viernes, 5 de junio de 2026

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON* 7-17

 INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS, PATRIARCALES E HISTÓRICAS, SOBRE LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES ADQUIRIERON POR PRIMERA VEZ SU CONOCIMIENTO DE DIOS Y LA RELIGIÓN,

Y EN CUANTO A CUÁLES FUERON LAS DOCTRINAS DE LAS IGLESIAS DE ADÁN Y NOÉ, CON UN RELATO DE LA LARGA NOCHE DE IDOLATRÍA QUE SIGUIÓ Y OSCURECIÓ LA TIERRA, Y TAMBIÉN DE LOS MEDIOS DISEÑADOS POR DIOS PARA LA RECUPERACIÓN Y EXTENSIÓN DE SUS VERDADES, Y DE SU CUMPLIMIENTO FINAL POR MEDIO DE JESUCRISTO.

THOMAS CLARKSON

LONDRES

1836

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON* 7-17

El erudito Ellis, citado anteriormente, los señala así: «En cuanto a la ley universal e igualmente común de la humanidad (pág. 443), los judíos nunca tuvieron otra opinión; pero siempre que tenían ocasión de mencionarla, su expresión habitual era: “Fueron mandadas a los hijos de Noé, es decir, a toda la raza humana, y el primer hombre, Adán, las recibió de Dios”. Pues sostenían que ciertas leyes naturales fueron declaradas y mandadas a los hombres inmediatamente después de la creación, las cuales, por autoridad divina, se convirtieron en obligación perpetua; de ahí que la paráfrasis de Onkelos sobre aquellos pasajes de las Sagradas Escrituras donde se dice que Enoc y Noé caminaron con Dios, exprese que caminaron en el temor del Señor».

Y así se hicieron justos, porque guardaron los preceptos que fueron establecidos desde los albores de nuestra naturaleza y propagados por toda la humanidad: de ahí que el fratricidio de Caín, las abominaciones de Sodoma y otros hechos mencionados en los libros de Moisés, fueran malvados e ilícitos antes de la entrega de la ley escrita.

 Veamos ahora cuáles son, según se dice, estas leyes. Encuentro dos versiones. Nuestro gran y erudito Selden las presenta así: 1. Abstenerse de la idolatría. 2. Bendecir el nombre de Dios, o, como algunos lo expresan, abstenerse de la blasfemia o la maldición del nombre divino. 3. Abstenerse del asesinato. 4. Abstenerse del adulterio o de la contaminación con mezclas impuras.// personas de otras creencias y etnias idolátricas //

5. Abstenerse de robar. 6. Nombrar jueces para que sean guardianes de estos preceptos o para preservar la justicia pública.

El Dr. Echard, en su historia eclesiástica, difiere un poco, pero solo un poco, del anterior en su descripción de ellos. Según él, los deberes prescritos eran estos:

1. Abstenerse de toda idolatría. 2. Adorar al Dios verdadero, el Creador del Cielo y la Tierra. 3. No derramar sangre humana. 4. Abstenerse de pasiones ilícitas y mezclas. .// personas de otras creencias y etnias idolátricas //

 5. Rechazar todo rapiña, hurto y robo. 6. Administrar verdadera justicia.

Estas, al parecer, eran las leyes o preceptos morales por los cuales la primera raza de hombres debía ser gobernada en cuanto a su conducta hacia Dios y entre sí, y que, también se dice, provenían de la boca del mismo Dios. Son, como vemos, cualquiera de las dos versiones que tomemos o incluso si las combinamos, pocas y sencillas; y el lector no puede dejar de observar, que constituyen la mitad del Decálogo o los Diez Mandamientos de Moisés. Aunque pocas, eran, eran sumamente importantes en cuanto a los grandes fines para los que fueron diseñadas.

Enseñaban a los hombres su posición relativa con respecto a Dios como criaturas. Les imponían el deber de adorarlo y, por lo tanto, de depender constantemente de él. Protegían contra la profanación de su culto excluyendo a todos los demás dioses.//demonios, Satanás, etc// También protegían su santo nombre de la profanación.

Y con respecto a la conducta de los hombres en sus relaciones entre sí, señalaron y denunciaron como pecaminosas aquellas acciones que, si los hombres caían en ellas, perturbarían más el orden, la paz y el bienestar de la sociedad. Que estas leyes, o algunas similares, fueran dadas por Dios a Adán para la guía moral de los hombres en las primeras edades del mundo, inmediatamente o poco después de la Creación, es razonable y coherente con los atributos divinos suponer.

