martes, 27 de julio de 2021

EL GUERRERO, LA ESPADA Y LA ORACIÓN

 EL GUERRERO, LA ESPADA Y LA ORACIÓN

Viernes 10 -7- 20
 Autor: : Un huehueteco apasionado por lo de antaño quién dedica estas historias 
AL PADRE ETERNO, A MI SALVADOR JESUCRISTO Y AL ESPIRITU SANTO
Leyenda caballeresca
Adaptación libre
Por un ciudadano huehueteco, autor  del blog,  a quien agradan las leyendas antiguas que inspiren nobleza, justicia y misericordia.
Realidad o leyenda, esta historia me gusta, me hace reflexionar que para Dios nada es imposible y sobre todo me Inspira para profundizar el camino de Justicia hacía Dios.
Nació en los tiempos de Mary Castaña  en "cuna de oro" . En lo alto de una montaña estaba situado el enorme castillo de su padre.
De niño tuvo todo lo que quiso. Nunca supo lo que era la escacez y el hambre. Sibarita y libertino se reía de los sentimientos  de las mujeres a  quienes enamoraba.Muchas doncellas  ilusionadas por su amor, lloraron después en soledad.
Luego llegó la carrera de las armas. Sin embargo en vez de proteger al debil y al inocente usó el poder de su arma para arrebatar, para hacer injusticia y se dice que hasta para matar a más de algún hombre. Un día camino de una montaña en busca del amor de una mujer casada, se le apareció un viejo caminante con un bordon en la mano y vestido de ropas muy usadas. el guerrero arrogante casí   le atropella cabalgando su corcel. Este viejo peregrino le dijo así: 
 "Con la vida desordenada y vacia que llevas, tu destino es la perdición eterna de tu alma. Reflexiona y cambia de vida. Renuncia a todas tus riquezas y placeres. Daselos a los pobres y tendrás riquezas eternas. Eres un llamado a ser Caballero y guerrero de Oración y Justicia". Acto seguido siguió su camino. 
El aventurero arrogante no estaba dispuesto a renunciar al vino, a la gula, al amor de las mujeres y a todo placer mundano, por lo que en un arrebato de soberbia e incredulidad, exlamó:
"Sería más facil que esta arma  penetrase en esta roca, que yo dejar mi vida pecaminosa", y acto seguido con mucha ira desenvainó su espada y con tal brio descargó terrible golpe sobre la piedra que hasta su caballo saltó.Para su sorpresa el arma se deslizo dentro de la piedra como si esta fuese de queso o gelatina.Cuado quiso sacarla, ni toda la fuerza de su brazo pudo sacarla, ni aún uniendo sus dos manos logró moverla ni un milimetro. Inpresionado el guerrero espoleó su caballo para alcanzar al caminante pero no pudo alcanzarlo ni verlo. había desaparecido, por lo que volvió al lugar del encuentro. Allí seguía la espada clavada dentro de la dura piedra. Desmonto de su cabalgadura y se arrodilló en ese lugar para decir del fondo de su corazón:
"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
 Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
 Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí. 
    Este hombre se convirtió en un hombre dedicado a la oración , vivía en una cueva, tomaba agua fresca y clara del un manatial cercano. Los lugareños le llevaban  su alimento. 
Un día unos ladrones quisieron matarlo, pero de pronto unos lobos muy feroces aparecieron y se abalanzaron sobre los malvados asesinos, y los devoraron. 
 El antiguo guerrero sirvió a Dios y al al prójimo.

sábado, 24 de julio de 2021

EL MILAGRO DE JUNTAR MELLIZOS RECIEN NACIDOS

 El vínculo que existe entre algunos mellizos a veces obra milagros
ABRAZO SALVADOR DE UNA HERMANA

POR NANCY SHEEHAN SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

LAS HIJAS GEMELAS de Paul y Heidi Jackson, Brielle y Kyrie, nacieron el 17 de octubre de 1995, 12 semanas antes de la fecha prevista. Para reducir el riesgo de infecciones, en los hosplitales se acostumbra colocar a los mellizos prematuros en incubadoras separadas, así que eso hicieron con las bebitas en la sala de terapia intensiva para recién nacidos del Centro Médico de Massachusetts Central, en Worcester.
Kyrie, que pesó 990 gramos al nacer, empezó a subir de peso rápidamente y durmió tranquila desde los primeros días. En cambio Brielle, que pesó 80 gramos menos, no tuvo la misma suerte: presentaba problemas respiratorios y de ritmo cardiaco, baja concentración de oxígeno en la sangre y ganaba peso con lentitud.
Repentinamente, el 12 de noviembre, Brielle entró en fase crítica: comenzó a jadear, y tanto el rostro como los bracitos y las piernas se le pusieron de un tono gris azulado; peor aun, se le aceleró el latido cardiaco y contrajo hipo, señal de que su organismo  estaba sometido a intensas presiones. Sus padres sólo aguardaban, temerosos de que muriera.
La enfermera Gayle Kasparian hacía cuanto podía para reanimarla: le despejó las vías respiratorias y suministró más oxígeno a la incubadora. Pero la bebé seguía muy agitada, con un grado de oxigenación muy bajo y la frecuencia cardiaca peligrosamente alta.
Gayle recordó entonces algo que había oído comentar a una colega. Se trataba de una práctica ordinaria en ciertos países europeos, pero casi desconocida en Estados Unidos: colocar juntos a los bebés nacidos de parto múltiple, sobre todo si son prematuros.
La medida se apartaba de las normas, y la jefa de enfermeras, Susan Fitzback, se había ausentado del hospital para asistir a una conferencia. Aun así, Gayle decidió que debía correr el riesgo.
—Permítanme poner a Brielle con su hermanita para ver si eso ayuda —les pidió a los angustiados padres—. No se me ocurre nada mejor.
Los Jackson accedieron, y entonces la enfermera colocó a Brielle en la incubadora donde estaba la otra bebé. Luego los tres se pusieron a observarlas.
En cuanto la puerta de la incubadora se cerró, Brielle se acurrucó junto a su hermanita y se calmó en el acto. En cuestión de minutos, la oxigenación de su sangre alcanzó el grado más alto desde que vino al mun-do, y mientras dormitaba, Kyrie le pasó un bracito encima.
Por capricho del azar, entre los temas de la conferencia a la que Susan Fitzback asistió figuraba la práctica de colocar juntos a los mellizos. Me gustaría que se adoptara esta medida en el Centro Médico, pensó. Sin embargo, el cambio podía resultar difícil. A su regreso, mientras recorría las salas del hospital, la enfermera que estaba a cargo de las gemelitas aquella mañana le pidió que fuera a ver la incubadora.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Susan—. ¡Es tan hermoso!
—¿Quiere usted decir que podemos dejarlas juntas? —preguntó la enfermera.
—Claro que sí.
Hoy en día, son varias las instituciones de Estados Unidos que han adoptado la práctica de colocar juntos a los mellizos, lo que al parecer acorta el periodo de hospitalización. Y la medida sigue ganando adeptos con rapidez, aun cuando apenas en enero de 1996 se efectuaron los primeros estudios científicos acerca de su eficacia.
Paul y Heidi Jackson no necesitan estudios para convencerse de que la práctica ayudó a Brielle, que está creciendo llena de salud. Las gemelitas ya se encuentran en casa, y siguen durmiendo juntas y abrazadas.

CONDENSADO DE WORCESTER TELEGRAM & GAZETTE" (18-XI-1995).9 1995 POR WORCESTER TELEGRAM & GAZETTE, DE
WORCESTER, MASSACHUSETTS. FOTO: 0 AP?WIDE WORLD.

viernes, 23 de julio de 2021

TRÁFICO DE ÓRGANOS: ANATOMÍA DE UNA MENTIRA

Los programas de adopción de menores y de donación altruista están en peligro en todo el mundo a causa de esta patrañaT

