jueves, 29 de mayo de 2025

LA HIJA DEL CACIQUE

 JUAN ORTIZ

Y LA HIJA DEL CACIQUE

(Condensado de “The Everglades”)

Por Marjory Stoneman Douglas

 Cuando, el día tres de junio de 1539, Hernando de Soto tomó posesión de la estrecha faja arenosa que se extendía al este de la región pantanosa de los Everglades

Un indio le hizo saber que muy al interior había un cautivo cristiano que era español y conocedor del país. De Soto, ávido de informes directos sobre aquella tierra selvática y codicioso de sus posibles riquezas, despacho inmediatamente una expedición que no tardó en regresar con un hombre bronceado, desnudo y tatuado como un salvaje, que tenía porte y aspecto de indio.

Al principio  el hombre no acertaba a recordar su propia lengua nativa, pero poco a poco fue haciendo memoria y contó la asombrosa aventura de su vida. Se llamaba Juan Ortiz y era nacido y criado en Sevilla. Hidalgo pero pobre, había venido al Nuevo Mundo en busca de fortuna, formando parte de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en 1528.

Pero cuando Narváez y trescientos hombres que lo acompañaban no regresaron de un viaje de exploración que habían emprendido hacía el norte, Ortiz y otros sobrevivientes embarcaron para la habana. Poco después, sin embargo, unos veinticinco  españoles, entre los cuales se contaba Ortiz, volvieron a la Florida para reanudar la expedición.

Al llegar a la playa donde Narváez había desembarcado, sólo se ofrecieron a sus miradas unas cuantas chozas con techo de paja y dos o tres indios en inmóvil expectativa. Algo más  vieron, sin embargo; algo que pudiera haber dejado un  blanco__ una caña clavada en la arena y cuya punta hendida sostenía lo que en apariencia era una carta.

Juan Ortiz, pletórico de vida, valor y entusiasmo, bien parecido y seguro de su estrella, no quiso esperar a que todos desembarcaran  para apoderarse de aquella carta. Solo permitió que le acompañase otro hombre en el bote de remos. Sus compañeros intentaron disuadirle recordándole la conocida ferocidad de aquellas gentes de la  Florida. Pero nada detuvo a Juan Ortiz.

Remó hasta dejar el bote en la arena, y saltando a la playa corrió alborozado hacía la carta, con una sonrisa de satisfacción por estar pisando la tierra de aquel mundo nuevo. Pero no tardó en verse detenido por una muchedumbre de hombres altos, oscuros y tatuados , que lo agarraron con brazos tan duros y fuertes como ramas de árboles. Oyó golpes y vio como el otro español conseguía desasirse para caer a los pocos pasos muertos a palos. El barco de vela en que había llegado la expedición ponía a toda prisa proa al mar.

Juan Ortiz fue llevado a una aldea donde una multitud de gentes de piel oscura y pintarrajeada empezó a surgir de las casas sostenidas en pilotes sobre los estrechos canales. Corrieron tras él lanzando  

Gritos hostiles, hasta que llegaron a una especie de plaza cortadas en la maleza, donde varios hombres sentados en troncos rodeaban al gran jefe bronceado. El jefe, que estaba cubierto de tatuajes y cuyo rostro parecía tallado magníficamente en un trozo de madera curtida a la intemperie, permaneció inmóvil mientras llevaban al cautivo a su presencia.

El joven español miró lentamente en derredor, un tanto aminorada la fiereza de sus ojos por la actitud extraña y amenazadora de las gentes; a ambos lados tenía grupos de hombres adustos y silenciosos; detrás atisbaban murmurando las mujeres_-viejas de caras amarillentas y marchitas, hermosas madres con sus hijos en brazos, doncellas gentiles de  piel suave y grandes ojos tímidos. La multitud estaba ahora inmóvil y silenciosa, atenta a la deliberación del consejo, una serie alternada de murmullos y silencios. El calor era asfixiante y el sol deslumbrador; la piel de Juan Ortiz ardía bajo la gruesa ropa de España y un sudor frío le corría por la espalda. Oía el zumbido de las moscas   

En el denso  silencio. De pronto vio que el  jefe ponía fin a la sesión con un simple movimiento de la mano.

