jueves, 1 de enero de 2026

MADERA DE VERANO Y EL FUEGO DE INVIERNO*ROSE PORTER* 1-9

 A LA DERIVA DESDE EL MEDIO OCÉANO.

ESTUDIOS DE PERSONAJES.

 UNA SECUELA DE MADERA DE VERANO

Y EL FUEGO DE INVIERNO.

DE ROSE PORTER.

NEW YORK

1889

DE MADERA DE VERANO Y EL FUEGO DE INVIERNO*ROSE PORTER* 1-9

“Mirando atrás por el camino recorrido, destellos y verdor persisten en el sendero: La distancia se funde y se suaviza hoy, mirando atrás. Rosa, púrpura y gris plateado. ¿Es esa nube la nube que llamamos tan negra? La tarde armoniza todo hoy. mirando atrás. pies necios tan propensos a detenerse o extraviarse. corazón necio tan inquieto en el tormento ! Ayer suspiramos, pero hoy no. “

A LA DERIVA DESDE EL MEDIO OCÉANO. I.

 Hace años, para complacer a mi abuelo, JL llevé mi diario «Madera Flotante de Verano». Más tarde, siempre de acuerdo con su deseo, escribí el diario «Fuego Invernal», y al llegar a la última página de cada uno, dije: “Nunca volveré a llevar un registro semejante de la historia de mi vida: en cuanto a la historia trazada a cada hora en las tablas del corazón, bueno, eso debe continuar hasta que la vida mortal se apague”.

Sin embargo, decido cambiar de opinión; porque ayer, cuando revisaba los papeles de mi padre, encontré una carta escrita hace años por mi abuelo, que contiene la petición de que cuente qué significan mis experiencias de tristeza y alegría, éxito y fracaso, vistas desde el punto medio que llamamos el meridiano de la vida.

Mi abuelo también me pide que cuente dónde se ha ampliado y dónde se ha reducido mi visión espiritual; y qué influencia ha ejercido en mi mente y corazón la impaciencia moderna del dogma y las interpretaciones de las antiguas creencias, a la luz de lo que muchas personas sinceras consideran un aumento del conocimiento, una creencia más amplia y un amor más expansivo.

Al reflexionar sobre estas preguntas, las encuentro rodeadas de problemas que solo puedo abordar contándoles de mi vida, tal como está estrechamente vinculada con otras vidas: pues mi experiencia individual es meramente débil latido del corazón, pero así unido se aliará al cálido latido viviente del gran corazón palpitante de la humanidad, tal como una unidad ayuda a contar cien o una gota de lluvia a formar una lluvia.

Saber que la compañía es vitalidad, mientras que el aislamiento es muerte, me impulsa a comenzar este relato ahora, cuando me encuentro, por así decirlo, en el umbral de una nueva vida.

 La semana que viene espero unirme a un grupo de amigos con quienes planeo pasar varios años viajando por el extranjero. Explicaré brevemente cómo es que dejo mi hogar y luego pasaré al día de la navegación. DERIVAS DESDE MEDIO OCÉANO 7 Recordarán la muerte de mi abuelo y cómo poco después mi padre y yo dejamos la ciudad. Llegamos a esta querida y antigua casa, que mi padre heredó, cuando terminó la peregrinación terrenal de la tía Stella.

 Desde entonces, hasta hace tres meses, los días iban y venían, uno igual al otro, sin ningún acontecimiento sorprendente.

Pero entonces amaneció una mañana que anunció el día de los días para mí: ¡me dejó huérfana! Todo fue muy repentino. Mi padre estaba fuerte y bien cuando salió el sol, frío y quieto cuando se puso, porque al mediodía “el dedo de Dios lo tocó y durmió”, mientras que la Puerta del Cielo se abrió y su alma entró tras el velo, y Cristo reveló que :

“La muerte no es para Sus seguidores ni siquiera abrir un pestillo; ¡Solo un paso al aire libre, de una tienda ya luminosa con luz que brilla a través de las paredes transparentes!