TRÁFICO DE ÓRGANOS: ANATOMÍA DE UNA MENTIRA

POR RUDOLPH CHELMINSKI  SELECCIONES DEL READE7S DIGEST • Agosto 1996
SITUADO AL PIE de las montañas de Guatemala, el pueblo de San Cristóbal se preparaba para la procesión de Pascua. Mientras los lugareños se congregaban para la celebración, June Weinstock, turista de 51 años procedente de Fairbanks, Alaska, bajó de un autobús y empezó a tomar fotografías. Luego de hacerle señas a un niño de que se acercara para tomarle una foto, vio con sorpresa que el pequeño corría a refugiarse en su vivienda. Instantes después oyó que alguien gritaba: "¡La gringa se quiere robar a mi hijito!" Desconcertada y a la vez temerosa, la turista regresó al autobús.
En cuestión de segundos se reunió una multitud. Los habitantes hicieron bajar a la mujer del vehículo y la arrojaron al suelo. Luego la pusieron de pie de un tirón, la llevaron a la oficina de la autoridad del lugar y la encerraron en una celda improvisada. Fuera, el encono de la muchedumbre iba en aumento.—¡Es una bruja! —gritó alguien.
La policía huyó en tanto la turbamulta echaba abajo la puerta. Weinstock se quedó sola, temblando de miedo detrás de la puerta cerrada de un baño. De repente ésta cedió con estrépito y varias manos arrastraron a la mujer a la calle, donde estaba el gentío.
La patearon y la golpearon hasta que cayó al suelo como una muñeca rota. Le destrozaron las costillas a puntapiés, y los brazos se le fracturaron al tratar en vano de protegerse la cabeza. Al dispersarse la multitud, la mujer quedó tendida en el polvo, aparentemente muerta.
]UNE WEINSTOCK fue víctima de una perversa mentira que desde hace diez años le ha dado vuelta al mundo. Según esta patraña, hay personas que roban, raptan y compran niños en los países más pobres para después matarlos y extraerles órganos. Estas partes vitales ` corazones, hígados, riñones, ojos y otras     supuestamente se "cosechan" para trasplantárselas a hombres, mujeres y niños ricos de Estados Unidos, Israel y Europa Occidental.
He aquí algunos de los informes falsos difundidos al respecto:
•    En Bogotá, Colombia, se cuenta que una niña de cuatro años fue raptada cuando jugaba en la calle. La hallaron más tarde... sin ojos. "Gracias por el regalo", decía una nota que le habían prendido del vestido con un billete de 500 pesos.
•    Se rumora que en un suburbio de Sác, Paulo, Brasil, dos hombres vestidos de payasos engatusaban niños para llevarlos al interior de una camioneta, donde los asesinaban para posteriormente vender sus órganos a los ricos.
•    Otra historia cuenta que un pequeño que se extravió en el parque de diversiones Euro Disney, situado en las cercanías de París, fue encontrado más tarde con una incisión quirúrgica en la espalda. Le habían extirpado un riñón.
•    Según un informe del periódico guatemalteco El Gráfico, la policía descubrió una casa donde dos hombres preparaban niños pequeños para enviarlos a Israel y Estados Unidos, donde los mataban para extraerles los órganos. (El mismo diario aclaró más tarde que esta noticia carecía de fundamento.)
Estas historias y otras parecidas son falsas; no hay nada que las sustente. Con todo, la mentira persiste, alimentada por rumores difundidos por periodistas perezosos o negligentes que no se molestan en verificar los hechos. La consecuencia es un clima de odio y temor que pone en riesgo los programas de adopción de menores y de donación altruista de órganos en todo el mundo.
El origen de la calumnia
CASI TODOS estos infundios son imposibles desde el punto de vista médico. Extirpar y transportar órganos humanos requiere rigurosas condiciones de asepsia, así como equipo hospitalario avanzado. Los órganos no pueden congelarse ni conservarse con sustancias químicas en un laboratorio; es necesario implantarlos en un lapso extremadamente breve: entre 48 y 72 horas en el caso de un riñón; 24 horas si se trata de un hígado, y cuatro o cinco horas si es un corazón o un pulmón. Además, debe haber compatibilidad sanguínea entre donador y receptor.
Más aun, los hospitales y el personal médico que realizan trasplantes están sometidos a una vigilancia estricta. En Estados Unidos, por ejemplo, es ilegal comprar y vender órganos humanos. La Ley Nacional sobre Trasplantes de Órganos de ese país, promulgada en 1984, regula todos los aspectos del procedimiento, y, además, la Red Unida para la Donación de Órganos de esa misma nación lleva un registro tanto de los donadores y receptores como de los órganos trasplantados.
Los informes falsos comenzaron a aparecer en los diarios en 1987, cuando Leonardo Villeda Bermúdez, secretario general de un grupo conocido como Comité Hondureño de Bienestar Social, declaró a los medios de comunicación de su país que había quienes vendían niños pobres a norteamericanos. Luego de una protesta de la embajada de Estados Unidos, Villeda se retractó de inmediato y reconoció que lo que había dicho era sólo un rumor. La agencia de noticias Reuters recogió la declaración original de Villeda y la difundió por todo el mundo. Pese a que la agencia desmintió unos días más tarde la noticia que había propalado, el daño ya estaba hecho.
Para abril de 1987, los diarios de Nicaragua y Cuba, países apoyados por la ex Unión Soviética, habían publicado ya el rumor. La noticia apareció después en Pravda, así como en Izvestia, que se refirió al asunto en estos términos: "Entre el desprecio racista de Estados Unidos hacia los latinoamericanos y la libertad para exterminarlos sólo media un paso".
Muro de silencio
EN ENERO DE 1988, Maité Pinero, corresponsal en Latinoamérica del diario parisiense L'Humanité, órgano oficial del Partido Comunista Francés, escribió un reportaje cuyo encabezado decía: "Bebés raptados, asesinados y descuartizados". En otro artículo de agosto de 1988 Pinero afirmó que Estados Unidos era "el puntal del puente para el tráfico de sangre, órganos y carne humana". En un artículo titulado "Niños usados como piezas de recambio", la revista semanal católica de tendencia izquierdista Témoignage Grétien afirmó que se estaban vendiendo niños latinoamericanos a estadounidenses ricos por entre 20,000 y 50,000 dólares. Y Le Monde Diplomatique, revista mensual del prestigioso periódico francés Le Monde, deploró las "abominaciones" cometidas por "redes criminales apoyadas por cómplices de muchos gobiernos", desde Argentina hasta Estados Unidos.
Alarmada por los horrores divulgados por la prensa, la Federación Internacional de Defensa de los Derechos Humanos, con sede en París,envió investigadores a Haití y Guatemala en el verano de 1988. Al cabo de un mes de indagaciones, empero, no habían hallado pruebas del supuesto tráfico de órganos.
Rony Brauman, ex presidente de la organización internacional Médicos sin Fronteras, también realizó pesquisas a través de sus contactos en la comunidad médica. "Investigué en Honduras, El Salvador y Guatemala", declaró a Reader' Digest. "Cada vez que surgía el rumor, yo hacía preguntas concretas: ¿quién?, ¿cuándo?, ¿dónde?, pero siempre me topaba con un muro de silencio. Nunca obtuve pruebas fidedignas".
La televisión se une al rumor
EL SIGUIENTE PASO en la propagación de la mentira fue recibir confirmación oficial. En el otoño de 1988, la fracción comunista del Parlamento Europeo, con sede en Estrasburgo, Francia, atizó el fuego con una resolución condenatoria del tráfico de menores, "vendidos por 75,000 dólares a familias estadounidenses e israelíes con niños que requieren trasplantes de órganos".
En 1991, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó el documento "Principios Normativos del Trasplante de Órganos Humanos", en el cual afirmaba que "hay pruebas convincentes de la existencia del tráfico [de órganos]... Es urgente proteger a los menores de edad". La OMS no ofreció pruebas de dicho delito, y hoy en día reconoce que no sabe de un solo caso.
En 1994 el rumor llegó a la Oficina de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la cual solicitó más tarde al tailandés Vitit Muntarbhorn, profesor de derecho, elaborar un informe sobre la venta y prostitución de menores y la pornografía infantil. Muntarbhorn mencionó que "cada vez hay más pruebas de que existe un mercado para la venta de órganos de niños". Sin embargo, el informe consignaba, sin citar nombres ni fechas, un solo caso ocurrido en Nepal: el de un niño y un adolescente que fueron enviados a la India con "fines ilícitos". Myriam Tebourbi, quien colaboró con el profesor en la preparación del informe, declaró más tarde a la revista Newsweek: "Nunca tuvimos pruebas indiscutibles".
Al poco tiempo la noticia del tráfico de órganos se difundió por televisión. Dos documentales de 1993 —una producción anglocanadiense titulada The Body Parts Business ("El negocio de los órganos humanos") y otra francesa titulada Oigan Snatchers ("Ladrones de órganos")— mostraban crudas imágenes de niños latinoamericanos pobres. Ambos filmes incluían un tétrico acercamiento de las cuencas vacías de Pedro Reggi, joven argentino retrasado mental. Este afirma en esas películas que unos médicos le extirparon los ojos cuando se encontraba internado en un hospital psiquiátrico.
En realidad Reggi aún tenía ojos, pero se le habían atrofiado debido a una infección. Esta revelación, empero, no impidió a Marie-moniqu,Robín, directora de Organ Snatchers, realizar una versión corta del documental con el título de Eye Thieves ("Ladrones de ojos"). "Robín fue la propagandista perfecta", señala la especialista francesa Véronique Campion-Vincent, quien está escribiendo un libro acerca del rumor sobre el tráfico de órganos. En 1995 Eye Thieves obtuvo el Premio Albert Londres, máxima distinción periodística que se otorga en Francia. Cuando salieron a la luz los errores e inconsistencias de Robín, el premio le fue retirado, pero, por increíble que parezca, se lo volvieron a otorgar en marzo de 1996.
La directora se negó a conceder una entrevista para este artículo. Maité Pinero y Michel Raffoul, dos periodistas que escribieron virulentos reportajes sobre este embuste, declararon a Readers Digest que no tenían pruebas. Lo mismo ocurrió con Janice Raymond, profesora de ética médica y de estudios sobre la mujer de la Universidad de Massachusetts, la cual insinuó en Organ Snatchers que en ciertas clínicas privadas de Estados Unidos se estaban efectuando trasplantes ilícitos en gran escala. Cuando se le preguntó acerca de sus fuentes, Raymond dijo: "Es solamente una conjetura".
Lamentables secuelas
"ESTOS RUMORES han tenido graves consecuencias en la donación altruista de órganos", explica Christian Cabrol, cirujano francés especializado en trasplantes. "Varias personas me han revelado que no piensan donar sus órganos porque han oído decir que irán a parar a manos de los traficantes".
En Bogotá, Ana María Torres de Cadena, directora ejecutiva de la Asociación Panamericana de Bancos de Ojos, tuvo que esforzarse para no romper en llanto al recordar la drástica reducción en el número de donaciones de córneas que se produjo tras la proyección de Eye Thieves en la televisión colombiana. De 120 pares de córneas que en promedio se donaban cada mes, señaló, el número disminuyó repentinamente a sólo dos pares al mes.
El rumor también ha perjudicado los programas internacionales de adopción de menores. Todd Leventhal, veterano analista político de la Oficina de Información de Estados Unidos, señala que Brasil, Turquía, Honduras y Guatemala han suspendido sus programas de adopción para extranjeros.
Dos rostros del daño
HOY EN DÍA, dos de las personas más afectadas por la mentira del tráfico de órganos humanos viven muy cerca una de la otra.
En las cercanías de la aldea de Joy, Alaska, una linda chica de 15 años llamada Galia vive con los otros 13 hijos adoptivos de Joe y Nancy Carlson. Aun cuando apenas lleva un año y meses con la familia, Galia ya es una de las mejores estudiantes de la escuela del lugar.
Búlgara de nacimiento, la chica pasó sus primeros años en un orfanatorio de las afueras de la ciudad de Sofía. Durante años había deseado viajar a Estados Unidos, pero el temor empañaba esa ilusión.
"En el orfelinato todos hablaban de los ladrones de órganos", reveló a Reader' Digest. "Todos me decían que si viajaba a Estados Unidos, me matarían y me sacarían los órganos para dárselos a otros niños. Pero tenía tantos deseos de ir, que lo hice de todos modos. Ahora quiero regresar a Bulgaria a decirles a los otros chicos que todo era falso".
En Fairbanks, 105 kilómetros al sur de Joy, June Weinstock, hoy de 54 años, es testigo mudo de la misma mentira. A tres años del ataque que sufrió en San Cristóbal, yace en una cama de una clínica de terapia intensiva. No puede caminar sin ayuda ni hablar con claridad, y recibe sus alimentos por medio de una sonda. Los médicos no saben si algún día se restablecerá.
Con todo, Weinstock pervive, como la mentira que estuvo a punto de costarle la vida y que tanto daño ha causado a muchas otras víctimas

EL CIEGO QUE ME ENSEÑÓ A OBSERVAR

 EL CIEGO QUE ME ENSEÑÓ A VER

POR DAVID LAMBOURNE SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

ERAN LAS ÚLTIMAS HORAS de la tarde cuando el presidente de la compañía, en Bangkok, me encomendó una tarea de último minuto: debía salir al día siguiente para acompañar a un importante empresario chino a hacer un recorrido turístico por el norte de Tailandia.
Furioso por dentro, miré mi atestado escritorio. Los rimeros de papeles eran prueba elocuente de lo mucho que se me había acumulado el trabajo, a pesar de mis semanas laborales de siete días. ¿Cómo voy a ponerme al corriente? me pregunté.
Al día siguiente, muy de mañana, conocí al hombre de negocios; era cortés y elegante, y vestía ropa fina. Después de un vuelo de una hora, pasamos todo el día visitando sitios de interés junto con cientos de turistas, la mayoría sobrecargados de cámaras y paquetes. Recuerdo que sentí desprecio por esa colección de humanos mirones.
Aquella noche mi compañero chino y yo subimos a una camioneta para ir a cenar y ver un espectáculo al que yo había asistido muchas veces. Mientras él platicaba con otros turistas, yo entablé conversación en la oscuridad con un hombre sentado frente a mí, un belga que hablaba inglés con bastante soltura. Me llamó la atención la extraña inmovilidad de su cabeza, como si estuviera meditando, hasta que reparé en el bastón que tenía a su lado. El hombre era ciego. 