Ortiz pasó la noche amarrado en una choza y al amanecer vinieron unos hombres que lo condujeron por la arena pisoteada hasta un lugar donde había clavados en el suelo sobre viejas cenizas  unos postes bajos. Mientras la bronceada muchedumbre lo contemplaba, le arrancaron la ropa hasta dejarlo desnudo, con el blanco cuerpo luciendo extrañamente al sol. Lo extendieron sobre una especie de parrilla hecha con leños a la cual lo ataron con correas, imposibilitado todo movimiento. Aplicaron  un palo encendido y Juan Ortiz oyó el chisporroteo de la leña que tenía debajo, sintió taladrante dolor de quemaduras en la espalda, y lanzó un grito angustioso, grito de protesta que le arrancaba aquella muerte espantosa__! Madre de Dios¡

Pero de  pronto empezaron a separar  los ardientes leños y alguien cortó las ligaduras de cuero que le inmovilizaban pies y manos.  Lo pusieron rudamente en pie y avanzó a empellones, vacilante, cegado por el sol y la angustia,  hasta llegarse de nuevo ante los hombres del consejo. Vio vagamente a una de las muchachas que le habían parecido gentiles, en pie ante los jueces, hablándoles animadamente. Era bronceada y dulce, iba desnuda de cintura arriba y la falda de hierba le llegaba a las bien formadas rodillas. Pendían de su cuello brillantes adornos y hacía un gracioso movimiento al echar hacía atrás la larga cabellera negra.

Luego el jefe levantó la cabeza para mirar al cautivo, _ así como éste  último recordaba haber visto a los negreros españoles mirar al indio que les ofrecían en venta.._ A una señal de asentimiento que hizo el jefe, los hombres se llevaron a Juan Ortiz, atormentado por el dolor de sus quemaduras pero sabedor de que no iba a morir, de que la muchacha le había salvado la vida. Más adelante sabría que tanto ella como otras mujeres  habrían creído que era demasiado joven y hermoso para perecer, y que la muchacha había convencido a su padre, el jefe Ucita, de que él y la tribu podían enorgullecerse de tener un cautivo blanco.

Algunas mujeres de edad cuidaron de él en una de las chozas con techo de hojas_-poniéndole  emplastos  en la espalda y llevándole agua y comida_ Hasta que Juan Ortiz  volvió a tenerse en pie, lleno de ánimo y esperanza, agradecido de poder respirar el aire puro a plenos pulmones. Aprendió a saborear la comida india, a no usar otra ropa que un taparrabo, y se le bronceó el cuerpo por la constante exposición al sol.  Aprendió palabras indias y las artes de pescar con arpón y red ; trabajó con las mujeres haciendo vasijas, raspando pieles, cortando leña y transportando agua constantemente. La muchacha que lo había salvado le dirigía dulces miradas y tal vez se deslizase alguna noche en su cabaña para consolarlo amorosamente, lo cual no se consideraba impropio que hiciesen las muchachas indias antes del matrimonio.

Pero al cabo de algún tiempo no bastó que ayudase a las mujeres en sus tareas. Juan Ortiz fue conducido cierto día lejos de la la aldea a un lugar situado en el corazón de la selva donde había troncos apilados en tosca imitación de túmulos. Era allí donde aquellas gentes exponían  a sus muertos. Bajo una pila reciente de troncos pequeños yacía el cadáver de un niño, hijo de uno de los jefes. El cuerpecillo había de ser guardado durante cuatro días con sus noches contra las bestias feroces.

Juan Ortiz debía cuidar de la hoguera encendida al pie del túmulo, sentose junto al fuego, pensando en la casa de su padre y en las animadas calles de Sevilla. Arriba entre los árboles, oyó  chillidos trémulos y voces que ululaban. Poco a poco, sin darse cuenta, se fue quedando dormido.

Al despertar oyó algo que  se arrastraba furtivamente entre la maleza. Más allá de los rescoldos de la hoguera unos ojos verdes lo miraron y desaparecieron.

Con el corazón palpitante corrió en aquella dirección y arrojó su lanza entre los arbustos. Luego escuchó atentamente, pero no volvió a oír nada. La oscuridad se hizo más densa en derredor suyo  se volvió a cuidar el fuego, encomendándose al cielo A la primera claridad del día fue a examinar la pequeña pila de troncos y vió que estaban separados como por una fuerte garra. ¡El cuerpo del niño había desaparecido¡  El relente matinal no estaba más frio que la piel de Juan Ortiz.     Aquello suponía su condena a muerte.No tardaron en llegar los hombres de la tribu y, entre ellos, el padre del niño, que le lanzó una mirada de odio. Las viejas cicatrices de la espalda le dolían cuando les explicó lo ocurrido. Algunos hombres corrieron hacia donde les indicó mientras otros empezaron a amarrarle las muñecas. En esto sonó un grito. Los que habían corrido volvían triunfantes trayendo en alto el cuerpo del  niño y arrastrando un enorme lobo que tenía clavada en la garganta la lanza

De Juan Ortiz. Este pensó que nunca había asestado una lanzada con tanta fortuna.