¿Puede alguien imaginar que Dios, habría puesto sobre la Tierra dos criaturas, el Hombre y la Mujer, de quienes surgirían millones de seres responsables, sin informarles de sus deberes, ni decirles qué, como seres así constituidos, debían hacer y qué no debían hacer?

Tal conocimiento era absolutamente necesario para ellos en los albores de la sociedad, y jamás podrían haberlo descubierto por sí mismos.

 Pero no es necesario que en esta ocasión recurramos únicamente a la razón ni a los comentarios de los intérpretes judíos.

 Cualquier persona que lea la Biblia con atención, encontrará allí todo lo que hasta ahora he afirmado que proviene de estos intérpretes.

 En primer lugar, encontrará que Dios comunicó verbalmente a Adán y Eva, y que ellos debían saber que él era Dios Todopoderoso, el Creador y Soberano del mundo, y que debían adorarlo  y obedecerlo como criaturas. La lectura de parte de dos capítulos del Génesis le proporcionará esta información.

 En segundo lugar, encontrará que los hombres de la época antediluviana se regían por leyes, a las que consideraban las guías religiosas de sus vidas y que consideraban que provenían de Dios.

Ahora bien, que Dios le dio a Adán, poco después de la Creación, leyes para la guía moral y religiosa de sí mismo y de su posteridad, puede inferirse de lo que él mismo le dijo a Caín en cierta ocasión.

La ocasión fue esta: «Y sucedió que, pasado el tiempo, Caín trajo del fruto de la tierra, y Abel trajo también de los primogénitos de su rebaño y de la grasa de ellos, una ofrenda al Señor; y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero a Caín y a su ofrenda no miró con agrado», Génesis 4:3-5.

 Antes de continuar, será importante comprender por qué Dios hizo esta diferencia en el trato que dio a las ofrendas de los dos hermanos.

 En respuesta a esto, no molestaré al lector con los comentarios de los eruditos sobre las palabras citadas, sino que afirmaré de inmediato, como resultado de mis investigaciones, que la ofrenda de Abel se ajustaba en todo a la voluntad de Dios, tal como se reveló a nuestros primeros padres sobre el tema de las ofrendas o sacrificios, y que la ofrenda de Caín no.

Caín, entonces, es evidente, si esta interpretación es cierta, había actuado en contra de la voluntad de Dios o había transgredido una ley divina. Puedo continuar diciendo que Caín, al ver cuán diferentes habían sido recibidas las dos ofrendas por Dios, se enojó mucho; ante lo cual Dios le dijo: «¿Por qué estás enojado y por qué tu semblante está tan sombrío? Si haces lo bueno, ¿no serás aceptado? Si no haces lo bueno, el pecado está a la puerta». Génesis 4:6-7.

Ahora bien, estas son las palabras de Dios a Caín, sobre las cuales me basaré para argumentar mi caso.

En primer lugar, parece que Dios, al usarlas, apeló a la conciencia de Caín, independientemente de si necesitaba estar en la situación en la que se encontraba entonces; si, de hecho, desconocía que se le habían revelado leyes a Adán, cuya obediencia le granjearía el favor de Dios, y cuya transgresión provocaría su desagrado.

Sin duda, las palabras «¿No serás aceptado?» equivalen en este pasaje a las palabras «¿Acaso no sabes?» o «Sabes que serás aceptado». Estas palabras, en efecto, habrían sido ininteligibles para Caín y completamente inútiles si no hubiera tenido este conocimiento de antemano.

 Por lo tanto, podemos concluir que Dios le había dado leyes a Adán para el gobierno del mundo, basadas en principios morales, los grandes principios del bien y del mal, antes o después del nacimiento de Caín, y que Caín lo sabía.

Llegaremos a la misma conclusión si nos tomamos la molestia de examinar con más detalle una parte de las palabras en cuestión. «Y si no haces bien, el pecado está a la puerta», es decir, serás culpable de pecado. Por lo tanto, es evidente que si alguien no hacía bien en aquellos días, ya fuera Caín o cualquier otra persona, sería culpable de pecado.

