viernes, 4 de septiembre de 2026

CETRO DE JUDÁ Y NACIONES *ALLEN* 1-8

  OBSEQUIO DE LA SRA. F. W. KELSEY

EL CETRO DE JUDÁ

Y EL DERECHO DE NACIMIENTO DE JOSÉ UN ANÁLISIS DE LAS PROFECÍAS DE LAS ESCRITURAS CON RESPECTO A LA FAMILIA REAL DE JUDÁ Y LAS NUMEROSAS NACIONES DE ISRAEL.

J. ALLEN

BOSTON MASS.

1917

BIBLIOTECA UNIVERSIDAD DE ILLINOIS

CETRO DE JUDA Y NACIONES *ALLEN* 1-8

PREFACIO.

 Debido a nuestra vinculación con cierta escuela de pensamiento cristiano, en un tiempo sostuvimos la errónea opinión de que la mayoría de las profecías del Antiguo Testamento se habían cumplido y que su utilidad actual era simplemente alimentar la fe de los hombres devotos. Asimismo, creíamos que cualquier alimento para la fe que pudiera provenir de esa fuente no era alimento saludable para el alma ,// se refiere a pensar y creer que aun hay profecías por cumplir/ a menos que poseyéramos un tipo de espiritualidad tan elevada que pudiéramos trascender los detalles algo prosaicos de sus historias y encontrar nuestro alimento espiritual en una influencia espiritual que, sin duda, lo acompañaría y que, en su acción sobre nosotros, era superior a la mera literalidad del contenido. También nos llevaron a suponer que las profecías no cumplidas de «Moisés y los profetas» no tenían ninguna importancia especial para el cristianismo, porque la gran cuestión trascendental, la venida de un Salvador, estaba resuelta para siempre.

En consecuencia, cuando, por casualidad, encontrábamos allí alguna declaración profética que nos veíamos obligados a admitir que no se había convertido en una verdad histórica, y puesto que esta era la dispensación del Espíritu, nos sentíamos libres de dar rienda suelta a nuestra imaginación, algo vívida, y dejarla correr sin control por los verdes y fructíferos campos de la especulación en busca de alguna verdad rara y profundamente espiritual que pudiéramos oponer a esa aparente figura retórica de las Sagradas Escrituras.

Pero este vagar por esos campos seductores siempre terminaba en fracaso, pues cuando esas conjeturas fantasiosas y aleatorias, por muy elevadas que fueran, se presentaban ante nuestra conciencia despierta, pronto eran condenadas, porque ese juez que preside el tribunal de nuestra integridad espiritual no solo revelaba su falta de sinceridad, sino que también nos convencía de que no contenían el verdadero significado, pensamiento y propósito para el que fueron escritas esas palabras de Dios.

Así derrotados, solo podíamos lamentar nuestra falta, no solo de la capacidad mental para captar el verdadero significado de esas santas palabras, sino también de la profundidad de espiritualidad que se suponía esencial para poseer ese intenso poder espiritual que podía penetrar la densidad de las cosas terrenales hasta la rareza de las celestiales.

Los estándares espirituales que nos habíamos impuesto exigían alcanzar una vida espiritual que nos permitiera elevarnos espiritualmente a tales alturas de iluminación divina que pudiéramos discernir las gráciles curvas, los contornos simétricos, las sombras no terrenales, los matices celestiales y los destellos divinos de aquella maravillosa imagen —esa obra maestra espiritual— que se escondía tras la crudeza de la letra.

Estos errores nos cegaron de tal manera que, en nuestra ignorancia, incluso llegamos a creer que los doce apóstoles, a quienes nuestro Señor había elegido e iluminado, estaban en un grave error al interpretar que Cristo y las Escrituras enseñaban que, llegado aquel día, habría un reino de Dios literal y visible en la tierra, con el Señor como rey de toda la tierra. Suponíamos que su concepción del reino prometido, al contrastarla con la nuestra, era sumamente carnal, y que la superioridad de nuestra concepción radicaba en que estaba libre de toda esa grosería mortal. Y realmente pensábamos que este espíritu de servilismo moral entre los apóstoles había alcanzado su punto culminante cuando Santiago, quien más tarde se convirtió en mártir, y su hermano Juan, a quien el Maestro amaba, llevaron a su madre ante Cristo y le pidieron que le hiciera una petición por ellos que ellos no se atrevían a hacerle por sí mismos.

Pero, gracias a Dios, tales concepciones de la verdad divina no eran más que pañales espirituales, fantasías propias de la infancia espiritual. Pues, a medida que crecíamos en gracia y nos volvíamos menos presuntuosos, el Espíritu Santo desveló nuestra mente e iluminó la siguiente parte de la respuesta del Salvador a la petición de la madre de Santiago y Juan: «No me corresponde a mí conceder el sentarse a mi derecha y a mi izquierda, sino que será concedido a aquellos para quienes mi Padre lo ha preparado».

En esta obra hemos seguido la historia de las dos familias, o reinos, en que se dividió la descendencia de Abraham, a través de los intrincados caminos de su historia bíblica y las profecías que los conciernen, las cuales se han convertido en historia hasta nuestros días, sin perder ningún eslabón. El Espíritu Santo nos ha impulsado a escribir sobre la historia terrenal del pueblo elegido por Dios, porque muy poco de ella es conocido por la gran mayoría de nuestro pueblo, y sin embargo, es el fundamento sobre el que debe reposar toda la estructura del cristianismo.

El conocimiento de estas cosas terrenales no solo hace inexpugnables las afirmaciones del cristianismo, sino que también son el fundamento sobre el cual debemos bas

ar nuestra fe en cosas mejores.

 Porque Jesús dijo: «Si os he hablado de cosas terrenales y no creéis, ¿cómo seréis humildes si os hablo de cosas celestiales?».

La veracidad de estas palabras de nuestro Señor se ha demostrado en nuestro propio ministerio; pues en los últimos siete años, durante los cuales hemos podido demostrar las características especiales de la verdad expuestas en este libro —es decir, el cumplimiento de las promesas hechas a Israel—, el Señor nos ha usado para llevar a más escépticos a la luz de su verdad que en nuestros veintiún años anteriores de ministerio.

 Asimismo, durante estos siete años, mientras hemos visto flaquear la fe de algunos, el Señor nos ha ayudado a salvar la fe vacilante de muchos. También estamos seguros, por las razones que se dan, de que la fe de quienes naufragaron no habría fallado si hubieran conocido estas cosas.

eso, en esta ocasión hemos escrito acerca de las cosas terrenales que son objeto de inspiración divina, rogando a Dios que las use para fortalecer la fe de algunos y para llevar a otros a la fe en la inspiración de la Biblia. Pero si parece haber demanda, volveremos a escribir, y entonces escribiremos sobre las cosas celestiales.

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