No me detendré en detalles; los hechos son suficientes y están envueltos en maravillosas manifestaciones de la tierna compasión del Padre Celestial y de la cercanía de Cristo. No quiero decir que al principio sintiera el consuelo de esa compasión y cercanía. No, tuve que soportar el dolor y esperar a que Dios me vendara. Fue mientras esperaba que la paz llegó, pues fue entonces cuando vislumbré la preciosa verdad de que mi propio dolor me daba derecho a acercarme a Cristo, pues por él, parte del dolor que este mundo soporta por el pecado recayó sobre mí, y debo llevarlo con Cristo. Él no lleva la cruz solo, ni pide a sus seguidores que la lleven solos. Se conmueve con nuestros sentimientos. Conoció por un momento la desaparición del padre, y el clamor: "¿Por qué me has abandonado?" Seguramente lo sé.

 Él conoce la agonía de la separación. Más tarde, incluso en medio de mi desolación, descubrí cuánto me queda por lo que vale la pena vivir si tan solo lo acepto como el Señor provee.

Así es como este gran dolor de mi mediana edad ha venido cargado de significados que mi dolor juvenil apenas percibía, y explica por qué mucho de lo que entonces me brindó dulce y reconfortante consuelo, ahora carece de él; y, sin embargo, el consuelo que ahora encuentro es el fruto de la semilla sembrada en los surcos de ese dolor temprano, pues las oraciones que planté entonces son bendiciones maduras ahora.

 sábado, 29 de octubre de 2016

"TU ESCUCHAS LA ORACIÓN DE AQUELLOS QUE TE BUSCAN"- HISTORIA CONMOVEDORA 

DIOS SÍ NOS OYE

Una viuda joven y solitaria 
descubre cómo Dios ayuda a  sobrevivir y a rehacerse 
 a  los desventurados que han perdido toda esperanza
Por Pamela Hennell