Pero ¿qué era el pecado o qué podía haber sido el pecad  en aquellos primeros tiempos? No tenemos idea de que pudiera haber sido otra cosa que lo que Moisés y todos los escritores bíblicos siempre lo han definido: una transgresión de alguna o más de las leyes de Dios.

 Pero si esta definición fuera cierta, en aquel tiempo debían existir leyes de Dios que transgredir, o Caín no habría podido pecar.//imputarsele como pecado//

Pero las palabras en cuestión nos darán nueva luz sobre este tema, si las examinamos con más detenimiento.

 «Si haces bien, no serás aceptado», es decir, recompensado; «y si no haces bien, el pecado acecha a la puerta», es decir, serás castigado; pues así el erudito obispo Cumberland, en su tratado *De legibus Patriarcharum*, traduce la frase «El pecado acecha a la puerta», p. 403, y muy acertadamente, porque en él se incluyen tanto las ideas de castigo como las de culpa, parece entonces que estas leyes de Dios, o más bien su observancia e infracción, debían ir acompañadas de recompensas y castigos, ya sea en esta vida o en una futura. Y así fue, en efecto; pues encontramos que el primer crimen cometido después de que Dios le hablara así a Caín fue castigado por su propia intervención, y que después de esto los hombres eran frecuentemente recompensados ​​y castigados de la misma manera, según hubieran obrado bien o mal. Así, el propio Caín fue castigado, como Dios le había advertido, al ser exiliado de la sociedad por el asesinato de su hermano.

Después de esto, Enoc fue recompensado, por haber caminado con Dios, es decir, (según el Targum de Oukelos, porque había guardado los preceptos que Dios le había dado a Adán) al ser llevado al Cielo.

 Noé, nuevamente, fue recompensado por Dios por la misma razón, al ser salvado en el arca con toda su familia.

El resto del mundo fue castigado al ser ahogado, porque habían quebrantado todas las leyes que provenían de Dios, «siendo todo designio de los pensamientos de sus corazones solo maldad continuamente». Todo esto ocurrió antes del diluvio.

Pero Noé llevó consigo estas mismas leyes después al Nuevo Mundo, y vemos que allí también fueron acompañadas de recompensas y castigos.

Lot fue salvado de Sodoma por la intervención especial de Dios, mientras que el resto de los habitantes de esa ciudad fueron destruidos.

 Encontrará allí de nuevo, al examinar un poco más a fondo el libro del Génesis, que existían leyes en la época patriarcal, unos cien años antes de la aparición del Decálogo, en cuyo conocimiento los hombres debían criar a sus familias para que conocieran su deber para con Dios y con los hombres, y que estas leyes también eran reconocidas y puestas en práctica como las Leyes de Dios.

 En Génesis, capítulo 18, versículo 19, se alude a un código de leyes que existía en tiempos de Abraham con tal propósito: «Porque yo lo conozco», dice Dios, «que mandará a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, practicando la justicia y el juicio, para que el Señor cumpla con Abraham lo que ha prometido».

La primera pregunta que surge aquí es:

 ¿cuál era el camino del Señor del que se acaba de hablar?

 El texto dice: «hacer justicia y juicio». Pero las palabras «hacer justicia y juicio» tienen un significado tan amplio, e implican tantos deberes, que ninguna ley podría estar redactada de manera que los comprendiera todos.

El «camino del Señor» entonces debió incluir muchas leyes, es decir, un código de leyes existente en ese entonces para el gobierno moral de la humanidad, que consistía tanto en preceptos como en prohibiciones.

 Las palabras usadas en el versículo citado también implican que provenían de Dios, pues se dice expresamente que eran el camino del Señor. Pero, ¿cuándo dio Dios las leyes que ahora consideramos?

 No en tiempos de Abraham, pues en ningún lugar se insinúa que fueran nuevas. Ni en ningún momento entre la época de Abraham y el diluvio. pues durante ese intervalo no se menciona ninguna adición a las leyes antediluvianas, sino solo un cambio en la pena de una de ellas, concretamente la del homicidio, por la cual se decretó que, desde entonces, «quien derrame la sangre del hombre, por el hombre será derramada su sangre». Debían de ser, pues, las mismas leyes a las que Dios aludió cuando habló con Caín, como se explicó recientemente; aquellas grandes leyes de moralidad que siguieron a la creación del hombre, cuyo cumplimiento acarrearía el favor de Dios y su transgresión, su desagrado.