Me contó que había perdido la vista en un accidente cuando era muy joven, pero que eso no le impedía viajar solo. A sus casi 70 años dominaba el arte de viajar a ciegas, y usaba sus otros cuatro sentidos para representarse imágenes mentales.
Se volvió para darme la cara, y lentamente extendió una mano que, con gran suavidad, exploró los contornos de mi rostro. Detrás de mí alguien encendió una luz, y pude ver su abundante cabello plateado y su cara fuerte y angulosa. Tenía los ojos húmedos y profundos.
—Por favor, ¿podría sentarme junto a usted en la cena? —me preguntó—. Me encantaría que me describiera un poco de lo que ve.
—Con gusto —respondí.
Mi compañero chino se dirigió al restaurante con algunas personas a las que acababa de conocer. El ciego y yo lo seguimos, atrapados entre una muchedumbre de turistas. Lo tomé del codo para conducirlo, pero él caminaba con gran seguridad. Llevaba los hombros rectos y la cabeza erguida, como si fuera mi lazarillo. Encontramos una mesa cerca del escenario. Mientras esperábamos a que nos trajeran las bebidas, el ciego me dijo:
—Esa música no armoniza con los oídos occidentales, pero tiene su encanto. ¿Me podría describir a los músicos?
No había reparado yo en los cinco hombres que, a un lado del escenario, tocaban mientras daba comienzo el espectáculo.
—Están sentados con las piernas cruzadas; van vestidos con amplias camisas blancas de algodón y pantalones negros abombados con fajas de color rojo vivo. Tres de ellos son jóvenes, uno es de mediana edad y otro es un hombre mayor. Uno toca un tambor pequeño; otro pulsa un instrumento de cuerda de madera, y los otros tres tienen instrumentos más pequeños, parecidos a un violonchelo que tocan con un arco.
Sonrió.
—¿Y estos instrumentos pequeños están hechos de...?
Miré otra vez.
—Madera...
pero la caja acústica esférica está hecha de una corteza entera de coco —dije, tratando de disimular la sorpresa de ese hallazgo.
Mientras se oscurecía el recinto, el ciego preguntó:
¿Cómo son los otros turistas?
—De todas las nacionalidades, colores, formas y tamaños —susurré— Pocos vienen bien vestidos.
Cuando me acerqué para hablarle al oído, el ciego inclinó su cabeza hacia mí. Nadie me había escuchado jamás con tanta atención.
—Muy cerca de nosotros hay una japonesa, una mujer de edad, cuyo perfil está parcialmente iluminado por la luz del escenario —dije—Junto a ella, un niño escandinavo rubio, con una naricita respingada, está inclinado hacia adelante, con lo que se crea un segundo perfil iluminado. Ambos aguardan inmóviles a que empiece el espectáculo. Es el vivo retrato de la juventud y la vejez; de Europa y de Asia.
Sí; los veo —dijo mi amigo por lo bajo, sonriendo.
Se abrió el telón de fondo, y aparecieron seis muchachas. Describí sus faldas de seda estilo sarong, sus blusas blancas con chales y sus tocados dorados, como pequeñas coronas, con puntas flexibles que se movían al ritmo de la danza.
—En las puntas de los dedos llevan uñas doradas de unos diez centímetros —le dije—. Las uñas acentúan cada movimiento elegante de sus manos. Es un efecto encantador.

Sonrió y asintió con la cabeza.
—¡Qué maravilla! ¡Cuánto me gustaría poder tocar
una de esas uñas!
Cuando terminó el espectáculo, me excusé y fui a hablar con el encargado del teatro. Al regresar, dije a mi acompañante:
—Tiene usted una invitación para ir tras bambalinas.
Minutos después, el ciego estaba con una de las bailarinas, cuya cabecita coronada apenas le llegaba a él al pecho. La chica extendió tímidamente las manos; las uñas metálicas brillaban bajo la luz del techo. Las manos del hombre, cuatro veces más grandes, se extendieron lentamente y tomaron las de ella como si quisiera acunar dos pajarillos exóticos. Mientras él tocaba el filo liso y curvo de las uñas metálicas, la joven se quedó inmóvil, mirándolo con una expresión de asombro reverente. Se me hizo un nudo en la garganta.
Al transcurrir la noche, cuanto más observaba yo, cuanto más se me recompensaba con emocionados gestos de la cabeza, más cosas descubría: los colores, motivos y diseños de los trajes tradicionales; la textura de la piel bajo las luces tenues; el movimiento del largo y negro cabello asiático de las elegantes cabezas que se inclinaban hacia la música; las expresiones arrobadas de los músicos mientras tocaban, y hasta la deslumbrante sonrisa de nuestra camarera en la penumbra.
De regreso en el vestíbulo del hotel, mientras mi invitado chino disfrutaba de la compañía de los demás, el ciego extendió su mano grande y tomó la mía con calidez. No la retiró por unos instantes, y luego me recorrió el brazo. La gente se sobresaltó cuando el bastón rebotó contra el piso de marmol.   Él no hizo ningún ni intento de recogerlo; en vez de ello, me abrazó fuertemente.
De qué manera tan hermosa vio usted todo por mí —susurró—Nunca acabaré de agradecérselo.
DESPUÉS COMPRENDÍ que era yo quien debía haberle dado las gracias. Yo había sido el ciego. Él me ayudó a recorrer ese velo que empaña nuestros ojos en este mundo caótico, y a mirar todas las cosas en las que no había reparado antes.
Una semana después, el presidente de la compañía me llamó a su oficina para decirme que el ejecutivo chino había disfrutado mucho del viaje, y añadió:
—Bien hecho. Sabía que tú podías obrar esa magia.
Lo que no le dije fue que otra persona había obrado esa magia para mí.

EL VERDADERO AMOR

SI HAY AMOR

POR BILL WALLS.SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996
MI AMIGO John McHugh siempre me está dando consejos, de esos que un hombre joven necesita recibir de una persona mayor, y más sabia, sobre cosas importantes como en quién confiar, cómo amar o cómo llevar una vida plena.
Hace poco la esposa de John, Janet, murió de cáncer. Dios sabe que era una mujer muy tenaz, pero luego de ocho años de aferrarse a la vida, la enfermedad le ganó la batalla.
Un día John extrajo de su billetera un papel doblado que, me explicó, había encontrado por casualidad mientras revisaba unos cajones en su casa. Era una nota de amor con la letra de Janet. Se diría una página del diario de una colegiala, cuando teje fantasías acerca del muchacho que ha empezado a quitarle el sueño, de no ser porque estaba escrita por la madre de siete hijos, una mujer que luchaba a brazo partido por sobrevivir y que, por desgracia, veía aproximarse el final.
Pero también encerraba una magnífica enseñanza para mantener unido un matrimonio.
Así comienza el mensaje de Janet McHugh sobre su esposo:
"Me diste amor, cuidados y muchas horas de desvelo".
Aunque le gusta hacer reír a los demás, John, al parecer, nunca bromeó con Janet acerca de su enfermedad. Cuando llegaba a su casa y la encontraba sumida en una de esas depresiones que suelen afligir a los enfermos de cáncer, la invitaba a cenar en algún restaurante.
John se preocupaba, y ella lo sabía, pues es imposible ocultar algo a quien bien nos conoce.
"Me tendiste la mano cuando estuve enferma", es la frase siguiente. Quizá Janet escribió la nota durante un periodo de remisión, uno de esos lapsos esperanzadores pero a la vez engañosos en que los síntomas ceden y la persona parece recuperar la salud. Cuando así sucede, ¿qué tiene de malo hacerse la ilusión de que el mal ha quedado atrás?
"Me perdonaste muchas cosas y me brindaste tu apoyo", continúa la misiva.
Y en seguida, un buen ejemplo de verdadera crítica constructiva para los que sentimos el deber casi religioso de hacerla: "Fuiste pródigo en los elogios".

"Me diste en todo momento lo que me hacía falta", apuntó Janet en el renglón siguiente.
Después dio vuelta a la hoja y añadió: "Te mostraste afectuoso, alegre, tierno y considerado". Y, sobre el hombre con el que había convivido y del que había estado enamorada casi toda su vida, expresó: "Siempre estuviste a mi lado en los momentos en que más te necesité".
La última frase resume todas las demás, y me la imagino agregándola a la lista con emocionada convicción: "Fuiste un buen amigo".
Estoy de pie junto a John, incapaz de fingir siquiera que sé lo que significa perder a alguien tan querido. Necesito saber lo que mi amigo piensa, mucho más de lo que él necesita hablar.
—John —le pregunto—, ¿cómo se puede permanecer unido a una persona durante 38 años de matrimonio y una enfermedad larga? ¿Cómo puedo saber si sería capaz de quedarme al lado de mi esposa en una situación semejante?
—Lo harás —responde—. Si de verdad la amas, lo harás.