A MENUDO oímos decir a personas afligidas y desilusionadas: "Oré, pero mis ruegos nunca fueron atendidos". Yo también me expresé así cuándo una profunda pena trastornó mi vida, y me alejé de Dios. Sin embargo, largos meses después mi desilusión terminó de una manera extraña y maravillosa.
En los días felices y activos de mi matrimonio, pocas veces pensé en rezar. Durante los diez años que pasamos juntos, mi esposo y yo vivimos absorbidos por un amor despreocupado y alegre; nuestra única pena era no tener hijos. De pronto mi marido enfermó de cáncer del pulmón. En mi desesperación me dediqué a orar, esforzándome por recuperar lo perdido, pero la oración, por tanto tiempo relegada al olvido, me parecía vacía. Después de varios meses, largos y angustiosos, Godofredo murió. Entonces mi plegaria constante fue: "¡Ayúdame, Dios mío, a soportar esta soledad y desesperación!"
De nuevo me pareció que sólo el eco devvolvia mis oraciones y, sin atender el bondadoso consejo de nuestro párroco, en mi amargura y desolación traté de marchar sola, pero a cada paso me hundía más profundamente en el egoísmo del dolor reprimido.
A lo largo de mi senda solitaria me encontré con otras personas que también padecían. Aquéllos cuya fe era fuerte recobraron el valor y la esperanza. Pero otros, como yo, seguíamos extraviados, vacilantes. Conocí a un hombre que había perdido su único hijo, a una viuda mucho mayor que yo, a una jovencita cuyos padres perecieron en un incendio. Todos comentábamos que.habíamos pedido ayuda a Dios paró Soportar la separación, sin que nada ocurriera. "¿Por qué escucha Él otras oraciones, pero nunca las nuestras?" nos preguntábamos.
No me di cuenta de cuán grande era mi error hasta una noche helada de diciembre, 16 meses después de la muerte de mi marido. Me encontraba entonces en Londres, adonde había ido a buscar trabajo para escapar de obsesionantes recuerdos. En un principio, la busca de un empleo me tuvo tan ocupada que no me quedó mucho tiempo para pensar en el pasado; pero, dos semanas después de mi llegada, el hecho de haberme encontrado por casualidad con una persona que había mantenido relaciones comerciales con Godofredo renovó todo el antiguo dolor por la pérdida sufrida. Incapaz de soportar la soledad de mi aposento, vagué durante horas por las calles. Comenzaba a anochecer, y con la oscuridad llegó la niebla. Un reloj distante daba las ocho cuando salí de Old Brompton Road y me dirigí hacia Queensgate. Allí, casi oculta por la bruma, descubrí una iglesia cuyas puertas estaban abiertas. La antigua plegaria me volvió a los labios: "¡Ayúdame, Dios mío, ayúdame!" Entré en el templo, sin esperanzas.
La iglesia era pequeña, fria y húmeda, y estaba iluminada tan sólo por tres velas vacilantes. En la penumbra se vislumbraban las filas de bancos. Mientras yo permanecía de pie, indecisa, súbitos  sollozos rompieron el silencio, los sollozos bruscos y atormentados de un hombre.
Mi primera reacción fue de miedo, y me volví para huir. Pero esos sollozos ahogados, tan llenos de dolor, me detuvieron en la puerta. A pesar mío avancé casi a tientas por la oscura nave lateral hacia el sitio de donde provenían, hasta que vi una persona acurrucada en un banco. Poniéndole tímidamente la mano en el hombro, murmuré:
—¿Puedo ayudarle en algo?
El desconocido levantó la cabeza. Era joven; tenía el rostro anguloso y el cabello rubio.
—Ha muerto —dijo con voz dura—. ¡Mi esposa ha muerto! 
Me senté a su lado. Evidentemente no esperaba contestación alguna, pero comenzó a hablarme en un murmullo entrecortado, como si yo fuera una amiga. Unos pocos años antes, había venido de Australia con su esposa. Si bien su salario de empleado era mezquino, y su departamento resultaba demasiado pequeño desde la llegada de un hijo, su vida había estado llena de amor y felicidad hasta que su mujer murió dos meses atrás. Me habló de los interminables días y de las noches de insomnio que había pasado desde entonces.
—No sé cómo seguir viviendo sin ella —repetía angustiado—. Oro para tener valor, mas las cosas empeoran cada día. La gente ha sido amable, pero . .* .
Se interrumpió repentinamente. Mientras yb trataba de extraer del vacío de mi propio corazón algunas frases de aliento, ébló de nuevo, y sus palabras constituyeron una revelación súbita para mí.
—¡Todos han sido tan bondadosos conmigo! El matrimonio que se hizo cargo del bebé, los vecinos a quienes antes no conocía y que insisten en que coma con ellos todas las noches, los compañeros de la oficina Dios ha contestado mi ruego a través de toda esa gente. Pero yo no escuchaba.
Pero yo no escuchaba. Fue como si esas palabras abrieran una puerta en mi espíritu. Yo también había pedido ayuda, mas esperaba alguna solución dramática que borrara milagrosamente el dolor de la pérdida sufrida. Cuando eso no ocurrió (¿ y cómo podría haber ocurrido?) me alejé de Dios, diciéndome que Él no había escuchado mis oraciones. Sin embargo, y no obstante haberle vuelto la espalda, Él había contestado mi súplica, y yo lo habría comprendido así si hubiera sabido escuchar.
Sentada junto a ese desconocido, recorrí con el pensamiento los largos meses anteriores. Mi médico me había enviado a pasar las primeras semanas a la playa para que pudiera descansar. No bien los otros huéspedes del pequeño hotel descubrieron que yo acababa de enviudar, me rodearon como un pequeño ejército de amigos, decididos a no dejarme sola. Me obligaron a nadar, a bucear, a compartir sus paseos en bicicleta. Ni una sola vez se me ocurrió que su cálida amistad podía ser una respuesta a la plegaria que yo elevaba a Dios: "¡Ayúdame a soportar esta soledad y desesperación!"
Durante mi vida de casada nunca desempeñé un empleo, y se me dijo que debido a mi falta de experiencia me sería difícil conseguir uno. Sin embargo, y justamente cuando más lo necesitaba, me encontré con una señora que casual-mente mencionó una vacante que existía en la redacción de una revista. Me presenté y fui aceptada, cosa que yo califiqué de feliz coincidencia.
La primera Navidad sin Godofredo, tres matrimonios que yo apenas conocía me invitaron a pasar ese día con ellos. Mis vecinos observaban con atención mi estado de ánimo, y si advertían signos de que mi depresión aumentaba, me obligaban a compartir sus vidas. La secretaria del editor para el que trabajaba, dedicó parte de su tiempo libre a ponerme al corriente de mis obligaciones, y llegó hasta corregir mi mala ortografía. ¡He hallado tanta gente buena!
Y esa noche el destino había reunido a dos extraños en una pequeña iglesia vacía de Londres, para que ambos descubrieran juntos cuál es en realidad la forma  en que  Dios contesta las oraciones. No se trata de un don milagroso de valor y esperanza, ni de una panacea sobrenatural que cure los males del espíritu. Ese apoyo se advierte en .las pequeñas cosas: en el calor de la amistad que reconforta el ánimo desfalleciente, en el alivio del corazón adolorido al compartir la alegría ajena, en la bondad de un extraño que ilumina un día. Ésta es, pues, la manera como Dios nos ayuda a soportar las desgracias y a rehacernos.