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON* 1-7

 INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS, PATRIARCALES E HISTÓRICAS, SOBRE LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES ADQUIRIERON POR PRIMERA VEZ SU CONOCIMIENTO DE DIOS Y LA RELIGIÓN,

Y EN CUANTO A CUÁLES FUERON LAS DOCTRINAS DE LAS IGLESIAS DE ADÁN Y NOÉ, CON UN RELATO DE LA LARGA NOCHE DE IDOLATRÍA QUE SIGUIÓ Y OSCURECIÓ LA TIERRA, Y TAMBIÉN DE LOS MEDIOS DISEÑADOS POR DIOS PARA LA RECUPERACIÓN Y EXTENSIÓN DE SUS VERDADES, Y DE SU CUMPLIMIENTO FINAL POR MEDIO DE JESUCRISTO.

THOMAS CLARKSON

LONDRES

1836

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON* 1-7

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS, PATRIARCALES, ETC.

EN  DOS PARTES

PARTE I.

 Nuestra primera pregunta es: ¿cómo adquirieron los antediluvianos, o los primeros hombres, una noción verdadera de Dios, de sus deberes hacia él o de un sistema de moralidad y religión? ¿Fue este conocimiento intuitivo? ¿Lo adquirieron por la luz de la naturaleza? ¿O por la fuerza de su razonamiento? ¿O Dios mismo se lo reveló primero?

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, era necesario, absolutamente necesario, que les proporcionara información sobre diversos temas, pues no podían conocerse a sí mismos.

No podían saber cómo llegaron al mundo, ni por qué fueron puestos allí, ni cuál era su propósito, ni qué podían hacer, ni qué debían hacer, ni qué debían evitar.

 Era absolutamente necesario, por lo tanto, que Dios les diera instrucción, hasta cierto punto; pero nosotros, que juzgamos solo por las facultades limitadas que poseemos, no sabemos cómo pudo haberlo hecho, aunque en su infinita sabiduría pudo haber utilizado otros medios, a menos que primero les hubiera dado la capacidad de articular y luego un lenguaje, es decir, la capacidad de comprender ciertas palabras o sonidos como representantes de ciertas ideas.

 El erudito e inteligente Ellis, en su ensayo «Sobre el conocimiento de las verdades divinas», hace las siguientes observaciones (p. 104) sobre este tema. Dios creó al hombre como un ser inteligente, o lo dotó de la capacidad de recibir y conocer la verdad; y por lo tanto, le dio también la facultad del habla, órganos aptos para articular sonidos, y le proporcionó el lenguaje para que pudiera recibir y dar instrucción; para que las palabras, siendo signos de conceptos internos o indicadores de ideas en la mente, pudiera ser capaz primero de ser enseñado por Dios y luego de enseñar a otros o transmitir los pensamientos de su propia mente a otros.

Creo que no sería difícil demostrar, y en otras partes de esta obra intentaré hacerlo, que el primer idioma fue enseñado por Dios; o que el hombre no podría haber descubierto por sí mismo el conocimiento de fijar sonidos para significar objetos, ideas o conceptos, de modo que fueran signos de la realidad de las cosas, y representaran la realidad de las mismas, para el objeto de la operación interna en su propia mente, o hacer que otros comprendieran sus pensamientos con tanta exactitud, que la correspondencia o la más mínima discrepancia de estas representaciones invisibles de las cosas se conociera inmediatamente; o, si esto fuera posible, que debió haber sido obra de muchas eras, durante las cuales el hombre no había sido ni una criatura inteligente ni sociable, y por lo tanto, enviado al mundo sin ningún propósito; pues aunque tenía la facultad de recibir conocimiento y órganos adaptados para formar sonidos articulados, sin embargo, sin lenguaje, no podría haberlo recibido, no podría haber pensado, y sus diversos ruidos habrían sido sonidos sin significado. Porque aquel que no puede pensar, jamás podrá sustituir sonidos por cosas, ni dotar de sentido y significado a las palabras, del mismo modo que los loros no pueden, aunque produzcan sonidos articulados; puesto que no existe una conexión natural entre sonidos e ideas, y por consiguiente, el lenguaje —instrumento de la racionalidad— (ya que sin él nuestras facultades racionales serían inútiles), debe atribuirse no al hombre, sino a Dios.