EL BARCO QUE UNE GENERACIONES

Fue un eslabón precioso entre generaciones

 EL BARCO QUE NAVEGÓ POR EL TIEMPO

  POR ARNOLD BERWICK SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996

EI. DÉCIMO verano de mi niñez la época más memorable de mi vida— transcurrió en las montañas del oeste de Noruega, en la granja donde nació mi madre. El recuerdo más vívido que guardo son los momentos que pasé con mi abuelo Jorgen.
Lo primero que me llamó la atención de él fue su espeso bigote y lo ancho de sus hombros; lo segundo, su gran capacidad para el trabajo. Pasé todo el verano observándolo. Segaba la hierba con amplios movimientos de la guadaña, la recogía con el rastrillo y la extendía sobre rejillas para secarla. Una vez que estaba seca, formaba con ella enormes fardos, los ataba y se los llevaba a cuestas, uno por uno, al granero.
También lo vi afilar las hojas de guadaña sobre una piedra, sacrificar un cerdo, pescar y salar el pescado, cultivar papas, almacenarlas, y moler la cebada en un molino de agua.Tenía que producir en el breve verano suficientes alimentos para que la familia y los animales pasaran el largo y crudo invierno. No paraba en todo el día más que para comer y echarse una corta siesta.
Aun así, siempre se daba tiempo para estar conmigo a solas. Un día, al regresar de un viaje a un pueblo lejano, me entregó un cuchillo enfundado y me dijo:
Te he traído esto. Ahora fíjate.
Entonces sacó su cuchillo, cortó una rama delgada y tierna, se sentó junto a mí, y con sus callosas manos me enseñó a hacer una flauta. Todavía hoy, a 66 años de distancia, no puedo escuchar las claras notas de una flauta sin recordar cómo mi abuelo hizo salir música de una simple varita. Como vivía en una granja de montaña, apartado de la gente y de las tiendas, debía fabricar lo que necesitaba aprovechando lo que tenía a mano.
Como buen estadounidense, yo siempre había creído que cuando la gente necesitaba algo, no hacía más que comprarlo. No sé si el abuelo percibía este rasgo mío, pero al parecer quería enseñarme algo, porque un día me llamó:
—Ven, tengo algo para ti.
Lo seguí al sótano, donde había un banco de trabajo junto a una ventana.
—Necesitas un barco de juguete para que lo lleves a navegar a Storvassdal —me dijo, refiriéndose a una laguna que se encontraba a unos kilómetros de la casa.
¡Fantástico!, pensé, y me puse a mirar a mi alrededor en busca del barco, pero no vi nada.
Mi abuelo tomó entonces un grueso madero, como de 45 centímetros de largo, y anunció:
El barco está aquí dentro, y tú puedes hacer que salga.
Dicho lo cual me entregó un hacha muy afilada.
Al ver que me quedaba sin saber qué hacer, me enseñó a usar la herramienta. Comencé por recortar con ella un extremo del madero para darle forma de proa. Luego, una vez que mi abuelo me instruyó en el manejo del formón y el mazo, me puse a ahuecar el casco.
Muchas veces, mientras yo tallaba el madero, él bajaba al sótano para reparar los rastrillos que él mismo hacía o para afilar los aperos de labranza. Respondía a mis preguntas y me daba consejos, pero se cuidaba mucho de intervenir en lo que yo estaba haciendo.
—Será un barco precioso, y lo habrás hecho todo con tus propias manos —me dijo—. Nadie puede darte lo que tú mismo haces.
Sus palabras me resonaban sin cesar en los oídos mientras ejecutaba la tarea.
Cuando por fin terminé el casco, le añadí un mástil y una vela. El barco no resultó ninguna maravilla, pero lo había hecho yo y me sentía orgulloso de él.
Entonces me encaminé a Storvassdal con mi obra en las manos. Después de escalar una ladera me interné en el bosque y comencé a bajar por una vereda muy empinada. Crucé arroyuelos, anduve por el esponjoso musgo y subí por unos resbaladizos escalones de piedra. Subí y subí, hasta quedar más arriba que las copas de los árboles. Al cabo de unos siete kilómetros de caminata, llegué por fin a una laguna excavada por un glaciar. Sus escarpadas riberas estaban sembradas de toda suerte de piedras y riscos.
Eché mi barco al agua y, mientras una brisa ligera lo impulsaba a la otra orilla, me puse a soñar despierto. El aire era refrescante y el silencio absoluto, a no ser por el ocasional gorjeo de un pájaro.
Regresé muchas veces a la laguna para echar mi barco a navegar. Un día, estando yo allí, el cielo se cubrió de nubarrones que comenzaron a descargar una sábana de agua. Me guarecí contra un peñasco que aún guardaba el calor del día, y a través de la lluvia alcancé a ver que el barquito se abría paso entre los rizos del agua. Se me figuraba que era un buque de verdad que desafiaba con gallardía un mar tempestuoso. Luego salió el sol, y todo volvió a estar en calma.
Las dificultades surgieron cuando nos preparábamos para regresar a Estados Unidos.
—No puedes llevarte el barco —objetó mi madre, y me explicó que cargaríamos ya con demasiado equipaje.
Mis súplicas fueron en vano.
Apesadumbrado, fui a Storvassdal por última vez, di con el peñasco donde me había refugiado de la lluvia y deposité el barquito en un hueco que había en la base; luego lo cubrí de piedras para ocultarlo, y me prometí regresar algún día a recuperar mi tesoro.
Me despedí de mi abuelo sin saber que ya no volvería a verlo.
—¡Adiós! —me dijo, apretándome la mano con fuerza.
EN EL VERANO de 1964 hice un viaje a Noruega con mis padres, mi esposa y mis hijos. Un día salí solo de la granja y anduve el camino a Storvassdal para cumplir mi promesa. Al llegar me di cuenta de que había muchos peñascos, y me pareció que mi empresa estaba perdida.
Ya iba a abandonar la búsqueda cuando reparé en unas piedrecillas amontonadas al pie de uno de tantos peñascos. Las quité despacio, metí la mano en el hueco y sentí algo que se movía; lo saqué, ¡y tuve una vez más el barquito en mis manos! Había reposado 34 años en aquel sitio, aguardando mi regreso. La intemperie apenas había afectado la madera desnuda del casco y el mástil; sólo la vela estaba hecha jirones.
Nunca olvidaré aquel momento. Al sostener el barco sentí la presencia de mi abuelo. Había muerto hacía 22 años, y aun así estaba conmigo. Volvíamos a estar juntos los tres: él y yo y el barquito, el lazo tangible que había entre los dos.
Llevé el barco a la granja para mostrárselo a la familia y le grabé en un costado los años 1930 y 1964. Alguien propuso que me lo llevara a Estados Unidos.
—No —respondí—. Su hogar es el peñasco de Storvassdal.
Y allí lo dejé cuando regresé a mi país.
Volví a la laguna en 1968, 1971, 1977 y 1988. En cada ocasión, mientras grababa el año en un costado del barquito, me parecía que mi abuelo estaba conmigo.
Mi último viaje a Storvassdal fue en 1991. Esta vez me acompañaban dos de mis nietas: Catherine, de 13 años, y Claire, de 12. Mientras escalábamos la ladera, me puse a pensar en mi abuelo y a compararlo con mis nietas. Catherine y Claire están hechas de la misma madera que sus antepasados. Son resueltas e independientes; lo sé de ver cómo trabajan y juegan. Sin embargo, me parece que mi abuelo tenía muy poco material para trabajar, mientras que ellas lo tienen de sobra.
Casi siempre, las cosas que más esfuerzo nos cuestan son las que estimamos más.¿ Acaso a mis nietas,
favorecidas por la abundancia, se les han negado los verdaderos placeres de la vida?
Cuando mi abuelo trabajaba sin descanso en aquella apartada granja, me enseñó que debemos aceptar y agradecer lo que tenemos, sea mucho o poco. Hay que soportar las cargas y regocijarse con las alegrías. Muchas cosas no están en nuestras manos, pero si podemos mejorar algo, debemos intentarlo. Sólo contamos con nosotros mismos para allanarnos el camino.
Mis nietas, que se han criado en una cómoda casa de ciudad, se encuentran en una situación muy distinta, pero confío en que, a su manera, sabrán desenvolverse tan bien en la vida como lo hizo mi abuelo, y aprender la lección que él me enseñó hace tantos años. El día en que las llevé a Storvassdal tenía la intención de hacerles ver la importancia del barquito y su sencillo mensaje sobre la independencia personal.
En lo alto de la montaña no quise hablar para no perturbar nuestra paz. Entonces Claire levantó la vista e interrumpió mi  ensueño diciendo:
—Abuelo, un día volveré aquí.

Hizo una pausa y agregó—: Y traeré a mis hijos.

jueves, 22 de julio de 2021

CUIDADO CON LOS VENENOS INHALABLES PARA DROGARSE

 UNA MAÑANA de agosto de 1994, Gail Bustaque se despertó al sentir que su marido, Al, se levantaba. Amodorrada, le preguntó:
—¿Ya se fue Freddy a trabajar?
Bustaque miró por la ventana y vio que la camioneta en que su hijo de 16 años se iba al trabajo de verano estaba todavía frente a la casa. ¡Ay, no! ¡Se ha vuelto a quedar dormido, pensó.
Sin perder tiempo fue al cuarto del muchacho, que tenía la puerta cerrada y el televisor encendido.
—¡Freddy, despierta! —dijo, llamando a la puerta—. Se te ha hecho tarde.
Son cada vez más los muchachos que ponen en peligro su vida respirando los vapores de sustancias domésticas  para drogarse
CUIDADO CON LOS VENENOS CASEROS  INHALABLES POR ANITA BARTHOLOMEW 

