domingo, 10 de mayo de 2026

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL

POR FEDERICO C. GLASS

EL MENSAJERO VALDENSE

ROSARIO-URUGUAY

15 DE MARZO DE 1932

UNA GRAN LIBERACIÓN

Por regla general los curas de la América del Sur tienen pocos escrúpulos en cuanto a los métodos que emplean para impedir que la Biblia llegue al pueblo. Es cuestión de vida o muerte para ellos, pues su influencia y autoridad y la capacidad lucrativa de sus mercancías eclesiásticas, dependen de su habilidad en guardar a la gente en absoluta ignorancia de las enseñanzas apostólicas; por lo tanto, es preciso exterminar la Biblia, cueste lo que cueste, y con este fin, les anuncian que dicho libro es fuente de todas las herejías. Hay pocas cosas que el cura sepa hacer con tanta habilidad como descubrir el paradero de las Biblias, y para esto sus instrumentos favoritos son el confesionario y los niños. Por métodos honrados y deshonrados, arrebata los libros del pueblo, Palabra de Dios son quemados y de vez en cuando se celebra un auto de fe en el cual muchos ejemplares de la Palabra de Dios, son quemados públicamente con execraciones y maldiciones. Si no queman también a los creyentes, es únicamente porque las leyes del país no lo permiten.

Todavía tienen a su disposición al asesino alquilado, y de vez en cuando se valen de él para hacer cerrar la boca al colportor o evangelista. Casi todos los ataques mortíferos que se han hecho a los predicadores y creyentes evangélicos en el Brasil, han tenido su origen en los curas. Esto es bien conocido, y podría citar muchos casos que han ocurrido en diferentes partes del país.

Con pocas excepciones, evitan una controversia o discusión pública, mayormente si saben que la gente tiene Biblias.

En un .sitio donde me quedé por varios meses y donde muchas personas fueron convertidas, el cura, cuando venía al pueblo, solía tronar en contra de mí, desde su púlpito, procurando de una manera sensacional, difamarme a mí y a los libros que repartía.

Esto continuó por algún tiempo, hasta que por fin le escribí una carta diciéndole que habían llegado a mis oídos los ataques que él me lanzába desde su puesto privilegiado, donde yo no le podía contestar, y pidiendo que los repitiera, si se atrevía, en cualquier lugar donde yo pudiera estar presente, para refutar sus acusaciones, para lo cual estaba bien preparado.

 También lo cité a una discusión pública en la plaza del pueblo, dejándole a él la elección del asunto o doctrina que se había de debatir, con la condición de que la Biblia “aprobada” por la Iglesia Romana, fuese empleada como base de la misma.

Para poner más énfasis en el asunto escribí una copia de mi desafío en letra, clara, y la clavé en una puerta en el centro del pueblo, para que todos la vieran, y esto, desde luego, despertó un gran interés entre los habitantes.

Al rayar el alba, al día siguiente, vi al cura escabullirse del pueblo después de haber amenazado con toda clase de terrores futuros, incluso una visita de su obispo. Nunca le volví a ver, pero poco después supe que había caído enfermo de viruela mientras celebraba misa en un pueblo vecino, siendo el primer caso de esta enfermedad que se había conocido en el Estado de Goyaz, y luego desapareció de aquella parte del Brasil.

En otra ocasión, cuando acompañado de dos compañeros entré en la pequeña villa de San Francisco, hallamos que casi todo el pueblo nos demostraba hostilidad, — una experiencia bastante rara.

Era evidente que el cura local había recibido noticias de nuestro trabajo bíblico en otras poblaciones que habíamos visitado en nuestro viaje a través del país y que había de tal manera envenenado las mentes de la gente que nos cerraron las puertas en la cara, sin dejarnos ocasión de hablar. Otros huían al vernos, y otros nos amenazaban abiertamente con palos y piedras.

Visitamos al cura, el cual nos recibió con indiferencia, y evitando la discusión, nada dijo en contra de nuestros libros. En todo el trabajo de aquella tarde, sólo vendimos dos o tres Testamentos y media docena de Evangelios.

Cansados y algo desalentados, nos retiramos a dormir en una choza tosca de barro, a unos dos kilómetros del pueblo, siendo éste el mejor hospedaje que pudimos conseguir.

Eran cerca de las once de la noche, y acabábamos de empaquetar nuestros libros y efectos para poder emprender la marcha al pueblo próximo, temprano, por la mañana, cuando fuimos sorprendidos al oír un fuerte golpe en la puerta.

 Al abrirla, un joven entró con la cara pálida, agitado y sin aliento, al parecer, por haber corrido mucho.