Los tres años que siguieron a aquel suceso fueron bastante buenos para  Juan Ortiz, pues gozó de la protección del jefe Ucita e hizo la vida que correspondía a un guerrero indio, sujetándose la larga cabellera con flechas, afeitándose la barba con afiladas conchas de mariscos y hasta dejándose  tatuar y ser iniciado en un clan.

Los indios respetaban a todo el que supiese mostrar su hombría entre ellos, y el ex cautivo tomó parte en las fiestas de la tribu, corriendo y riendo en torno a la hoguera con sus nuevos iguales.

Entonces sobrevino por el noroeste un ataque incontenible de otro  jefe indio, llamado Mococo que incendió el poblado de Ucita y algunas de sus gentes se escaparon al sur.

Ucita creyó a pie juntillas lo que el sacerdote de la tribu le dijo en secreto: su desgracia y la de los suyos era debida al hombre blanco.

Aquella noche, cuando Juan Ortiz dormía, la muchacha que lo había salvado, la hija del jefe, se deslizó en la choza y le susurró al oído que su padre tenía la intención de hacerlo matar en las ceremonias de expiación del siguiente día, para que cambiase la suerte de su pueblo.

La joven le aconsejo que se levantase inmediatamente y corriera a presentarse al victorioso Mococo. Se ha dicho por algunos que la joven huyó con Ortiz a pesar de  estar prometida en matrimonio a un joven jefe. Pero la leyenda original dice que solamente fue en su compañía hasta medio camino para enseñarle el sendero que había de seguir.

Ortiz llegó por la mañana a un río donde estaban pescando dos de los hombres de Mococo, cuando les dirigió la palabra, echaron a correr dando la voz de alarma a los guerreros que le hubieran dado muerte si alguien no hubiese comprendido sus gritos en demandes de auxilio. A poco se presentó el mismo Mococo, curioso por ver al cristiano que venía a el del campo enemigo. Recibiolo con generosidad. Ortiz prometió servir lealmente al gran jefe y éste , en cambio, le dio palabra de que , si llegaba a la costa algún navío con cristianos, quedaría en libertad de irse con ellos.

Así fue como un mensajero indio pudo hablar a de Soto del cautivo español, y como Mococo, fiel a su palabra, permitió a Ortiz unirse a sus compatriotas. 

También fue así como esta dramática historia de Juan Ortiz y su salvación por la hija de un jefe indio fue incluida en la clara y auténtica historia de la expedición de De Soto por un caballero portugués, vecino de la ciudad de Elvas, que la oyó al mismo Juan Ortiz, y la escribió y publicó en Portugal el año de 1557.

La narración del caballero de Elvas fue traducida al inglés y publicada en Londres a principios del siglo diecisiete. Poco después el capitán John Smith publicó la historia de su romántica salvación por Pocahontas en la segunda versión de sus aventuras de 1607


¡QUÉ FORTUNA!

 Roberto  Stein se encontró un tesoro, como quien dice, debajo de los pies

¡CARACOLES! ¡QUÉ FORTUNA!

Curt Riess            Condensado de «Ost-West-Kurier,» de Francfort, Alemania

EL NEGOCIO arrancó del recuerdo de una conversación casi olvidada.

Roberto Stein, propietario de una ,cadena de madererías en Alemania y uno de los hombres más ricos del país, había vendido en 1938 sus propiedades alemanas y establecido con igual éxito en Checoslovaquia otro negocio de maderas. Stein residía en la ciudad de Sternberg y, aunque ra­dicalmente opuesto a Hitler, durante la Segunda Guerra Mundial ocu­po en sus madererías a unos 2000 «trabajadores esclavos,» esto es, pri­sioneros de guerra (en la esperanza de poderles aliviar su servidumbre). Habiéndole pedido algunos de sus obreros franceses que es permitiera cultivar huertos en terrenos de la compañía, Stein de buen grado accedió.