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST • Agosto 1996
Al ver que no respondía, Bustaque entreabrió la puerta. Su hijo estaba atravesado boca arriba en la cama, con brazos y piernas abiertos, y aún llevaba la ropa que se había puesto el día anterior. Su padre se le acercó y lo cogió por el hombro para despertarlo.
—Vamos, Freddy, es hora de...
Al instante retrocedió, horrorizado: el chico estaba muerto.
Incrédulo y desesperado, Bustaque se puso a darle respiración boca a boca, pero era tarde: el cuerpo ya estaba frío. En eso, reparó en una lata de desodorante ambiental en aerosol que había sobre la cama.
Más tarde, la autopsia reveló que Freddy Bustaque —muchacho inteligente y con don de palabra, experto en computadoras— era víctima de lo que se ha llamado muerte súbita por inhalación (MSI). El chico había respirado los vapores del desodorante para drogarse, y los gases tóxicos que se emplean para pulverizar estos productos le habían causado un paro cardiaco.
LA MAYORÍA de los adultos saben poco o nada sobre el abuso de las sustancias tóxicas inhalables: el sinfín de productos de uso doméstico que muchos niños y adolescentes emplean para drogarse de manera rápida y barata. Entre los más comunes se cuentan la tinta indeleble de los rotuladores, el combustible para encendedores de bolsillo, los pegamentos, el líquido corrector mecanográfico, los solventes para pinturas, la gasolina y una extensa variedad de aerosoles. Hay incluso quienes se drogan con butano o con el freón de los aparatos refrigerantes.
Al ser inhaladas, estas sustancias producen un estado pasajero de euforia, mareo, alucinaciones y confusión. También pueden causar daños graves y, como en el caso de Freddy, la muerte.
Los especialistas creen que la MSI se debe a que la sustancia inhalada aumenta la sensibilidad del corazón a la adrenalina. La persona que inhala puede exaltarse o asustarse; por ejemplo, a causa de una alucinación. Ante la consiguiente descarga de adrenalina, el corazón hipersensible comienza a latir rápida y desordenadamente, lo que puede conducir a un paro cardiaco.
El corazón no es el único órgano expuesto a sufrir daños. MuChas de las sustancias que se inhalan son solventes que, una vez eu los pulmones, se vierten en el torrente sanguíneo, desde el cual pasan fácilmente a todos los tejidos del cuerpo. Al llegar al cerebro lesionan la vaina de mielina —el recubrimiento de las fibras nerviosas—, lo cual menoscaba las facultades mentales. La inhalación habitual de estas sustancias puede causar, a la larga, lesiones cerebrales graves e irreparables.
Incluso la crema batida enlatada, aparentemente inocua, puede ser letal. El óxido nitroso —también llamado gas hilarante—, que se emplea como propulsor del producto, es un anestésico que puede deprimir el sistema nervioso central al grado de interrumpir la respiración.
A pesar de los riesgos, el abuso de sustancias   inhalables entre los jóvenes va en aumento. Una encuesta efectuada entre 50,000 estudiantes norteamericanos de enseñanza media por la Universidad de Michigan, bajo los auspicios del Instituto Nacional de Lucha contra la Drogadicción, de Estados Unidos, arrojó resultados alarmantes. De los 18,000 estudiantes de segundo grado interrogados, 21.6 por ciento dijeron haber inhalado sustancias tóxicas al menos una vez.
Como las campañas contra las drogas no han prestado la atención necesaria al uso de sustancias inhalables, pocos saben que éstas pueden ser tan letales como el crack y la heroína. Se ignora cuántas muertes causan porque, según los expertos, Muchos casos pasan inadvertidos. Earl Siegel, director adjunto del Centro de Información de Drogas y Venenos de Cincinnati, Ohio, explica: "En los casos de MS1, el cuerpo asimila y elimina la sustancia tóxica muy rápidamente, de manera que al practicar la autopsia suele suponerse que la víctima murió de un paro cardiaco de causa desconocida o de un ataque de asma".
EN EL OTOÑO de 1993, Don y Deirdre Miller* se mudaron con sus cinco hijos a una localidad rural. Hasta entonces Deirdre se había ocupado de la instrucción de los niños en casa, pero la nueva población, pequeña y de gente sana, sin pandi-*Los nombres de estas personas se han cambiado para proteger su vida privada.
llas ni los demás peligros de las grandes ciudades, le pareció lo bastante segura como para enviarlos a la escuela. Eric, de 12 años, dejó encantados a sus compañeros de sexto grado con su aptitud para el deporte y su sonrisa traviesa.
Una noche de enero de 1995, Deirdre se dio cuenta de que Eric ya llevaba demasiado tiempo en el baño. Llamó a la puerta, pero el chico no respondió.
—¡Eric! —gritó ella, golpeando con más fuerza—. ¡Abre ya!
Intentó girar el pomo, pero la llave estaba echada. Deirdre supo que había ocurrido una desgracia.
Don forzó la puerta y encontraron a Eric sentado en la bañera con las piernas cruzadas, el cuerpo echado hacia delante y la cabeza bajo el agua. Llamaron una ambulancia que lo llevó a toda prisa al hospital, pero los esfuerzos que hicieron por salvarlo fueron inútiles.
Todos creyeron que el chico se había ahogado de manera inexplicable, hasta que un agente de la comisaría encontró una lata de gas propulsor para aerógrafo en el lavabo. Antes de que Eric hundiera la cabeza en el agua, el freón del gas ya lo había matado.
Más tarde los Miller se enteraron de que hacía unas semanas un estudiante de segunda enseñanza había ido a parar al hospital por inhalar el contenido de lo que los muchachos habían dado en llamar "lata de la felicidad". A Deirdre la atormenta pensar que, si lo hubiera sabido antes, habría podido advertir y salvar a Eric.Desde luego, no todos los chicos que inhalan estos venenos mueren, pero la muerte no es el único peligro. El uso prolongado de la sustancia puede deteriorar progresivamente los órganos vitales, entre ellos el hígado y los riñones, al grado de volverlos insuficientes. En algunos casos, los daños son irreparables. Con todo, en una encuesta realizada por la Sociedad para la Erradicación de las Drogas en Estados Unidos en 20 ciudades de ese país, dos tercios de los chicos de entre 9 y 15 años dijeron no creer que inhalar estas sustancias una o dos veces fuera muy peligroso.
EL DOCTOR Milton Tenenbein, pediatra y toxicólogo del Hospital Infantil de Winnipeg, Canadá, tiene casi 20 años de experiencia en el tratamiento de muchachos adictos a las sustancias inhalables. Además de las lesiones cerebrales que normalmente se derivan de esta adicción, Tenenbein ha observado efectos menos frecuentes, corno sordera y afecciones pulmonares y renales, así como algunos casos de parálisis de las extremidades debidos a neuropatía periférica, padecimiento que se presenta al cabo de sólo seis meses de inhalación intensa. Es posible que los chicos afectados se recuperen, pero al cabo de un tratamiento de hasta dos años de duración. Los que han sufrido lesiones cerebrales no tienen tanta suerte. Según Teneribem, si la adicción persiste mucho tiempo, estas lesiones son inevitables, y una vez producidas no tienen remedio.
Cuando Joe Marshall* era adolescente, comenzó a comportarse de manera extraña y en ocasiones violenta. Preocupada, su madre lo llevó al médico, quien observó en el chico síntomas de una lesión cerebral, debida, según averiguó, a la inhalación de pintura en aerosol. Antes Joe era un gran deportista y un buen estudiante, estimado por sus condiscípulos y adorado por su familia, pero su adicción lo transformó en una persona distinta y hasta peligrosa. Después del dictamen médico, pasó varios años entrando y saliendo de clínicas de deshabituación, pero siguió inhalando siempre que se le presentaba la ocasión. Finalmente lo internaron en el Instituto de Salud Mental de Colorado, en Pueblo.
Actualmente su aspecto a primera vista es normal, pero al observarlo mejor se nota que tiene la mirada perdida. Aunque antes hablaba inglés y español con fluidez, ahora dice incongruencias, apenas puede expresar sus pensamientos y padece una amnesia casi total. Por desgracia, no hay manera de reparar ni sustituir las neuronas que han muerto en su cerebro.
—Tienes mucho frío? —le pregunta la trabajadora social Lama Leonard al ver que lleva puesta una chaqueta de esquiador.
El aire es anaranjado —responde él.
Ella supone que el joven quisiera decir que sí tiene frío, pero no encuentra las palabras para hacerlo.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta Leonard.
Joe se mira una mano, dobla despacio el meñique y el pulgar, y muestra los dedos restantes.
Tres —dice a media lengua.
Joe tiene 32 años
, y
hace casi seis que lo internaron en esta institución.
Los VENENOS inhalables están al alcance de cualquier niño y adolescente, y la mejor arma para evitar que los usen para drogarse es la conciencia de sus efectos. Los padres harían bien en advertir del peligro a sus hijos desde que éstos comienzan a ir a la escuela. Los estudios revelan que la adicción a las sustancias inhalables es considerablemente menos frecuente entre los chicos que saben que son peligrosas.
Quizá el mayor peligro para los niños sea la negación de los adultos, el decirnos "Mi hijo jamás haría eso", , advierte Earl Siegel. El especialista añade: "Los padres y las autoridades de salud deben saber que este problema ya no sólo afecta a las clases socioeconómicas más bajas, sino a chicos de cualquier condición".
La siguiente guía, preparada por expertos, enumera los principales signos de que un muchacho se droga habitualmente con sustancias inhalables:
•    Manchas de pintura, tinta de rotulador o líquido corrector en el cuerpo o en la ropa; latas de aerosol vacías, trapos o bolsas de plástico en los lugares que frecuenta el chico.
•    Ulceras o erupciones cutáneas en la zona de la boca o la nariz.
•    Aliento con olor a producto químico.

•    Aturdimiento, aire de embriaguez, o andar vacilante.
•    Náuseas y falta de apetito.

•    Excitabilidad, ansiedad, angustia o irritabilidad.
•    Dificultades en la escuela (mal desempeño, inasistencia a clases y apatía).

Para prevenir que sus hijos se aficionen a las sustancias inhalables, manténgase informado e infórmelos a ellos, antes de que alguien más los induzca a probarlas. Si lo deja para después, podría ser tarde.


HEROES ENTRE NOSOTROS

 Cada pueblo y cada ciudad tiene sus propios
ejemplos de valor, bondad y decencia.
A continuación presentamos al lector a cuatro... HEROES ENTRE NOSOTROS Selecciones del Reader´s Digest Agosto 1996
 ATRAPADA PERFECTA
EL 7 DE OCTUBRE de 1995, cuando el mecánico Michael Springer iba doblando una esquina, oyó un llanto que provenía de lo alto de una casa. Al mirar hacia arriba, vio a un niño pequeño que colgaba de una ventana del segundo piso.
Sin pérdida de tiempo, Springer corrió a colocarse debajo de la ventana. "Tardé como diez segundos en llegar", contó después. "Le pregunté a gritos a la criatura qué hacía allí y luego recé para que Dios me permitiera cogerlo si se soltaba. En la acera había unos escalones de marmol.
En eso, el pequeño se soltó... y Springer lo atrapó.
"Era un bebé de lo más simpático , refirió el mecánico. "Apenas tenía dos dientes. Se me abrazó del cuello y me apretó efusivamente, como si se diera cuenta de lo que acababa de pasar".
Como informó más tarde la policía, el niño, llamado Dante Barkley, de año y medio de edad, había subido a gatas al segundo piso y trepado a una cama que estaba junto a la ventana (la cual se encontraba abierta y sin protección) mientras su madre, Evaina, hablaba por teléfono en el primer piso y su padre, David, se hallaba en la planta baja con un hijo mayor. Cada uno de los padres pensaba que el otro se estaba haciendo cargo del pequeño.
En el hospital se confirmó que el niño había salido ileso del accidente. "Por algo permitió Dios que yo pasara por ahí en el momento justo
y me alegro de que haya sido así", comentó Springer.
—Swette Parmley, en el Inquirer de Filadelfia
DESCARGA DE ADRENALINA DEREK LOHMAN, muchacho de 15 años que cursa el cuarto grado de enseñanza media, estaba solo en su casa una tarde de septiembre de 1995 cuando de pronto oyó gritar a Ralph Hutchins, vecino de 79 años que vivía al otro lado de la calle. Derek salió, y a través de la alambrada vio a la perra de Hutchins, de 48 kilos de peso, encima de su dueño, al que había derribado al suelo y seguía atacando.
El chico entró corriendo a su casa, cogió una escopeta de aire comprimido que le habían regalado en  su cumpleaños, hacía una semana, y volvió a salir. Luego de accionar ocho veces el cargador de aire, apuntó al animal a través de la cerca y disparó.
"La perra cayó, pero luego volvió a levantarse y se lanzó otra vez contra la garganta del señor Hutchins", cuenta Derek.
El muchacho tuvo que disparar diez veces más, por lo menos, para conseguir que el animal retrocediera. Al anciano le sangraban brazos y piernas, y tenía un hombro dislocado.
Derek dejó caer la escopeta, saltó la alambrada de Hutchins y se acercó a él sin perder de vista a la perra. Luego, aunque sólo pesa 54 kilos, levantó al anciano y lo puso a salvo al otro lado de la cerca, que mide un metro y medio de altura. Cuando estaba saltando al otro lado, la perra alcanzó a morderle un talón.
Derek dice no saber de dónde sacó fuerzas para levantar a un hombre más pesado que él y pasarlo por encima de una alambrada casi tan alta como él, pero supone que su reacción pudo deberse a una descarga de adrenalina.
Ralph Hutchins permaneció en el hospital una semana. Entre las posibles explicaciones de la agresividad de la perra está el que hubiera tropezado con un panal de avispas. La esposa de Hutchins, Anna, no tiene más que elogios para Derek. "Le estamos muy agradecidos", dijo. "Es un muchacho muy valiente".
—Jim Namiotka, en el Gazette-.Iournal de Reno, Nevada
UNA AGUJA EN UN PAJAR
CASI TRES HORAS después de echar un sobre al correo, Susan Caba cayó en la cuenta de que había olvidado ponerle la estampilla. El sobre llevaba la mensualidad del coche de su esposo, que vencía en dos días, así que no había tiempo para esperar a que el correo lo devolviera por falta de estampilla.
Susan había utilizado el buzón del edificio donde trabajaba como reportera de un diario, y se comunicó con la oficina de correos correspondiente, con la esperanza de localizar el sobre. Estaba segura de que la burocracia postal no le haría el menor caso.
Pero la persona que atendió su llamada no era un burócrata cualquiera, sino Henry Sydnor, atento empleado que le pidió una descripción del sobre, se puso a buscarlo en tres cajones donde había 500 paquetes y, una vez que dio con él, la llamó por teléfono.
—Me debe un paseo en ese coche —le dijo—. Encontré su sobre y le puse estampilla.
Ni siquiera aceptó que Susan le pagara el importe de la estampilla.
Tampoco cree haber hecho nada fuera de lo ordinario. Sólo quería ayudar.
¡Sería bueno poder hacer clones de este hombre y ponerlos en el Servicio de Recaudación Fiscal, el Seguro Social y todas las oficinas de tránsito del país!
—Debra Nussbaum, en el Inquirer de Filadelfia
BUENA VECINDAD
MENOS DE UN AÑO después de que Richard y Judie Wheeler comenzaron a construir la casa de sus sueños, a él le diagnosticaron cáncer de esófago. El ruido de sierras y martillos que se había oído durante meses en la obra cesó de pronto.
Un feligrés de la parroquia decidió entonces pasar por la casa que los Wheeler alquilaban provisionalmente, y le pidió a Judie los planos de la obra. Al poco tiempo comenzó lo que parecía la edificación del granero comunal de otro tiempo. Los feligreses reanudaron la obra en el punto en que Richard la había suspendido.
La noticia se extendió por todo el pueblo, y muchos vecinos ofrecieron su ayuda en las tareas que conocían, como la plomería y la instalación eléctrica. Un restaurante del lugar se encargó de dar de comer a los voluntarios pollo frito y hamburguesas gratis y sin límite.
Por desgracia, cuando la obra estaba a punto de terminar, Richard Wheeler perdió la batalla contra el cáncer. Nunca vio la casa nueva, pero Judie, que se mudó a ella con sus hijas en octubre de 1994, un mes después de la muerte de su esposo, dijo que había sido más fácil para él afrontar su destino sabiendo que los compasivos vecinos del lugar cuidarían de su familia.
—Kim McGunc, en el Morning Telegraph

miércoles, 21 de julio de 2021

LILLI MARLENE - ALEMANIA- AFRIKA KORPS

 John Steinbeck dijo de su lamento que era la canción más hermosa de todos los tiempos 