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *-18-23*

 EN LA NIEBLA

 POR ROSE PORTER,

N. YORK

1879

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *-18-23*

La vida temprana de la pequeña Elizabeth fue como las flores, libre y sin trabas. En verdad, para el doctor Endicott ella era una flor; la llamaba su campanilla, su “capullo de lirio, aún no abierto, que cada hora se volvía más puro y blanco”.

 La llamaba con ternura en el tono, una sonrisa en el rostro serio, que hizo que sus palabras fueran para siempre queridas para Elizabeth, con el dulce eco encantador de un sonido que evoca recuerdos de la infancia.

 Sus primeros recuerdos eran todos sencillos, pero todos estaban impregnados de las maravillas del mundo. La primavera, tras el invierno, el sol tras la lluvia, maravillas que han asombrado a muchas mentes más sabias que la suya. Porque, ¿quién puede explicar el misterio? “Si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, permanece solo; pero si muere, da mucho fruto”. ¿Quién puede explicarlo? El doctor Endicott solía ser un hombre silencioso entre los hombres, pero cuando estaba con la niña, sus palabras eran abundantes y elocuentes, y así la educó en la amplia «caridad que no piensa mal»; al menos, tanto como se puede educar a otro, en esa caridad que solo un corazón cristiano puede conocer verdaderamente.

 El padre de Elizabeth también la educó en el conocimiento de la naturaleza, tan inconscientemente como una flor se abre a la luz del sol; y desde la infancia, su joven corazón se llenó de amor y ternura por los pájaros cantores, las flores y el mundo exterior de belleza.

. Solo había conocido la bondad, por lo que ignoraba el miedo.

El viento más salvaje entre las copas de los árboles era una canción para ella; las nubes de tormenta solo significaban lluvia, para hacer crecer las flores, y cuando los bancos de tormenta eran más densos, sabía que si una sola grieta los rompía, la gloria del atardecer brillaría aún más por su oscuridad. Y, en su infancia, nunca imaginó que todo era una parábola, una señal en el cielo, pero después lo supo.

También amaba la quieta luz de la luna, amaba correr a las sombras que proyectaban los grandes árboles junto a la puerta del jardín, y luego salir de nuevo con una canción de alegría, a la luz de la luna sin sombras, ¡y nunca imaginó que eso también era una parábola!

Pero lo que más amaba a Lisbeth era el murmullo de las olas al deslizarse sobre la playa arenosa de la orilla baja, al pie del acantilado, pues el mar era como un amigo para ella, un amigo que se hacía más querido con cada año que pasaba; desde el momento en que aplaudió con deleite con sus pequeñas manos al ver las olas bañadas por el sol, hasta la hora en que llamó hadas a las olas danzantes. Y así, hasta la madrugada, cuando comprendió el profundo significado de su calma discreta, incluso en medio de la agitación salvaje de las aguas superficiales.

Se dice que “el romance suele ser más común en la vida real que lo común”; ” lo cierto es que aquellas horas de su infancia, pasadas con su padre, estaban teñidas de un resplandor de belleza y deleite para Elizabeth Endicott, que las enmarcó durante todos los años posteriores de su vida, en un halo de resplandor nada común.

 Pero, finalmente, llegó la hora del despertar, pues “los niños nunca viven mucho tiempo; cuando no son llevados en pequeños ataúdes y depositados en la tumba silenciosa, se transforman, de modo que los perdemos de otra manera”. Y, sin embargo, aunque la niña se perdió para quienes la amaron, ella misma nunca pudo perder la posesión de ese tiempo, cuando tan ciertas eran las palabras del poeta: “El cielo nos rodea en nuestra infancia”. —Tan cierto, que no fue hasta que sus veranos sumaron dieciocho, que las “sombras de la prisión” comenzaron a oscurecerse; y después de eso —¡bueno!— conoció muchos veranos y muchos inviernos antes de encontrar ese otro Cielo, el reino de Dios en su corazón. —Porque está escrito: “El reino de Dios está dentro de ti”. — “¡El reino de Dios! No nuestro reino, sino el Suyo”. —Ahí reside el secreto, que solo se convierte en un “secreto a voces” cuando el corazón de la infancia, o de los años de madurez, suavemente suplica: “Señor, quédate conmigo”, solo cuando el corazón de la fe escucha la tierna promesa: “He aquí que estoy contigo”.