Un día, Herr Stein inspeccionó los huer- os y quedó grande­nente sorprendido de verlos llenos de dien­te de león. Una ob­servación más atenta e reveló que había cacoles por todas partes.

—Su huerto no parece presentar muy buena cara —advirtió Stein al cultivador, un francés de apellido Duval.

El francés sonrió.

Mis caracoles están engordando, patrón. Los estamos criando para co­merlos.

Stein no pudo reprimir un gesto de repugnancia; y Duval a su vez le miró asombrado ...

—¿Con que no sabe usted lo bue­nos que son los caracoles, patrón? Se deben comer con un tenedorcito de plata entre sorbo y sorbo de vino añejo. Unicamente los ricos los co­men allá en mi tierra, por tratarse de un raro manjar.

Stein se encogió de hombros indiferente y se alejó. Tal fue aque­lla conversación semiolvidada.

TERMINADA la guerra, los rusos se ins­talaron en Sternberg. La fábrica maderera de Stein quedó con­vertida en campo de concentración, y el propio Stein, por ser alemán, fue uno de

 los primeros confinados. Cuando, en julio de 1946, se le puso en libertad y se le envió a un campo de per­sonas desalojadas en las cercanías de Lauingen, Baviera, Stein era ya sexagenario y no poseía más que los andrajos que le colgaban de los hombros.

Quienes lo conocían no tardaron en admirar la filosófica aceptación que mostraba por su presente modo de vivir. Stein se había convertido en un rebuscador de hongos. Diaria­mente salía a recorrer el bosque; y volvía con una cesta llena de las picantes setas silvestres de la región, las cuales vendía en el pueblo. Era un pobre modo de vivir, pero con él iba tirando.

Un día, mientras buscaba setas, Stein por poco pisa un caracol Este animalejo le hizo acordarse de algo ... ¿De qué? ¡Ah, de aquel francés, Duval, que le había dicho que los caracoles eran en Francia bocado selecto! En estos bosques se veían por centenares.

Stein pidió prestada una enciclopedía para ver qué decía de los caracoles. Volvió al bosque con su cesta, mas esta vez no fueron hongos sino caracoles lo que recogió. De vuelta en la fonda, los empaquetó vi vos y los facturó a París, a Duval.

Milagro que Duval recibiese los caracoles vivos, porque el empaquetarlos es faena muy especializada. Duval escribió sin demora para dar  las gracias por el envío a su antiguo patrón e informarle que los moluscos remitidos eran de primera clase. Añadía que, habiendo vuelto a su antiguo oficio, estaba de cocinero en un pequeño restaurante de lujo; y que el restaurante pagaría muy buenos pre­cios por caracoles de tal calidad.

Con esto, Stein se aplicó a leer cuanto halló a mano respecto a los caracoles; y desde luego, todas las semanas facturaba una remesa de moluscos para Duval. Con el tiempo estableció un criadero de caraco­les en una pequeña parcela que to­mó en arrendamiento. Construyó allí corrales de tela de alambre, don­de alimentó y observó a sus animali­llos cuidadosamente. Al propio tiem­po, los restaurantes franceses iban remitiendo pagos de bastante consi­deración a Stein.

Un día Fritz Odoerfer, banquero de Lauingen, al anunciar a Stein que le había llegado dinero de Fran­cia, le manifestó su curiosidad acer­ca de los caracoles.

—Da la casualidad que sé bastante sobre esos moluscos y desearía
ob tener un préstamo. Conozco las condiciones en que mejor viven, y donde  prefieren poner sus huevos. Sé que hay, que protegerlos contra el calor excesivo, y que en el otoño hay que echarles cama de musgo
y una enorme cantidad de comída para que puedan sobrevivir a su
invernada. Los caracoles tienen muchos enemigos naturales: tordos,cuervos, erizos, topos, tejones. Si no fuese por estos enemigos, se multiplicarían más rápidamente que los
conejos. El macho y la hembra se aparean dentro de los seis u ocho
días de colocarlos )untos, y la hembra pone de 60 a 70 huevos. Los caracolitos nacen a las tres semanas de incubación
y, si están adecuadamen­te protegidos, crecen con extraordinaria rapidez y con una mortalidad relativamente baja. Tengo la segu­ridad de que se puede ganar mucho dinero exportando caracoles.