LA NOVIA DE TODOS LOS SOLDADOS

POR CHARLES SMITH

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST  Agosto 1996

ILUSTRACIÓN-DAVID SCHWEITZER
ERA DE NOCHE en el desierto norafricano, y nuestros tanques estaban dispuestos en círculo para  resguardarnos. Algunos de mis compañeros de batallón escuchaban el radio. Me acerqué a ellos, y uno me hizo una seña para indicarme que guardara silencio.
Del aparato salíó un toque de corneta, y luegi una tierna  y sensual voz de mujer comenzó a cantar en alemán la melodía  melodía más pegajosa que yo había oído en mi vida. Ni yo ni la mayoría de mis compañeros entendíamos la letra, pues no éramos el Afrikakorps alemán, sino el Octavo Ejército Británico (las "Ratas del Delsierto"}, pero aquella voz místeriosa nos llegó a lo más hondo del alma y nos cautivó.
A poca distancia de allí, unos soldados alemanes escuchaban la misma canción, sintiendo, como nosotros,soledad y añoranza. Corría la primavera de 1942. Ambos bandos estábamos lejos del hogar, y ambos nos enamoramos de la chica de la canción, como lo hicieron millones de soldados de casi todas las nacionalidades, que todavía hoy le cantan. Su nombre era Lilli Marlene.
¿Quién era Lilli, y cómo trascendió fronteras, idiomas y generaciones para convertirse en la chica soñada por todo soldado? Su historia comienza en 1915, a principios de la Primera Guerra Mundial.
Una noche de abril, en Berlín, Hans Leip, joven cadete del Ejército alemán y poeta en ciernes, hacía guardia ante una barraca de fusileros. En la acera de enfrente, una niebla espectral se arremolinaba a la luz de un farol.
Leip acababa de estar en los brazos de una linda chica apodada Lili, y seguía pensando con embeleso en ella cuando en la niebla vio aparecer a Marleen, coqueta beldad de ojos verdes a la que había conocido en una galería de arte. Se había enamorado de ella a primera vista.

Marleen iba de camino a un hospital de las cercanías para atender a los soldados heridos. Saludó a Leip de lejos en el preciso instante en que el sargento de la guardia se acercaba a la reja. Sin poder contestarle, Leip tuvo que conformarse con mirarla, hasta perderla de vista en la niebla.
Esa noche soñó con Lili y con Marleen, y el sueño le inspiró un poema en el que ambos nombres se funden en una sola chica. Lo llamó Canción de un joven centinela.
El poema habla de un soldado que se despide de su novia, Lili Marleen, a las puertas de su barraca, a la luz de un farol. Entonces un toque de corneta lo llama a filas; él ansía quedarse con Lili, pero el segundo toque lo obliga a partir. Al hacerlo, el soldado pregunta: "Si algo me pasa, ¿vendrá otro hombre a verte bajo el farol, o volverá mi espíritu a besarte como antes, Lili Marleen?".
Enviado al frente ruso, Leip no volvió a ver ni a Lili ni a Marleen.Unos 20 años después, incluyó la Canción de un joven centinela en una antología de sus poemas. El compositor berlinés Norbert Schultze dio con ella, le puso música, llamó a la pieza Lili Marleen y se la ofreció al tenor jan Bayern, quien la rechazó por considerarla "simplona".
-Schultze se la dio entonces a una cantante de cabaret llamada Lale Andersen, escultural rubia cuya voz cautivadora y sensual iba bien con la melancolía de la canción, y que en 1939 fue grabada por la Compañía Electrola. Para entonces había estallado la Segunda Guerra Mundial y sólo se vendieron 700 copias del disco, cada una de las cuales vale unos 300 dólares hoy en día.
La canción permaneció en el olvido durante dos años. Luego, el Ejército alemán ocupó Yugoslavia e inauguró Radio Belgrado para transmitir música a sus tropas desplegadas en los Balcanes y en el norte de África. El director de la estación inició una búsqueda de discos y, en la bodega de Radio Viena, un soldado halló una polvorienta colección que   incluía la grabación de la Andersen. La primera emisión se hizo la noche del 18 de agosto de 1941.
Mi futuro cuñado, a la sazón oficial de tanque del Afrikakorps, oyó la canción y, según me contó años después, quedó fascinado. Lo mismo les ocurrió a miles de soldados, y Radio Belgrado recibió un aluvión de solicitudes de repetición.
El general Erwin Ronimel, comandante del Afrikakorps, comprendió sagazmente que la canción podía servir para animar a sus hombres, y mandó que la transmitieran todas las noches. Desde entonces, Lili Marleen cerró diariamente la programación de Radio Belgrado a las 9:55 de la noche, y ejerció su embrujo casi hasta el fin de la guerra.
En su libro The Great Lili ("La gran Lili"), Carlton Jackson cuenta que el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, detestaba la canción. Él prefería los himnos ampulosos e inspiradores, como Bomben auf Engelland ("Bombas sobre Inglaterra"), y ordenó que se destruyera la matriz de la grabación de Lale Andersen. Cuando, en enero de 1943, la toma de Stalingrado costó la vida de 300,000 soldados alemanes, Goebbels prohibió la canción diciendo que "en sus compases fluye una danza de muerte'.
No obstante, sin que el ministro lo supiera, se había enviado una segunda matriz a Suiza, país neutral, y tres días después de la prohibición Lili volvió al aire.
Enfurecido de no poder silenciar la canción, Goebbels arremetió contra la cantante: la sometió a vigilancia y esparció el rumor de que simpatizaba con los judíos. Lale Andersen tenía, en efecto, amigos judíos, y a uno de ellos, que vivía en Suiza, le escribió cartas diciéndole que ansiaba salir de Alemania.
En Italia, tras una gira de conciertos para los soldados, Lale decidió huir a Suiza en tren, pero en una estación de Milán la aprehendieron dos agentes de la Gestapo. En Berlín, un oficial nazi reveló las copias de unas cartas suyas que se habían interceptado, la acusaron de espionaje, la pusieron bajo arresto domiciliario y la amenazaron con enviarla a un campo de concentración.
El servicio de espionaje británico averiguó lo ocurrido y la BBC radió la noticia de que los nazis habían encerrado a la célebre cantante en un campo de concentración, lo que quizá haya contribuido a salvarla. Al parecer, la Gestapo perdió interés en ella, y Lale huyó discretamente a casa de sus abuelos, en una isla del mar del Norte, donde se quedó hasta el fin de la guerra.
Como escribió una vez el novelista John Steinbeck, "Hay canciones que saltan fronteras". Así ocurrió con Lili, que fue adoptada por los británicos que combatían a Rommel en el desierto. Sin embargo, como a Goebbels, al alto mando británico le disgustaba la canción: no era correcto que sus hombres marcharan al son de esa música, y menos aun si estaba cantada en alemán.
Carlton Jackson cuenta de unos soldados del Octavo Ejército que, devuelta en Inglaterra, se pusieron a cantar Lili Marleen una noche en una taberna. El editor de música J. J. Phillips, asiduo del establecimiento, les advirtió que si la policía del lugar los oía, los creería espías alemanes.
Si tanto le preocupa —replicó uno—, ¿por qué no nos escribe una letra en inglés?
Phillips aceptó el reto y, con ayuda del compositor Tommie Connor, creó My Lilli of the Lamplight ("Mi Lilli del farol"), en la que Marleen pasó a ser Marlene y desaparecieron la niebla y el espíritu que vuelve de la tumba para besarla. La nueva Lilli era la muchacha que aguarda con nostalgia el regreso de su amado del frente de batalla.
Recuerdo, mi amor, cómo-me esperabas al pie del farol, ante la barraca. Allí me dijiste con ternura que me amabasy que siempre serías
mi Lilli del farol,
mi Lilli Marlene.
La pegajosa balada, que expresaba los temores del soldado lejos del hogar y su añoranza por volver a los brazos de su amada, fue un éxito inmediato. Edith Piaf la cantó a los soldados franceses, y Marlene Dietrich a los norteamericanos. El Quinto Ejército Estadounidense la entonó al entrar en Florencia.
Se han compuesto adaptaciones del poema de Leip en más de 40 idiomas. La versión italiana dice "Dame una rosa y apriétala contra mi pecho", y la francesa, "En la noche oscura, nuestros cuerpos enlazados". Los soldados rusos, que les oyeron la canción a los prisioneros alemanes, hicieron una versión aun más atrevida, pero se les prohibió cantarla.
Los soldados estadounidenses no se quedaron atrás. Después de la guerra, algunos la parodiaban así: En el andén, los norteamericanos tienen cigarrillos y mucho chocolate.
¡Qué maravilloso! ¡Qué bueno! Veinte marcos por cinco minutos. ¿Cuánto, Lilli Marlene?
Con el tiempo, la versión original de Lilli Marlene ha aparecido en un sinfín de películas y documentales. En Juagement at Nuremberg ("Juicio en Nuremberg"), filmada en 1961, la tonada se oye en una taberna mientras la Dietrich y Spencer Tracy recorren las ruinas de la ciudad.
¿Por qué llegó esta canción a tantos corazones? La respuesta de Lale Andersen fue: "¿Acaso puede el viento explicar por qué se transforma en tormenta?" Lilli Marlene siempre representó un remanso de ternura en medio del brutal y horrendo fragor de la guerra. Por eso pertenece a todas las naciones.

martes, 20 de julio de 2021

CIATRO MINUTOS PARA SALVAR DOS VIDAS-EMERGENCIA

Emergencia-Bajo las luces brillantes del quirófano se producen milagros.