Entonces, habiendo dado Dios a Adán y Eva, como hemos supuesto, un lenguaje que le facilitó la comunicación con ellos, sin duda les daría después toda la información necesaria para comprender su situación; y la primera información que les daría probablemente sería quién era él, quiénes eran ellos y qué eran, y cuál era su relación con respecto a él y entre sí.

Probablemente les diría, en primer lugar, que era Dios Todopoderoso, que había existido desde la eternidad; que había creado el mundo y a ellos mismos, y todo lo que veían en él; y que ellos, por lo tanto, siendo criaturas, le debían homenaje, reverencia y obediencia.

Esto, pues, habiendo ocurrido inmediatamente después del don del lenguaje (pues no podemos suponer otra cosa que así fue), Dios, para poner a prueba a sus recién creadas criaturas, les ordenó no comer del fruto de cierto árbol y añadió un castigo a su desobediencia.

 En aquel entonces, cuando solo existían un hombre y una mujer en el mundo, aparentemente no había otra forma de poner a prueba su virtud sino mediante alguna prohibición. Por lo tanto, Dios les dio a Adán y Eva, mediante esta prohibición, la oportunidad de demostrar si conservaban la inocencia o la imagen de Dios con la que habían sido creados.

 Parece ser que ambos transgredieron el mandato mencionado, y fue entonces cuando conocieron el pecado, o la diferencia entre el bien y el mal. Si Adán y Eva hubieran sido diseñados para vivir //solos//  sin descendencia, probablemente no habría habido motivo para ninguna otra ley prohibitiva, porque existen crímenes que no podrían haber cometido. Por ejemplo, cualquier ley contra el adulterio habría sido innecesaria, porque solo había un marido y una mujer en ese entonces.

Nuevamente, cualquier ley contra el robo habría sido inútil, porque todas las cosas que había entonces en el mundo les pertenecían

. Pero cuando comenzaron a aumentar y multiplicarse, y cuando, además, el mal moral, como acabamos de ver, ya había entrado en el mundo, y cuando la naturaleza de los hijos de Adán era diferente de la naturaleza original de su padre y su madre (los primeros, descendientes de padres que habían pecado, y los segundos, puros de las manos de Dios)  se hizo necesario que se diera una nueva luz y que se introdujeran leyes para la guía moral y religiosa de la humanidad; y era necesario que Dios mismo lo hiciera; primero, porque era el Creador y Gobernador del Universo, y por lo tanto, el ser a quien se debía obedecer; y segundo, porque nadie conocía la voluntad de Dios sino él mismo, ni qué era lo apropiado para tal propósito.

 De las paráfrasis de los más antiguos escritores judíos sobre el Pentateuco, deducimos que Dios tuvo frecuentes conversaciones con Adán, que se reveló a él como Creador y Soberano del Universo y que le dio una serie de leyes que le indicaban a él y a su posteridad lo que, como seres morales y responsables, debían hacer y lo que debían evitar.

Estas leyes fueron transmitidas por Adán a sus hijos, y, al ser memorizadas por ellos y transmitidas de igual manera por otros, fueron observadas por los fieles hasta el Diluvio.

Se puede decir, por lo tanto, que estas leyes contenían la parte preceptiva y prohibitiva del cuerpo de la divinidad de la Iglesia de Adán; y como fueron observadas después del Diluvio por Noé y sus descendientes, y estuvieron vigentes durante la memorable dispersión de la humanidad que tuvo lugar en la llanura de Sinar, y durante uno o dos siglos después, se puede decir que también constituyeron la parte preceptiva y prohibitiva del cuerpo de la divinidad de la Iglesia de Noé o del mundo patriarcal.

 Por consiguiente, nos han llegado con dos nombres diferentes. Algunos de los antiguos comentaristas judíos mencionados las llaman los estatutos de Adán, considerando que Dios se los dio a Adán; y otros las llaman los preceptos de los hijos de Noé, considerando que Noé las llevó consigo a través de las aguas del diluvio y que se las entregó a sus hijos para que las observaran, y que estos las entregaron con el mismo propósito al nuevo mundo. Nuestros teólogos, cuando hablan de ellos en general, les dan este último nombre; pero no se les conoce en las Escrituras por ninguno de estos nombres.