.—¿Tienen fusiles? — exclamó.

—¡ Fusiles! — respondimos, atónitos. —No, nunca llevamos tales cosas. ¿Por qué pregunta eso?

Porque el cura, — dijo, — ha reunido un grupo de los peores sujetos del pueblo los ha llenado de aguardiente, y ahora están en camino para acá, para asesinaros. Como este lugar pertenece a mi padre, creí que debía intentar vuestra protección, pero si no tienen fusiles, no hay esperanza. Con estas palabras desapareció.

Nos miramos unos a los otros y escuchamos. Todo estaba quieto, no se percibía ningún sonido y había, una luna hermosa. Con todo, no podíamos dudar del hecho por el semblante de aquel joven; de manera que nos arrodillamos y nos encomendamos al cuidado de Aquel que puede librar.

Antes de levantarnos, ya oíamos el sonido horrible de la turba que se acercaba y que parecían más bien demonios que seres humanos. Cerramos las puertas y ventanillas y nos echamos en nuestras hamacas. Todavía el camino estaba abierto delante de nosotros en una dirección; podíamos haber escapado, pero quedarían todos esos libros, —- los libros de Dios, — además de las sillas de montar y otros efectos. ¿Debíamos escapar y dejar que todo esto se destruyera? No, no podíamos tolerar la idea: habría sido demasiado claramente una confesión de derrota.

El ruido acrecentaba, ya podíamos oír lo que nuestros agresores decían. Muerte respiraban sus corazones, y eso con la aprobación eclesiástica. Mientras los primeros golpes caían sobre nuestra frágil puerta y ventanillas, cerramos los ojos y esperamos lo inevitable. En pocos momentos, pensé, todo habrá terminado. Con todo, no sentí ninguna gran perturbación ni miedo: Dios, con su gracia, me proveyó del valor que necesitaba.

Cuando ya parecía que habíamos de ser muertos, oímos como una contrademostración afuera y una discusión vehemente se armaba.

En el último momento nuestro joven amigo había regresado con un revólver y después de altercar vanamente con los que deseaban ser asesinos, exclamó: ‘ ‘ Para entrar, habéis de pasar sobre mi cadáver”, y levantando el brazo dirigió su arma a la cabeza del caudillo, el cual puso pies en polvorosa sin demora.

Otro joven que esgrimía una navaja, de un salto se echó tras de su jefe, y ante el valor (?) de estos dos, la turba vaciló y se deshizo en desorden, regresando al pueblo y nosotros estábamos salvos.

Entonces oímos golpes en la puerta y voces que exclamaban¡ Abran la, puerta! ¡Abran! ¡Todo está bien! ¡Ya estáis seguros!

Al abrir la puerta vimos, a la luz de la luna, un grupo de jóvenes muy excitados y sorprendidos: “¿Qué quiere decir todo esto ? ’ ’, exclamó uno. ‘ ‘ ¿ Por qué está tan furioso el cura? ¿Qué hay en esos libros, que le ha hecho rabiar tanto?”

Entonces, encendiendo una vela, uno de nosotros tomó un Nuevo Testamento v sencillamente leyó varios pasajes del precioso Mensaje, mientras escuchaban atónitos.

No veo nada malo en eso, dijo uno.

—Yo quisiera uno de estos libros, dijo otro. Así se llevaron, entre ellos, una media docena de Testamentos, y nosotros nos retiramos a descansar, cansados, pero muy agradecidos a Dios.

Dentro de media hora, mis compañeros ya estaban bien dormidos, pero yo me hallaba desvelado e inquieto, y justamente a la media noche oí de nuevo aquel horrible ruido. El enojado cura había dado al pueblo más alcohol y les había enviado de nuevo.

Pero de nuevo el Señor nos protegió. Hicieron tanto ruido, que al llegar a nuestra choza, ya se había reunido un buen número de hombres dispuestos a ponerse de nuestra parte, y después de una guerra de palabras, los rufianes cedieron y volvieron por segunda vez por el camino en que habían venido.

A las tres de la madrugada nos levantamos, cogimos nuestros animales, y en una hora los teníamos todos ensillados, cargados y nos márchamos, justamente a tiempo, según supimos después, para evitar el tercer ataque.

De manera que, sin levantar un dedo en nuestra propia defensa, el Señor nos salvó tres veces en aquella noche memorable.

(De “El Testigo”, febrero 1932.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

ENTRADA DESTACADA

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL POR FEDERICO C. GLASS EL MENSAJERO VALDENSE ROSARIO-URUGUAY 15 DE MARZO DE 1932 UNA GRAN LI...