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *11-18

 EN LA NIEBLA

 POR ROSE PORTER,

N. YORK

1879

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *11-18

V.

Hubo otra guardia en casa del doctor Endicott esa noche. Porque, como una sola vida, la de la madre había pasado de la tierra al cielo, y la del niño había venido del cielo a la tierra. Sí, ese día, el más triste de todos los días de la vida de Niles Endicott, fue el cumpleaños de su hija Elizabeth.

EN LA NIEBLA

 I.

 “Ha decidido, Doctor Endicott, que la niña se llame Elizabeth. Un nombre serio, debo decir, para la muchachita, mi pequeña avecita” Y la expresión del bondadoso rostro de la Sra. Blinn, casi ceñuda, mientras que en el rostro del Doctor Endicott se dibujaba un atisbo de sonrisa, al responder:

— “Sí, totalmente decidido, Sra. Blinn; ¿por qué se opone al nombre Elizabeth? ciertamente admite suficientes variaciones como para adaptarse a casi cualquier ideal que su corazón pueda anhelar que se personifique con el nombre de la pequeña doncella.”

 Y habiendo zanjado así el asunto, el Doctor (13) 14 EN LA NIEBLA. Endicott reanudó la lectura del periódico matutino. Pero la Sra. Blinn no podía abandonar la cuestión tan fácilmente; De hecho, si alguna vez se sintió inclinada a enfadarse con el Doctor, fue entonces, pues el nombre de la niña se había convertido en un tema delicado para ella. Además, todo el amor y la poesía; el tierno y hogareño patetismo del corazón de la Sra. Blinn, se habían centrado en esta niña huérfana de madre, y ningún nombre podría haber sido demasiado hermoso, demasiado altisonante, para complacer a la aparentemente común y corriente ama de llaves, cuya apariencia exterior no daba ninguna pista de sus aspiraciones poéticas para el futuro de la niña. Incluso cuando estaba ocupada con las tareas domésticas diarias, barriendo y quitando el polvo constantemente, soñaba despierta con Elizabeth; sueños tan hermosos e innumerables como los capullos de las flores que se abren en primavera.

Y ahora, su deseo de un nombre, como la melodía para el sonido; una imagen para la asociación; un poema para la canción, todo ello dejado de lado por la decisión irrevocable del doctor Endicott: «El nombre es Elizabeth». «¿Qué quiso decir», preguntó la anciana, «al decir que admitía variaciones? ¿Acaso creía que dejaría que la florecita se llamara Lib, Libby o Liz?»

Y, como solía ocurrir con la señora Blinn en momentos de perplejidad, apenas terminó sus tareas matutinas, salió a consultar a la señora Grant, la esposa del pastor, sobre el significado de las palabras del doctor Endicott.

 En respuesta a la pregunta de la señora Blinn: «¿Con qué se podría acortar y aligerar el nombre Elizabeth?»

La Sra. Grant había sugerido una lista desconcertante de títulos, empezando por Bess y Bessie, terminando con Lizette y Lizzie, e intercalando Lillie y Lisbeth. La buena señora, al mismo tiempo, añadió, a modo de paréntesis, su idea del carácter que los diferentes apelativos parecían representar. Y, por extraño que parezca, la Sra. Blinn, aunque la niña apenas tenía doce meses, no podía dejar de ver en ella cierta similitud con cada una de las definiciones de la Sra. Grant, hasta que, en verdad, sintió un poco de miedo al pensar en cómo sería la pequeña Elizabeth de niña y de adulta, si de bebé era una criatura tan compleja.

De hecho, la Sra. Blinn se fue a casa diciéndose a sí misma: «¡Quién hubiera pensado que un nombre encierra tanto!» —palabras que repitió muchas veces después—. Y, precisamente por eso, a pesar de su insatisfacción con la decisión del doctor Endicott, al reflexionar sobre ella, llegó a darle cierta importancia; también, como sugerían los cambios de humor de la niña, empezó a usar ahora uno, y luego otro, de los muchos títulos que, según la Sra. Grant, rodeaban el nombre Elizabeth, como las hojas de una rosa rodean el corazón de la rosa, preguntándose también, de forma indefinida, ¿qué le daba a una flor su nombre, su corazón o sus hojas?