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON*i-xiv*

 INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS, PATRIARCALES E HISTÓRICAS, SOBRE LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES ADQUIRIERON POR PRIMERA VEZ SU CONOCIMIENTO DE DIOS Y LA RELIGIÓN,

Y EN CUANTO A CUÁLES FUERON LAS DOCTRINAS DE LAS IGLESIAS DE ADÁN Y NOÉ, CON UN RELATO DE LA LARGA NOCHE DE IDOLATRÍA QUE SIGUIÓ Y OSCURECIÓ LA TIERRA, Y TAMBIÉN DE LOS MEDIOS DISEÑADOS POR DIOS PARA LA RECUPERACIÓN Y EXTENSIÓN DE SUS VERDADES, Y DE SU CUMPLIMIENTO FINAL POR MEDIO DE JESUCRISTO.

THOMAS CLARKSON

LONDRES

1836

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON*i-xiv*

PREFACIO

 Considero oportuno, antes de presentar esta obra al público, decir unas palabras sobre su origen, y su desarrollo, así como sobre los temas que contiene.

Una noche, mientras meditaba, me vino a la mente la idea de cómo los primeros hombres obtuvieron el conocimiento de Dios y de la religión. La respuesta parecía estar al alcance de la mano: «lo obtuvieron de la Revelación, de una Revelación que Dios mismo les hizo»; pues en ese momento recordé el Decálogo.

 Pero enseguida comprendí que esta respuesta no era satisfactoria, pues este conocimiento de Dios y de sus leyes había sido dado a la segunda generación de hombres, los descendientes de Noé, mientras que la cuestión o pregunta, se refería únicamente a la primera, es decir, a Adán y sus descendientes inmediatos. Me vi obligado, pues, a reflexionar de nuevo, pero tras una larga pausa, no pude recordar ninguna palabra que Moisés presentara como pronunciada por Dios, ni a Adán, ni a Eva, ni a Caín, de la que pudieran haber inferido otro conocimiento sobre él, más allá de que era su creador, así como el creador del mundo en el que vivían, y que se encontraban obligados a obedecerle.

 Siendo así, decidí leer el Pentateuco de Moisés de principio a fin, no solo con atención sino también con espíritu crítico, sin dudar de que sería capaz de encontrar una solución satisfactoria a la cuestión.

Habiendo finalmente terminado mi tarea, descubrí que en estos libros había textos cuyo significado completo, en lecturas anteriores, había pasado por alto, y que estos textos, si se tomaban de los distintos capítulos donde se encontraban dispersos, y se reunían, arrojarían mucha luz sobre el tema.

Descubrí, de hecho, que Dios, además de haber dado a Adán y Eva el conocimiento de sí mismo como su creador, que ya se ha mencionado, también les había dado ciertas leyes o preceptos, consistentes principalmente en prohibiciones, que les servirían como reglas para su propia guía moral y la de su posteridad, de modo que los grandes principios de la moralidad, o la distinción entre el bien y el mal, les fueron dados a conocer poco después de su creación; También descubrí que ciertas doctrinas religiosas se habían mantenido desde tiempos remotos, las cuales no podían provenir de ninguna otra fuente, y que Dios había añadido a estos dones el don de una porción de su Espíritu Santo, mediante el cual los hombres podían ser advertidos y protegidos contra el mal moral, guiados hacia el camino del bien moral y enseñados espiritualmente para comprender tanto las leyes y las doctrinas ahora mencionadas.

Estas leyes y doctrinas se obtuvieron, ambas, en el mundo antediluviano, y posteriormente fueron introducidas por Noé en el mundo nuevo o patriarcal.

 Con respecto a las primeras, a saber, los laicos o preceptos, se hizo otro descubrimiento: que, en lo que respecta a ellos, eran esencialmente iguales a las leyes del Decálogo; de donde se podía inferir que los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés en el Monte Sinaí no fueron la primera Revelación que dio al hombre. Esta afirmación es ciertamente contraria a nuestras nociones generalmente aceptadas hoy en día; pero, cualesquiera que sean nuestros prejuicios al respecto, no deberíamos conservarlos si se puede demostrar plenamente que la mayoría de estas leyes o preceptos existían y se aplicaban como leyes divinas muchos cientos de años antes de que se dieran estos mandamientos.// =es decir ya como ley obligatoria para el pueblo en el Sinaí//

No queriendo seguir adelante sin más información, si pudiera obtener más luz bíblica sobre este tema, decidí consultar el libro de Job, como el único otro libro que, debido a su gran antigüedad, podía servirme.