A CINCO MINUTOS DE LA MUERTE

 Lo ocurrido ese día en la sala de partos fue la peor pesadilla de un obstetra
Por BOB TREBILCOCK     SELECCIONES DEL READER'S DICEST  SEPTIEMBRE 1998
EL DOCTOR Kenneth Hekman, ginecólogo obstetra de 52 años, salió de su consultorio en el Hospital Emerson, localizado en Concord, Massachusetts. —Si alguien me necesita, voy a estar en la sala número siete con la señora Shepherd —avisó a la recepcionista.
Eran casi las 3 de la tarde del jueves 28 de diciembre de 1995, y Lesley Shepherd, mujer de 29 años que tenía tres hijos varones y esperaba el cuarto, había entrado por la mañana en la sala de partos. El bebé que esperaba, una niña, llevaba ya dos días de retraso. Hekman y ella acordaron provocar el parto. Si no había imprevistos, la niña llegaría al mundo hacia las 5 de la tarde.
Con más de 3500 partos de experiencia, Hekman no olvidaba el día en que comprendió lo que significa un nacimiento. Criado en Michigan, desde muy joven decidido ser médico. Comenzó la práctica obstétrica cuando aún estudiaba en la Facultad de Medicina de la Universidad Estatal Wayne. Una noche, en la biblioteca, recordó un parto que había atendido en el día, cuando estaba de turno. ¡Tuve entre mis manos la promesa y la oportunidad de una nueva vida!, se dijo.
Había sido un momento de espiritualidad, que lo dejó profundamente conmovido.
Un profesor suyo se refería al sentimiento como "gracia en retrospectiva"; es decir, el hecho de que a veces no comprendemos la importancia de un suceso sino hasta que, pasado un tiempo, lo recordamos. Era una idea sobre la que Hekman habría de volver a reflexionar.
CUANDO EL MÉDICO entró en la sala de partos, Lesley Shepherd estaba en cama. Su esposo, Nate, de 33 años, director de mercadotecnia de una escuela, estaba sentado junto a ella.
Hekman revisó el electrocardiograma fetal. La enfermera estaba preocupada porque durante las contracciones el ritmo cardiaco del feto disminuía levemente, pero Hekman no vio nada anormal en la gráfica. Tras revisar a Lesley, decidió seguir adelante: le rompió el saco amniótico y revisó el líquido derramado en busca de meconio (excremento del feto), cuya presencia puede ser signo de sufrimiento fetal. El líquido de Lesley estaba transparente.
—No veo nada anormal —le dijo Hekman—. La cabeza de la niña está en el cuello del útero, como debe ser. Vendré en un par de horas.
A poco de que salió, Lesley sintió un dolor opresivo en el pecho.
—Creo que voy a vomitar —dijo, incorporándose en la cama.
Nate tomó una palangana para acercársela a Lesley, pelo, antes de que pudiera hacerlo, ella cerró los ojos y se desmayó.
La enfermera se acercó a toda prisa y la acostó de lado.
—Dígame: ¿dónde está? —le preguntó enérgicamente.
—En el hospital —contestó Lesley abriendo los ojos.
—¿Qué hospital?
Lesley ya no respondió. La enfermera cogió el teléfono.
—Busque al doctor Hekman en seguida —dijo.
La parturienta dejó de respirar. En un santiamén la sala se llenó de enfermeras. Hekman entró poniéndose unos guantes quirúrgicos.
—Lesley —dijo—, voy a revisarla. La causa más común de una reacción así es el desprendimiento prematuro de la placenta. Hekman practicó un examen interno, pero no observó ningún signo de tal desprendimiento, ni siquiera hemorragia. Por el contrario, era notoria la falta de sangre en los tejidos. El aparato vascular de Lesley había dejado de funcionar.
En un instante Hekman descartó algunas complicaciones probables, hasta que sólo quedó una inquietante posibilidad. ¡Dios míol, pensó. ¡Una embolia de líquido amniótico!
En esta rarísima complicación, parte del líquido amniótico entra en el torrente sanguíneo de la madre y llega, a través de la arteria pulmonar, a la red vascular de los pulmones, donde ocasiona una grave obstrucción. Aunque el corazón siga latiendo, la sangre oxigenada deja de fluir a todos los órganos del cuerpo. La falta de oxígeno puede causar la muerte de la madre y del feto en sólo cinco minutos.
Hekman nunca se había enfrentado a esta complicación, pero sabía que es la peor pesadilla de un obstetra. Resulta mortal en alrededor de 70 por ciento de los casos; la mayoría de las veces no se llega al diagnóstico hasta que la parturienta ha muerto, y las que se salvan a menudo sufren graves lesiones cerebrales.
Hekman decidió practicar una cesárea inmediatamente, tanto para salvar a la criatura como para retirar la fuente de líquido amniótico que había causado la embolia.
—¡Vamos! —urgió al personal—¡Hay que operarla cuanto antes!
Había pasado apenas un minuto desde que Lesley sintió náuseas. Hekman tenía cuatro para salvarlas a ella y a su hija.
ESLEY FUE LLEVADA de inmediato al quirófano.
    Unas enfermeras le dieiron masaje en el pecho  para estimularle el corazón. La piel se le había puesto de color morado negruzco, señal deque su grado de saturación de oxígeno era de alrededor de 70 por ciento, apenas suficiente para mantener las funciones cerebrales.
—Parece muerta —dijo alguien.

Lo mismo pensó Hekman, pero en seguida puso los cinco sentidos en lo que iba a hacer.
En general, una cesárea exige de 20 a 30 minutos de preparación, y unos cinco para sacar al niño, pero Hekman no disponía de tanto tiempo. A los dos o tres minutos del desmayo de Lesley, ya tenía el bisturí en la mano. Decidió practicar un corte vertical para tener un acceso más inmediato al útero.
—No está anestesiada todavía —advirtió una enfermera.
Hekman le inyectó un anestésico local y abrió.
El útero casi no tenía sangre, pero la niña estaba viva. Hekman la sacó, le pintó el cordón umbilical y se la entregó al pediatra, quien la llevó a la sala de recién nacidos.
—Ya tiene pulso —dijo entonces la enfermera anestesista.

Hekman no sabía si eso era bueno o no. Entre la vida y la muerte hay a veces un límite muy borroso en que la persona puede estar ya perdida, aunque le lata el corazón.
El doctor Hekman empezó a suturar.

NATE SHEPHERD había visto cómo se llevaban a su mujer y a su hija aún no nacida al quirófano. A los pocos minutos una enfermera le salió al encuentro en el pasillo.
—Su hija está bien. Puede ir a verla a la sala de recién nacidos. —¿Y mi esposa?
—La están estabilizando.
Nate fue a ver a su hija, que, conectada a varios monitores, lloraba sin parar. Al ver que se encontraba bien, volvió a la puerta del quirófano a esperar noticias de su mujer.
MIENTRAS HEKMAN suturaba, la presión arterial de Lesley casi volvió a la normalidad, indicio de que la embolia había cesado tan súbitamente como le había sobrevenido.
Poco después de las 5 de la tarde la llevaron a terapia intensiva. Nadie sabía si la falta de oxígeno le había afectado el cerebro. Habría que esperar a que pasara la noche.
Hekman explicó lo ocurrido a Nate Shepherd.
Éste entró en la sala de terapia intensiva a eso de las 8 de la noche. Lesley tenía la piel traslúcida y el cuerpo hinchado a causa de la gran cantidad de suero que le estaban administrando. Nate se acercó y le acarició la frente y la mejilla.
—Te amamos —le dijo
Lesley permaneció inconsciente casi todo el viernes, pero al atardecer despertó por fin. Hekman estaba con ella, y le preguntó:
—¿Quiere algo para el dolor? Sin percatarse de que había pasado más de un día, Lesley respondió:
—No, hace un rato me dieron un analgésico y no podía moverme. Hekman sonrió.
—Es que ha tenido algunas complicaciones. Luego le cuento.
Nate se acercó, y Lesley le dijo: —Kerri debe llegar a las 4.
Nate se rió: Kerri era la niñera de la familia y había quedado en llegar a casa a las 4 de la tarde del día anterior; si Lesley se acordaba de la cita, no había duda de que estaba bien.
LA RECUPERACIÓN de Lesley fue sorprendente. El lunes ya tendió su cama. El martes conoció a su hija, una niña de cuatro kilos y medio, en perfecto estado de salud. Sus padres le pusieron el nombre de Lily.
Ni madre ni hija sufrieron secuelas de la complicación, aunque Lesley dice que cuando sostiene en brazos a Lily la aprieta con un poco más de fuerza. "La miro y pienso en lo poco que faltó para perderla. El doctor Hekman hizo un milagro porque no perdió el control".
Kenneth Hekman resta importancia a su intervención, pero no olvida los cinco minutos que su equipo y él tuvieron para salvar dos vidas. "Eso es gracia", dice. "Gracia en retrospectiva". .® 1997 POR ROB TREBILCOCK. CONDENSADO DE YANKEE (DICIEMBRE DE 1997), DE DUBLIN, NEW HAMPSHIRE.

LA MUJER DEL CANASTO Y SU AMOR POR LOS DEMÁS

 "DIOS ESTA AQUÍ"

Por  Chistopher De Vinck     SELECCIONES DEL READER'S DICEST  SEPTIEMBRE 1998

HACE YA MUCHOS ANOS que cursé la escuela  secundaria, pero jamás olvidaré un trabajo que me encomendaron. Debíamos escribir acerca de alguna persona mayor de 70 años, así que visité un asilo de ancianos.
Me presenté en la dirección, expliqué en qué consistía mi tarea y la directora me envió al cuarto número seis. La habitación tenía una cama, una silla y un cuadro de una rosa en la pared. Una anciana tejía diligentemente en la silla.
Cuando entré, me miró entrecerrando los ojos.
—¿Sí? —preguntó.
—Soy estudiante de secundaria —expliqué tímidamente—. Tengo que escribir un ensayo.
—Entra.
Dejó de tejer y dio unas palmaditas en la cama.
—Siéntate aquí.
Me senté, y ella reanudó su tejido. —¿Qué hace? —pregunté.

 —Dios está en mi canasta —dijo.
—¿Qué teje? —dije alzando un poco la voz esta vez.
Volvió a suspender su labor, sonrió y repitió:
—Dios está en mi canasta.
Miré con disimulo la canasta, por si alcanzaba a vislumbrar a Dios.
Dios está aquí —dijo—. Oré para que viniera, y vino.
La mujer no dijo nada más. Finalmente le di las gracias y me fui.
—¿Qué impresión te causó? —preguntó la directora del asilo.
—Dice que Dios está en su canasta de tejido —respondí—. Me parece que está un poco loca.
—Lo estaba cuando llegó —explicó la directora—. Había enviudado y estaba sola. Le sugerí que rogara a Dios que le diera paz, y lo hizo.
"Poco después una asistenta la enseñó a tejer, y en seis meses estaba tejiendo calcetines para todos. Se volvió la mujer más popular del asilo".
— ¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora tiene más de 90 años, pero todavía puede hacer punto. Sólo dice que Dios está en su canasta.
Semanas después recibí un hermoso suéter de lana, de mi talla, con una nota de la directora del asilo:
Querido Christopher:
La mujer que conociste aquí nos pidió que te enviáramos este regalo. Pensaba que tal vez te gustaría abrigarte con un pedazo de Dios.
Falleció hace tres días. Estaba feliz.

lunes, 19 de julio de 2021

AMISTAD QUE EL TIEMPO NO ROMPIÓ

  LAZOS QUE EL TIEMPO NO ROMPIÓ
De niños, y más tarde convertidos en hombres, enfrentaron juntos la adversidad.
Por COLLIN PERRY   SELECCIONES DEL READER'S DIGEST SEPTIEMBRE 1998