Odoerfer sabía que Stein era un hombre de negocios que había de­sarrollado en mejores días proyec­tos audaces. Escuchó atentamente. Aquello significaría una nueva in­dustria para Lauingen. Además, pro­porcionaría divisas, tan necesitadas por Alemania.

Al día siguiente, Odoerfer presen­tó la proposición de Stein al consejo directivo del banco. Se mostró tan convencido de la idea que el présta­mo se concedió.

Seguidamente, Stein acudió a En­driss, el alcalde de Lauingen, con una propuesta sorprendente: desea­ba arrendar los bosques del pueblo para criar sus moluscos. El alcalde le oyó con interés porque a causa de la guerra la población de Lauin­gen, de 5500 habitantes, había au­mentado en 1700 refugiados. Tal vez en la industria de los caracoles se podrían colocar algunos de ellos. Se le dieron en arrendamiento a Stein cinco hectáreas de bosque co­munal.

Centenares de individuos (mu­chos de ellos antiguos abogados, mé­dicos, maestros, periodistas) acudie­ron a recoger caracoles.

Entretanto Stein, habiendo descu­bierto que en Alemania Occidental existían otros bosques donde los ca­racoles prevalecían, distribuyó milla­res de carteles y prospectos, en los cuales explicaba cuán fácil era reco­ger caracoles, y que su crianza no presentaba dificultades. Ofrecíase a comprar todos los caracoles que se le enviasen y a proporcionar a quien lo deseara materiales de envase y cualquier licencia o autorización ne­cesaria.

Cuando los esperanzados busca­dores se dieron cuenta de que a los caracoles hay que tratarlos con ex­tremo cuidado (una pequeña rajdura, por ejemplo, los inutiliza pa­ra la venta), algunos abandonaron pronto la empresa. Mas Stein persis­tió, ideando nuevos modos de inte­resar a los trabajadores. Actualmente sostiene el increíble número de 7500 agencias que reciben caracoles de re­cogedores y criadores y los embar­can para los centros de distribución establecidos cerca de la frontera fran­cesa. No trascurren más de siete días entre la recogida de los caracoles y su entrega al consumidor.

Para 1950, Stein exportaba cara­coles a Francia, Bélgica y Suiza, por importe de 220.000 marcos al año. En 1955, la cifra había alcanzado unos 800.000 marcos. Stein es hoy el criador de caracoles más fuerte del mundo. Se calcula que su empresa ha proporcionado trabajo a más de 40.000 personas.

En la actualidad, negociantes in­gleses, italianos, españoles, y hasta egipcios, van a Lauingen para ins­truirse en la cría del caracol. La idea de comer caracoles ya no le repugna a Stein. Es más, ahora le gustan de veras.

miércoles, 28 de mayo de 2025

CRUZADA CONTRA LOS ALBIGENSES *SIMONDE DE SISMONDI* 135-141

HISTORIA DE LA CRUZADA CONTRA LOS ALBIGENSES

POR SIMONDE DE SISMONDI

135-141

LONDRES

 1826

CAP. IV.

Cruzada de los franceses contra los albigenses, desde la muerte de Simón de Montfort hasta la de Luis VIII, 1218-1226.

La muerte de Simón de Montfort marca una de esas épocas, no pocas en la historia, en las que todos los historiadores nos abandonan a la vez; aunque los acontecimientos en sí mismos continúan su curso, resulta muy difícil mostrar su conexión.

La curiosidad, es cierto, debería disminuir al mismo tiempo; pues cuando todos los escritores, como de común acuerdo, dejan la pluma, la razón debe ser que la fatiga o el agotamiento han reducido a las naciones, si no a un estancamiento absoluto, al menos a un estado de languidez, en el que nada excita la mente.

 El reinado de Felipe Augusto fue, en lo que respecta a Francia, más fértil en historiadores que el de cualquiera de sus predecesores. Pero Rigord, el primero de ellos, no continúa su relato más allá del año 1209. Guillermo Armórico, capellán del rey y quizás el mejor escritor de la época, termina su crónica en 1219. Sin embargo, sobrevivió a Felipe, y en el poema que también escribió en honor del mismo rey, relata su muerte y sus exequias.