Pero aquí se presentó un obstáculo. En los últimos años, algunos han sostenido, en contra de la opinión de nuestros antiguos y casi todos nuestros teólogos modernos, que Job vivió después de Moisés y no antes, y que había visto los escritos de este último, de los cuales probablemente copió. Por lo tanto, me vi obligado a aclarar esta cuestión en mi mente, antes de poder recopilar cualquier información nueva que me resultara satisfactoria del libro de Job. Con esto, me puse a trabajar.

Primero examiné las controversias que habían surgido sobre este punto, y después decidí leer el libro de Job, como había hecho con el Pentateuco, con toda la atención que pudiera dedicarle, y ver si no podía reunir, a partir de la evidencia interna, proporcionada por el propio libro, suficiente material para convencerme sobre este punto.

Como consecuencia de esta investigación, surgieron tres nuevos argumentos, más sólidos y decisivos sobre el punto en cuestión que cualquiera de los que había visto en estas controversias, y todos ellos tendían a demostrar que Job debió haber vivido en las épocas patriarcales, mucho antes del nacimiento de Moisés. Este descubrimiento, si no me hubiera engañado con algún razonamiento erróneo, me permitió confirmar todas las deducciones, e incluso más que todas las deducciones, que había extraído del Pentateuco en relación con las leyes y doctrinas antes mencionadas, que se decía que Dios había dado a Adán; La primera para la guía moral de él y de su posteridad, y la segunda para el ejercicio de su fe religiosa.

Ahora estaba convencido de tres cosas: primero, que los primeros hombres obtuvieron sus nociones de Dios y la religión del mismo Dios; segundo, que hubo un tiempo en que todos los hombres poseían este conocimiento, a saber, cuando vivían en la llanura de Sinar, donde «hablaban una sola lengua y vivían juntos como un solo pueblo»; y por lo tanto, tercero, que cuando las diferentes familias se separaron unas de otras en el tiempo comúnmente llamado la dispersión, llevaron consigo este conocimiento a las nuevas tierras a las que fueron

A partir de estas consideraciones, surgió una nueva pregunta, y esta, una pregunta crucial, en mi mente.

Era la siguiente: ¿qué uso hicieron estas familias, así dispersas, de este conocimiento? ¿Lo conservaron o lo perdieron? ¿En qué situación se encontraban, por ejemplo, en este sentido cuando nuestro Salvador vino al mundo?

Me pareció una pregunta muy compleja, pues no veía otra manera de responderla que intentando averiguar a qué partes del mundo habían emigrado estas familias (que luego se convirtieron en tantas naciones) y cuál era su religión al establecerse allí.

Por muy compleja que pareciera, decidí hacer todo lo posible por resolverla.

 Baste decir, que tras una investigación sumamente tediosa, difícil y laboriosa durante muchos meses, descubrí que una de estas familias, a saber, la de Cus, había abandonado el culto al verdadero Dios ya a finales del siglo II o principios del siglo III después del Diluvio, y había comenzado a adorar al Sol en su lugar, y que otras familias hicieron lo mismo después, una tras otra, en diferentes intervalos de tiempo, de modo que en tiempos de Moisés no había ni una sola (de la que se pudiera encontrar algún registro) que no hubiera caído en la idolatría, excepto los israelitas en Egipto; e incluso de estos, muchos habían sido infectados por esta enfermedad moral; de modo que si no hubiera sido por el llamado providencial de Abraham, el mundo se habría sumido en la oscuridad universal en lo que respecta al conocimiento del verdadero Dios.

Este fue el triste resultado; un resultado que, al comenzar esta investigación, no esperaba del todo; pero me vi obligado a admitirlo, porque se basaba en pruebas, casi todas tomadas de la palabra de Dios. Había respondido a mi primera pregunta, y también, en cierta medida, a la segunda, que había surgido de la primera. Por lo tanto, había hecho más de lo que inicialmente me había propuesto, y estaba a punto de concluir, cuando me di cuenta de que, debido al triste resultado que acabo de mencionar, debía profundizar un poco más en mis ideas. El llamado de Abraham en tales circunstancias y con tal propósito merecía atención; y una consideración justa del mismo, aunque breve, constituiría además un final adecuado para la obra.