EL  DOCTOR ALAN STOUDEMIRE iba conduciendo nervioso por las calles de su pueblo natal, Lincolnton, Carolina del Norte. Residente en Colorado, había vuelto en otra ocasión a ver a su familia, pero esta vez el motivo  de su viaje era distinto. Después de pasar junto a la vieja granja donde vivió de niño, estacionó elcoche frente a una cabaña sin pintar. Allí, alrededor de una mesa en el jardín, Boyce Blake y sus hermanos estaban jugando al whist, un juego de naipes.
El médico titubeó. A pesar del aire acondicionado, estaba bañado en sudor. Había hecho un largo recorrido, pero se preguntaba para qué. ¿Podría una amistad forjada en la infancia renacer después de tantos años?
ALAN CONOCIÓ A BOYCE un día de verano en los años 50, cuando ambos tenían unos cinco años. Aquél estaba jugando a la orilla del riachuelo que delimitaba la parte posterior de la finca de su familia —a encajar una vara en unos agujeros que le parecieron muy interesantes— cuando advirtió que un niño negro lo estaba observando en la otra orilla.
—¿Qué no sabes que esos hoyos son nidos de culebra?
—le dijo éste.
Aunque ese riachuelo era lo único que separaba las fincas de sus familias, entre ellos se interponía un océano de prejuicios e intolerancia. Con todo, los niños se volvieron inseparables. Cazaban, pescaban y acampaban juntos, y Boyce, que era más fuerte y conocía mejor el campo, le enseñaba cosas a su amigo.
Un día empezó a llamarlo "Zeke".
—Por qué? —preguntó Alan.
—Porque me parece que tienes cara de Zeke —dijo Boyce por toda explicación.
Y así comenzaron a decirle también sus demás amigos.
Boyce, cuya familia era creyente y conservadora, solía ser más cauto que Alan en sus travesuras. Un día, a pesar de las advertencias de su amigo, a Zeke se le ocurrió verter gasolina en un pozo seco que había en su granja y prenderle fuego. La explosión alcanzó a Boyce en pleno rostro y lo arrojó de espaldas.
En seguida apareció el padre de Zeke, cargó en brazos al niño, quien estaba sangrando, y se apresuró a entrar en la casa.
Ve a llamar a la señora Ruth —fue lo único que le dijo a Alan.
Zeke corrió a llamar a la madre de Boyce.
—Lo siento, señora. Yo tuve la culpa —admitió.
—Son un par de diablillos —dijo la mujer, meneando la cabeza—. Alcancé a oír la explosión desde la casa.
El castigo de Zeke consistió en recoger piedras durante un mes y dejarlas caer una por una en el pozo, de 18 metros de profundidad, hasta cegarlo. No llevaba más de un día haciéndolo, bajo un sol abrasador, cuando Boyce se apareció para ayudarlo.
Mundos separados. La finca de los Stoudemire era fértil, y la casa, muy cómoda. Zeke tenía un cuarto propio e incluso un caballo.
Al otro lado del riachuelo, los Blake y sus 12 hijos vivían hacinados en una cabaña sin agua corriente, en unas cuantas hectáreas de tierra improductiva. Sin embargo, bajo la autoridad matriarcal de la señora Ruth, el piso siempre estaba limpio y los niños vestidos con pulcritud. Eran una de las pocas familias negras que poseían tierras (una concesión de un latifundista al señor Blake por servicios prestados al ejército).
Al principio, a Zeke y Boyce les parecía natural vivir en esos mundos distantes, pero un verano se hicieron conscientes de lo que era la injusticia.
A diferencia de otros niños blancos, que jugaban al beisbol en un impecable campo de juego, Zeke prefería jugar con sus amigos negros en un pastizal. Un caluroso día, después de jugar un partido agotador, Zeke montó en su caballo para ir a refrescarse en la única piscina que había en el condado. Al despedirse de sus amigos, vio que estaban compartiendo un refresco tibio.: y eso era señal de que tenían tanto calor como él.
La piscina era para ex combatientes, así como para sus familias y amigos, pero aunque el padre de Boyce, al igual que el de Alan, había combatido en la Segunda Guerra Mundial, no le permitían usarla, como tampoco a ningún otro negro. Zeke ató su caballo a la cerca, pasó frente a un letrero que decía "Sólo para socios" y le preguntó en tono respetuoso al administrador por qué no podía traer a sus amigos negros a nadar.
—Bueno, hijo, no son socios, ¿verdad? —respondió el hombre. Zeke señaló la piscina y dijo: —¿Acaso son socios todos esos niños blancos?
La expresión del administrador se volvió de enfado.
—¿Qué demonios te importa, niño? —contestó.
Enfurecido, Zeke se dijo que si sus amigos no podían nadar, él tampoco lo haría. En el camino a casa, mientras su caballo cruzaba el riachuelo, se le ocurrió una idea. Entonces regresó a todo galope al pastizal.
—¿Qué les parece si hacemos una represa en el riachuelo para nadar? —propuso emocionado a sus amigos.
Fue una tarea ardua y tediosa, pero a los pocos días habían construido una represa. Era rudimentaria, pero lo bastante profunda para ir a zambullirse el resto del verano después de los juegos de pelota.
Pasaron los años. Cada primavera la represa desaparecía y cada verano los muchachos la reconstruían. En otoño, Zeke jugaba al futbol con sus amigos.
Un domingo, después de asistir a la iglesia, Boyce y sus tres hermanos invitaron a Zeke a jugar al whist.
—Es la primera vez que se permite participar en este juego a un chico blanco —le dijo aquél en tono solemne.
Zeke se unió al veloz juego de sutiles señales y apuestas, mientras los Blake le hacían bromas a causa de su inexperiencia. Jugar al whist se convirtió en un rito semanal.
Rompiendo un circulo. En septiembre de 1968, la integración racial llegó a la escuela de enseñanza media de Lincolnton, que era exclusiva para blancos. Boyce bajó del autobús y contempló un mar de ceñudos rostros blancos. Los chicos negros que llegaron con él se apretujaron junto al autobús y los blancos los rodearon. Ambos grupos se quedaron inmóviles unos instantes, en medio de un ominoso silencio. El espacio que los separaba estaba cargado de tensión y contenida violencia.
Zeke se acercó al círculo de los blancos. Por entre las cabezas alcanzó a ver a su amigo, cuyo rostro revelaba algo que lo hizo estremecerse: quizá por primera vez en su vida, Boyce parecía tener miedo.
—Con permiso, por favor —dijo Zeke en tanto se abría paso hacia el grupo de muchachos negros.
Entonces, mientras todas las miradas se posaban en él, se acercó a Boyce sonriendo con nerviosismo.
—Oye, amigo, te he estado buscando por todas partes —le dijo al tiempo que le estrechaba la mano Bienvenido a la escuela.
Boyce permaneció callado mientras rompían el círculo para pasar. Entonces, seguidos de cerca por los demás estudiantes negros, subieron los escalones para comenzar el primer día de clases.
Cambios de rumbo. Los años pasaron y los jóvenes amigos se fueron adaptando a las difíciles primeras etapas de la integración. Después de graduarse, Zeke ingresó en la Universidad de Carolina del Norte, con-tinuó sus estudios en una facultad de medicina y practicó como residente en el Centro Médico de la Universidad de Colorado.
Boyce fue el primero de los Blake en cursar estudios superiores, un motivo de inmenso orgullo para su familia. Después de estudiar dos años en el colegio universitario básico local, consiguió un empleo en la fábrica de papel de Lincolnton, donde llegó a ser supervisor. Con el correr del tiempo, tanto él como Zeke se casaron y dejaron de verse.
Un día, cuando tenía 28 años, a Alan le diagnosticaron cáncer óseo. Tuvieron que amputarle la pierna derecha arriba de la rodilla y someterlo a una quimioterapia que lo hizo perder casi 15 kilos.
Empezó a usar una pierna artificial y muletas. Como sus "amigos" dejaron de telefonearle, se sentía muy solo. Ni su trabajo ni el amoroso apoyo de su esposa le infundían ánimos. La promisoria vida que hasta hacía poco tenía por delante parecía haber terminado de repente.
Entonces recibió un telefonema inesperado.
— Oye, camarada, estamos buscando un cuarto jugador para un partida de whist y creo que tú juegas bien.
La voz de Blake fue como un bálsamo. Se había enterado de la desgracia de su amigo por medio de la familia. Charlaron una hora. Antes de colgar, Boyce hizo que su viejo amigo le prometiera subirse al primer avión y volver a casa   .UNA VEZ QUE ESTACIONÓ el coche frente a la cabaña, el doctor Stoudemire se volvió a mirar los rostros de los Blake hasta que reconoció a Boyce. Se veía tal como lo recordaba: fornido, rebosante de salud y alegría.
Seguramente ya no tenemos nada en común, pensó, aún receloso. Quizá no haya sido buena idea venir.
Finalmente abrió la portezuela del auto, tomó las muletas y caminó hacia el jardín.
—¡Oye, Zeke! —lo recibió Boyce con la generosa sonrisa de siempre—. Acerca aquí una silla.
En cuanto Alan se sentó, la señora Ruth apareció para darle un vaso de limonada fría y llevarse las muletas.
—¿Sabes?, antes siempre reservábamos un sitio en la mesa para ti, por si acaso venías a cenar —le dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Supongo que tendremos que hacer eso de nuevo. Bienvenido a casa, Zeke.
Alan asintió con la cabeza, a punto de llorar.
Tengan cuidado con él —dijo Boyce para aliviar la tensión—Apuesto a que trae escondidas varias cartas en esa pata de palo.
Todos se echaron a reír. Era un placer estar de nuevo en casa.
Apoyo mutuo. Durante su estancia en el pueblo Alan comenzó a recobrar el optimismo, y una vez de regreso en Colorado encauzó su vida profesional hacia otro rumbo: la ayuda psiquiátrica a enfermos incurables. Consiguió un puesto de profesor en la Universidad Duke, en Durham, Carolina del Norte, y de nuevo se mudó al sur con su esposa. Más tarde lo transfirieron a la Universidad Emory, en Atlanta.
Nunca más perdió el contacto con su amigo. Se llamaban por teléfono cada semana y se visitaban con frecuencia.
Una noche de septiembre de 1995, Boyce salió cojeando de la cancha de basquetbol. Como la debilidad y el dolor no cedían, y dado que un médico de Lincolnton no pudo determinar cuál era la causa, Alan, preocupado, le pidió a su amigo que se trasladara a Atlanta en seguida.
En la Universidad Emory, unos médicos le diagnosticaron a Boyce la enfermedad de Lou Gehrig, un trastorno nervioso degenerativo llamado también esclerosis lateral amiotrófica. Era una sentencia de muerte. Esta vez fue Alan quien dio apoyo y consejos. Hablaba con él casi todos los días.
Un día de octubre de 1997 fue a visitarlo al hospital. Casi paralizado, Boyce apenas pudo alzar la mano para estrechar la de su amigo, pero en sus ojos aún fulguraba su espíritu.
—Zeke —susurró, y Alan se inclinó para oírlo—. Hay algo que siempre quise decirte: eres el peor jugador de whist que he conocido.
Alan sonrió y le dijo que ya lo sabía.
—Pero no importa —añadió después Boyce—. Aun así voy a reser varte un sitio en la mesa allá arriba.
Entonces empezó a respirar con dificultad mientras poco a poco se quedaba dormido. Con mucha delicadeza, Alan soltó las manos de su amigo; las manos que Boyce tantas veces le tendió cuando eran niños, las que lo enseñaron a pescar y las que lo defendían de los grandullones; eran las manos en que se apoyó cuando su cuerpo y su espíritu estaban quebrantados.
Bueno, viejo amigo, dijo para sus adentros, siempre hemos contado el uno con el otro, ¿o no? Quizá tus manos han perdido fuerza, pero la fuerza de nuestra amistad y el recuerdo de tu valentía se quedarán siempre conmigo.
Boyce Blake murió horas después. A Alan Stoudemire se le desarrollaron otros tumores cancerosos, pero después de someterse a varias operaciones y a un tratamiento con una vacuna experimental, sus probabilidades de supervivencia son alentadoras.

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  MEMORIAS SRA. ANN H. JUDSON, ESPOSA DEL REVERENDO ADONIRAM JUDSON, MISIONERO EN BIRMANIA . INCLUYE UNA HISTORIA DE LA HISTORIA DE L...