 La historia de los albigenses de Pedro de Vaux-Cernay termina en 1218, con la muerte de Montfort; la del autor anónimo de Toulouse, en 1219; y la historia oriental de Jaime de Vitry concluye en 1220, poco después de la toma de Damieta; de modo que, en todos sus aspectos, parecía haber caído el telón sobre ese gran drama político que había atraído la atención de Europa. 1217-1221. La quinta cruzada, comandada por el Concilio de Letrán, constituyó, durante varios años, el tema de mayor interés para la cristiandad; por un lado, atrajo a toda una multitud de caballeros y soldados, acostumbrados a subsistir ya sea por su salario o por el pillaje, a buscar la intensa excitación de la guerra y a considerar la seguridad y el reposo como un estado de sufrimiento; por otro lado, proporcionó cierto respiro al conde de Toulouse. La devoción guerrera de los franceses había retomado su rumbo inicial hacia el este, y los esfuerzos del obispo Fouquet por incitar a nuevos fanáticos a la masacre de los albigenses quedaron casi sin efecto.

1218. El descenso de los cruzados a Egipto fue seguido por más de un año de sangrientos combates, en los que los musulmanes obtuvieron, a pesar de su tenaz resistencia, tan poco éxito que ofrecieron entregar Jerusalén a los cristianos, siempre que aceptaran evacuar Egipto. El orgullo del legado Pelagio, cardenal de Albano, quien se había comprometido a liderar el ejército, lo llevó a rechazar estas proposiciones. Creyó haber logrado una valiosa adquisición cuando, el 5 de noviembre de 1219, su ejército entró en Damieta, en cuyas murallas ya no se veían defensores.

 Los sacerdotes, que acompañaban a los soldados de la cruz, escribieron triunfantes a toda la cristiandad que ochenta mil musulmanes habían perecido en la ciudad; que solo quedaban tres mil habitantes cuando tomaron posesión de ella. y que, con la excepción de trescientos, a quienes habían reservado para el rescate de algunos prisioneros cristianos, estos mismos cautivos habían fallecido. 9

1220-1221. Sin embargo, si la captura de Damieta entregó incalculables tesoros a la codicia de los cristianos, los cuerpos insepultos, que llenaban todas las casas, pronto comunicaron a sus soldados una terrible peste.

Este brillante ejército se desvaneció rápidamente por la mortalidad y la deserción. Juan de Brienne, indignado por la insolencia de los legados, que se habían atrevido a excomulgarlo, abandonó Egipto para regresar a San Juan de Acre; y al mismo tiempo, un gran número de cruzados partió hacia Europa.

El relacionado Pelagio, insensatamente, aprovechó ese momento para dirigir al resto del ejército al asedio de El Cairo, y obligó al rey de Jerusalén a unirse a él allí. Las comunicaciones del ejército cristiano con Damieta se cortaron pronto; todos los diques del Nilo fueron derribados durante la inundación, y los cristianos, sin provisiones y con el agua hasta la cintura, agradecieron la generosidad de Malek-el-Kamel por una capitulación, por la cual rindieron Damieta el 30 de agosto de 1221 y abandonaron Egipto. 1 1218-1219. Esta cruzada, para la recuperación de Tierra Santa, al brindar un respiro al conde de Toulouse, le permitió establecerse en el gobierno de las provincias que había recuperado. El joven conde Raimundo VII, que se había unido a su padre, fue recibido en Agenois con las más entusiastas expresiones de alegría, y posteriormente recorrió la mayor parte de Quercy y Rovergue. En noviembre de 1218, también visitó la ciudad de Nimes. Al mismo tiempo, el conde Amaury de Montfort se esforzó al máximo por conservar las conquistas de su padre. Se hizo reconocer, entre otros lugares, por Albi, ciudad que había dado nombre a estas guerras religiosas y que, sin embargo, solo había tenido una pequeña participación en ellas. *9 Bernardi Thesaur. cap. cc, p. 837. Matt. Par. p. 259. Jacobi de Vitriaco,

lib. iii, p. 1141. Raynaldi Annul. Eccles. 12197 § xv, p. 29*

1 Bernardi Thesaur. cap. ccvi, p. 843. Matt. Par. p. 264. Raynaldi

Annal. Eccles. 1220, § l\,p. 309 ; 1221, § x, p. 311.