En el caso de Elizabeth, había algo en la niebla.  Algo muy apropiado en todo esto, pues ella era en verdad, una criaturita polifacética, de estados de ánimo tan complejos y cambios de temperamento tan repentinos, como el sol y la lluvia de abril. Y, cuando la infancia se deslizó hacia la virginidad, siguió siendo lo mismo con ella; por una hora, fue una reina Bess, ejerciendo un imperioso reinado sobre todos los que caían bajo su dominio.

A la siguiente, la seria Elizabeth, esforzándose en vano por resolver “el misterio del corazón que late tan salvaje, tan profundo en nosotros”, para saber de dónde venimos y adónde vamos.

Y entonces, de nuevo, parecía una campanilla entre las doncellas, “tan inocente, tan astuta y sencilla”, eran sus encantadores modales, o de inmediato, era la risueña Beth, o la coqueta Lisette, de quien nadie podía decir “Si la sonrisa o el ceño fruncido son fugaces, Si la sonrisa o el ceño fruncido son dulces”. Pero a menudo, era simplemente Lisbeth, la dulce Lisbeth, a quien “Nadie la miraba sin que él pensara de inmediato De todas las profundidades más verdes de la alegría campestre, 2 i8 EN LA NIEBLA. Y en el corazón de cada una se traía fresca Lo que para él era la época más dulce del año. Así, cada mirada y cada movimiento suyo estaban cargados De delicias del aire libre y del bosque; Ni la primera violeta en un prado del bosque Parecía un regalo de primavera más visible que ella

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *1-11

 EN LA NIEBLA

 POR ROSE PORTER,

N. YORK

1879

EN LA NIEBLA. POR ROSE PORTER *1-11

Abrí la puerta de mi corazón. Y he aquí, había música dentro, y una canción. Pero mientras escuchaba, he aquí, la oscuridad afuera, densa y fuerte, subió y se extendió, y toda esa dulce flauta se ahogó, ¡ya no pude oírla!

NILES ENDICOTT no podía explicarse a sí mismo cómo había sucedido todo, y mucho menos a otro. Pero el hecho era que él, el doctor Niles Endicott, cuya vida se había desvanecido del aferramiento de la juventud tardía, que no deja ir las primeras tres décadas de la vida de un hombre. Él, Niles Endicott, quien durante tanto tiempo se había contentado con su hogar de soltero, con la ahorrativa Sra. Blinn como ama de llaves, de repente encontró las habitaciones, antes alegres, tristes; la soledad, antes anhelada, del aislamiento; la antes satisfactoria compañía de los libros y el estudio, insatisfactoria; y todo por culpa de una voz que (era como música para él, una sonrisa, como un rayo de sol.

Sin embargo, ¿cómo lograría que esa voz cantara en su hogar, que esa sonrisa irradiara allí brillo y alegría? El doctor Endicott, aunque era un hombre acostumbrado a considerar el porqué y el cómo de sus deseos y su cumplimiento, no reflexionó mucho sobre esa pregunta. No, enseguida encontró la respuesta, como miles lo han hecho antes que él, pues, de alguna manera, el amor enseña lo que el conocimiento busca en vano.

Así, tan solo seis meses después de la llegada de Nanette Jay a Georgia, en la iglesia parroquial se leyó el servicio matrimonial;

la sagrada promesa de amarse y cuidarse, pronunciada con la voz clara y resonante de Niles Endicott; la promesa  murmurada con la voz baja, temblorosa y avizor de Nanette, y un minuto después, salieron, marido y mujer. El ministro había dicho: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

II.

Entonces comenzó para Niles Endicott una vida hermosa como un sueño, pero ¡ay! tan breve. Nanette era apenas una jovencita, una simple niña en comparación con aquel hombre de mediana edad, que aún honraba sus palabras más insignificantes y sus actos más insignificantes. No había nada demasiado bello, demasiado bueno para que su corazón la comparara; ella era como una flor para él, un pájaro cantor, un rayo de sol, y que, por su propia voluntad, cantara, floreciera y brillara para él, era una maravilla incesante para el doctor Endicott. Tal vez —no podemos decirlo— si ese año dorado y sin sombras de alegría conyugal se hubiera ensanchado en un largo tramo de años, marcados como deben estar los años por las preocupaciones y las penas de la vida, tal vez Niles Endicott se hubiera despertado bruscamente de su sueño para encontrar a su esposa-niña, a esta joven criatura de la mañana, incapaz de soportar el desgaste del mediodía. Sea como fuere, nunca fue puesto a prueba, pues así como los pájaros cesan sus cantos cuando la mañana se funde con el mediodía; como las flores se duermen al ponerse el sol; como los rayos de sol se oscurecen por la niebla ascendente de la tierra, así su primer año de vida juntos apenas había dado paso a un segundo, cuando llegó un día, cuando el doctor Endicott ; Aunque la amaba tanto, aunque ella era tan querida para él como su vida, permaneció al lado de Nanette, incapaz de detener la fiebre salvaje que latía por sus venas; incapaz de impedir la rápida llegada de esa llamada, a la que ningún hombre o mujer mortal, por mucho que se esfuerce, puede decir que no.

