cristianos, lo representaban las cualidades «humanas» de sus deidades para los paganos: un motivo de meditación y reflexión; algo desconcertante, es cierto, y maravilloso, pero, a la vez, sumamente atractivo y capaz de despertar afecto. El hecho de que los dioses, al tiempo que ofrecían una justificación para la fragilidad humana, sirvieran también como modelos de una vida superior, invita a reflexionar profundamente sobre las intenciones y el propósito de quienes concibieron la Teogonía; asimismo, refuerza la convicción —ya expresada— de que esta fue formulada por hombres que creían en un Ser Supremo y le rendían culto, pero que se vieron intimidados por una población amante de los ídolos, la cual clamaba y amenazaba exigiendo dioses ajenos.

 Forzados a ceder, transigieron con su conciencia, se expusieron a los caprichos del destino y sistematizaron una forma de religión que proyectaba constantemente la sombra de la Unidad sobre el panteón y resistía los intentos de autodeificación de los gobernantes; al mismo tiempo, inculcaba el amor a la patria, el respeto por la ley y el orden, la observancia de la moral y de los derechos sociales, así como la idea de un juicio tras la muerte para todos los hombres, sin distinción de rango, riqueza, integridad o vicio.

Si no era religión en el sentido estricto de la palabra, era entonces la leche de la religión: bebida por la multitud, reservada para obtener nata por unos pocos, batida por el escéptico y transformada en alimento sólido por el buscador incansable, aquel a quien nada lograba confundir ni amedrentar en su búsqueda —digamos— del Santo Grial de aquella época.

ENTRADA DESTACADA

ARQUEOLOGÍA, BIBLIA Y HOMERO *OHNEFALSCH-RICHTER* vii-2

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