 Por consiguiente, decidí comenzar con Esta nueva perspectiva del tema consistía en releer la historia de Abraham y también la de sus descendientes en relación con este acontecimiento; seguirlos hasta Egipto; detenerse a examinar su condición civil y religiosa allí; observar sus andanzas en el desierto y en la tierra prometida; visitarlos posteriormente durante su cautiverio en Babilonia; y observar cómo se comportaron tras su regreso a Jerusalén hasta la venida de Jesucristo.

Así lo hice, y al repasar lo que había hecho, resultó que varias de esas naciones, que en tiempos de Moisés se consideraban idólatras, lo eran ya en la época de Abraham, y que otras se desviaban por el mismo camino. La propia familia de Abraham no había escapado a la infección, de modo que, incluso en aquellos tiempos, la perspectiva era que la luz religiosa que todas las familias poseían cuando vivían juntas en Sinar se extinguiría progresivamente.

Por lo tanto, en este momento crítico, mientras aún quedaba un destello de la verdadera luz, Dios quiso intervenir para prevenir esta terrible calamidad, así como para llevar adelante, al mismo tiempo, algunos de sus otros designios misericordiosos para los hombres. Esto lo hizo mediante el llamado de Abraham, cuyos descendientes por línea legítima serían su pueblo elegido. Con este propósito, debían mantenerse distintos y separados del resto del mundo, mediante costumbres y ceremonias particulares. Dios también debía cuidarlos especialmente con el fin mencionado, a saber, la preservación de sus verdades, para que existiera una sola nación en la tierra que las conociera y perpetuara. Esto parece haber sido la primera parte del plan divino en esta ocasión

La segunda parece ser que en un futuro lejano, cuando esta nación hubiera sido liberada de la idolatría, Jesucristo, descendiente legítimo de Abraham, aparecería entre ellos, y no solo restauraría el conocimiento de Dios a todas las naciones de la tierra, cuyos antepasados lo habían perdido por la incredulidad, sino que lo restauraría con luz adicional, y sería también portador de un mensaje de salvación lleno de gracia a todos los que lo reciban. Este es el contenido de la primera parte de esta pequeña obra.

 Con respecto a la segunda parte, no se pensó hasta mucho después de haber escrito la primera. Su origen fue el siguiente:

Habiendo terminado el manuscrito de la primera parte, lo dejé de lado durante casi un año. Luego lo abrí para leerlo de nuevo, con la esperanza de que, después de tanto tiempo, pudiera verlo como con ojos nuevos y así, poder juzgar mejor su contenido. Tras una lectura atenta, me pareció que aún faltaba mucho para completarlo; de hecho, pensé que, para hacerle justicia al tema, no debería haberse concluido aquí. Había hechos íntimamente relacionados con él que no debían pasarse por alto. Así, por ejemplo, la venida de Cristo al mundo, según la segunda parte del plan divino que acabo de mencionar, fue considerada en el mismo Cielo como una bendición tan grande para la humanidad que Dios se dignó dar indicios del acontecimiento muchos siglos antes, así como del momento en que tendría lugar, para que existiera una expectativa general de que llegara un personaje así cuando él viniera.

Aquí se abrió un amplio campo para la exploración del tema, como por ejemplo: intentar descubrir cuáles eran esas expectativas; qué naciones las albergaban; cómo las adquirieron; y si Jesucristo, al terminar su misión en la tierra, había cumplido todos los propósitos para los que había sido enviado, de modo que pudiera decirse que él, y solo él, correspondía al carácter del personaje que se esperaba.

Por lo tanto, pensé que si se añadía una explicación de los detalles anteriores en una segunda parte, la obra se completaría. Contendría así una historia de la intervención divina en la vida de los hombres para su bienestar espiritual y de sus efectos, en una cadena ininterrumpida, desde los orígenes de Adán hasta el momento en que el cristianismo se estableció bajo Constantino como religión oficial, y, por consiguiente, sería aceptable y útil para muchos.

PLAYFORD HALL, SUFFOLK., 10 MAYO 1836

ENTRADA DESTACADA

INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS *CLARKSON* 7-17

  INVESTIGACIONES ANTEDILUVIANAS, PATRIARCALES E HISTÓRICAS, SOBRE LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES ADQUIRIERON POR PRIMERA VEZ SU CONOCIMIENTO ...