III.

 Todo terminó al anochecer; desconocidos y amigos que pasaban por la puerta del doctor Endicott sabían la triste verdad: que en esa morada ¡había existido ese día, Aquel que nunca se va solo!

Pero ni desconocidos ni amigos conocían el dolor del hombre que permaneció sentado con la cabeza gacha durante las silenciosas horas de la noche junto a la figura inmóvil de Nanette, esforzándose, esforzándose en vano, por seguir su vuelo hacia esa tierra desconocida de cuyo silencio sus gritos no podían obtener respuesta, cuyo misterio sus pensamientos no podían resolver.

“¿No es extraño? De las miríadas que antes que nosotros cruzan la puerta de la Oscuridad, nadie regresa para contarnos el Camino, que para descubrir debemos recorrer también”.

Incluso la Sra. Blinn, acostumbrada a las costumbres del Doctor durante años, nunca imaginó cómo la luz de la vida se apagó para él el día que murió Nanette; cómo para él, la alegría de “ Su historia fue leída por completo, y el dador había pasado la última página

ABRIENDO VENTANAS *ROSE PORTER*10-14

 ABRIENDO VENTANAS

DIARIO DE CORAZON A CORAZON

POR ROSE PORTER

N. YORK

1890

ABRIENDO VENTANAS *ROSE PORTER*10-14

Sin embargo, buscaremos las ventanas abiertas, empezando por las sugerencias de consuelo y apoyo, que brillan como rayos de consuelo para la hora que todos debemos afrontar: la hora en que «la muerte asoma por nuestras ventanas».

Al reflexionar sobre este gran misterio —la muerte mortal como nacimiento de la vida inmortal— usaremos la palabra en su acepción común. Sé que hay quienes la esperan con ilusión, quienes anhelan su llegada, cuya fe brilla con tanta claridad, que la muerte es anticipada por ellos sin más temor que el de pasar de una habitación a otra.

Pero dime, querido H,___ que no eres de los que tienen la bendición de partir. Dices que temes morir, y creo que no hay nada de malo en tu sentimiento; estoy seguro de que es la forma más universal de considerar la partida. Y es natural que el corazón humano se encoja ante el profundo misterio del silencio que ninguna voz ha roto jamás, del que nadie ha regresado para indicarnos el camino. Sí, todo es extraño, desconocido, y su inevitabilidad, su extrema vaguedad, su extrema soledad de compañía familiar, todo se combina para llenar el corazón de un tembloroso asombro; y repito, seguramente esto no es incorrecto, pues nada en las Sagradas Escrituras indica que Dios lo condene; al contrario, mucho demuestra que nuestro Señor mismo lo consideró una prueba crucial para la tímida fe de sus seguidores.

Por eso, Él ha colmado las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento con promesas de ayuda divina, proveyendo una abundancia de gracia para la hora de morir. Pero no debemos desanimarnos por no poder aferrarnos a esa gracia de antemano, pues seguramente nos será concedida cuando la necesitemos; entonces todo estará bien; y lo que debemos hacer ahora es confiar en que el amor que ha satisfecho las necesidades de una vida ajetreada muchas veces con adaptaciones inesperadas y sorprendentes, cuando llegue el momento y la necesidad esté cerca, nos dará la gracia necesaria para morir.