2 Hist. Ghi. de Languedoc, liv. xxm, ch xxxv, p. 397.

La corte de Roma no vio, sin pesar, la destrucción de aquella obra que Inocencio III había realizado a tan gran costo. Honorius III tomó al conde Amaury bajo su más activa protección y, para consolidarlo en sus conquistas, desvió a su favor la mitad del vigésimo que se había impuesto, en nombre de la cruzada, al clero de Francia.3 1219. El príncipe Luis, hijo de Felipe Augusto, no cedió al fanatismo ni al odio contra los herejes ante ninguno de los monjes súbditos de su padre. Asumió con gusto la nueva expedición contra los albigenses, a la que estaba destinado el vigésimo. Pedro Mauclerc, duque de Bretaña, conde de San Pablo, otros treinta condes franceses, más de veinte obispos y seiscientos caballeros tomaron la cruz para seguirlo, acompañados por diez mil arqueros. Con estas fuerzas, Luis se unió al conde Amaury. de Montfort, ante el castillo de Marmande que estaba sitiando, y cuya defensa fue realizada por el conde Centulle d'Astarrac. 4 El viejo conde Raimundo VI había tirado todos los preocupaciones de la guerra y el gobierno sobre su hijo, Raymond VII. Desgastado por el dolor y debilitado Por superstición, temía, al resistirse a la Iglesia, someterse a anatemas aún más terribles que los que había padecido durante tanto tiempo. Sin embargo, los dos condes de Toulouse se habían esforzado en vano por inducir a Felipe Augusto y a su hijo a abandonar el apoyo a Montfort y a aceptarlos como feudatarios, quienes también eran sus parientes cercanos y fieles vasallos. Quizás fue para dejar la puerta abierta a estas negociaciones que Raimundo VII no quiso, en primera instancia, acudir en ayuda del castillo de Marmande. Prefirió sacar de sus apuros al conde de Foix, Raimundo Roger, quien estaba asediado en Basiege por dos de los lugartenientes de Amaury. Raimundo VII, tras unirse al conde de Foix, atacó a sus enemigos en connivencia con él y obtuvo una victoria que se atribuyó a su valor personal. En esta victoria de Basiege, los principales oficiales de Amaury permanecieron prisioneros suyos.

** 3 Epistolce Honorii III, in Duchesne Scr. torn. v. p. 854, 855. Raynaldi

Aimal. 1218, * 54, 55, p. 286.

4 Guil. de Podio, cap. xxxii, p. 6S5. Historia de los faicts de Tolosa, p.

9S, seq. Guil. Armoricus, p. 113. Philippidos, lib. xii, p. 276. Chronicon Turonense**

apud Martene collcctio amplissima, torn, v, p. 106. Chronic. Guil. de

Sangis, p. 507.

5 Historia de los /aids de Tolosa, p. 96. Hist. Gtn, de Languedoc, liv.

xxiii ch. xli, p. 310.

Pero, mientras Raimundo vencía a los cruzados en Basiege, Luis y Amaury presionaban en el asedio de Marmande. Asaltaron este lugar, con lo cual se apoderaron de las obras exteriores, lo que indujo a los sitiados a rendirse si se les perdonaba la vida y el equipaje. «Os recibiré con clemencia», dijo Luis, «y os permitiré marcharos, llevándoos solo vuestros cuerpos». Los sitiados aceptaron estas condiciones y se presentaron inmediatamente en la tienda del hijo del rey para saludarlo y rendirse a él.

 Cuando el obispo de Saintes vio al conde de Asitarrac y a sus caballeros entrar en la tienda de Luis, le dijo: «Señor, le aconsejo que mate y queme inmediatamente a toda esta gente como herejes y apóstatas, y que no quede ninguno con vida, y que no haga nada más ni menos a los de la ciudad».

Sin embargo, el conde de San Pablo y el duque de Bretaña protestaron contra este intento del hombre de Dios, en su santo celo, de hacer que el hijo del rey de Francia faltara a su palabra.

El arzobispo de Auch añadió que estos prisioneros y los habitantes de Marmande no eran herejes en absoluto, como tampoco lo era el conde Raimundo, y que la Iglesia lo trataba con mucha dureza al no recibirlo con clemencia cuando se sometió a su voluntad.

 Les recordó, además, que un gran número de altos barones y caballeros estaban prisioneros en Toulouse, y que al violar una capitulación que habían jurado, los exponían a terribles represalias. «Señores», dijo el príncipe Luis, «no quiero insultar a la Iglesia, pero tampoco debo perjudicar al joven conde ni a su gente». Entonces permitió que el capitán Centulle d'Astarrac, que había estado al mando en Marmande, lo acompañara como gendarmes adonde lo considerara oportuno.

ENTRADA DESTACADA

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