Y ahora, reunámonos y meditemos en las reiteradas promesas de la cercanía de nuestro Salvador, que pueden iluminar la hora de morir con la luz de la Vida Eterna. Pensemos en sus promesas fortalecedoras: «No temas, yo estaré contigo». «¡He aquí! Yo estoy contigo siempre». Serás "liberado de la carga de la carne"; "la corrupción se vestirá de incorrupción"; "la mortalidad se vestirá de inmortalidad"; "obtendrás gozo y alegría"; "la tristeza y el suspiro huirán"; y "Dios enjugará toda lágrima de tus ojos; y no habrá más muerte, ni tristeza, ni llanto, ni habrá más dolor". Dime, ¿no abren estos pensamientos una ventana hacia el Cielo—su perspectiva de paz total? Sin duda, son dados para ayudarnos en nuestro camino hacia Él, y sin embargo, ¡qué solemne es recordar que nuestros pensamientos sobre el Cielo suelen corresponder a nuestra vida espiritual! Si miras profundamente en tu propio corazón, lo sabrás, y tendrás una visión del verdadero Cielo que anhelas.

Examina eso, y te mostrará con precisión tu posición espiritual, así como el viajero conoce su latitud al mirar la estrella polar y notar su distancia sobre el horizonte. ¿Cuáles son las aspiraciones que surgen de lo más profundo de ti? ¿Qué clase de mundo crearías si pudieras tener todo a tu manera y encarnar a tu alrededor tus mejores imaginaciones?

Responde a esta pregunta con honestidad, y tu idea del Cielo se definirá para ti, y verás si es carnal y egoísta, o espiritual y pura. Me he desviado de tu dicho de que hay otras razones además del miedo físico a morir, y el misterio de adentrarse en lo desconocido que te hacen temer a la muerte. Dime que existe la conciencia del pecado, no solo de las grandes omisiones y acciones que, como cavernas oscuras, llenan tantos lugares en el registro de tu vida; pero también la vasta acumulación de lo que podríamos llamar "faltas menores": mal humor, malos pensamientos, sueños vanos, arrepentimiento a medias, poco amor y alabanza, poca devoción real que has rendido a tu Señor, oraciones lánguidas, meditaciones aburridas; todas estas voces de la conciencia inundan tu memoria y hacen temblar tu corazón, pues durante todo este tiempo conociste lo correcto y, sin embargo, elegiste lo incorrecto.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

ABRIENDO VENTANAS *ROSE PORTER*1-10

 

ABRIENDO VENTANAS

DIARIO DE CORAZON A CORAZON

POR ROSE PORTER

N. YORK

1890

ABRIENDO VENTANAS *ROSE PORTER*1-10

VENTANAS ABIERTAS.

Como los niños buscan flores cuando llega la primavera, extendiendo su manto floreciente sobre toda la tierra, así hoy, querido H,___ salgamos a buscar las ventanas que se abren al Cielo.

 En verdad, creo que las encontraremos descubiertas para que la mirada de la fe las explore hasta el último rincón, y nuestras contemplaciones serán tan variadas como las flores que iluminan laderas y prados, rincones sombríos y campos soleados, cuando abril se desliza hacia mayo, y mayo avanza velozmente hacia junio.

Porque, en verdad, las palabras son demasiado limitadas para abarcar los consuelos que inundan el alma de luz, incluso en las horas más oscuras, en respuesta al clamor ferviente: «Tú eres mi lámpara, oh Señor; ilumina mi oscuridad».

Pero esta iluminación de los lugares oscuros no llegará de repente. No, la visión espiritual es demasiado progresiva para eso, de ahí el emblema del amanecer, tan a menudo aplicado a su resplandor creciente y expansivo. Ya conocen el camino del amanecer: primero el amanecer gris, el amanecer, y luego un resplandor encendido en las cimas más altas de las montañas; un resplandor que desciende con un brillo cada vez mayor de cima en cima, hasta que finalmente el valle más remoto de las tierras bajas capta un reflejo de la gloria, y todo el mundo se baña en el resplandor del mandato diario de Dios: «Hágase la luz». Esta es la historia de la naturaleza, y la historia del alma la repite, salvo por el hecho de que el resplandor pleno no es nuestra porción aquí, pues debemos esperar a que la tierra se intercambie por el Cielo, pues aquí siempre habrá un horizonte que nos encierre.

ENTRADA DESTACADA

MADERA DE VERANO Y EL FUEGO DE INVIERNO*ROSE PORTER* 1-9

  A LA DERIVA DESDE EL MEDIO OCÉANO . ESTUDIOS DE PERSONAJES.   UNA SECUELA DE MADERA DE VERANO Y EL FUEGO DE INVIERNO . DE ROSE PO...