miércoles, 7 de octubre de 2026

CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, *FITZ* 9-14

 EL CRISTO DE LA PROMESA

EN HOMERO, HESÍODO, VIRGILIO, OVIDIO, HORACIO, ETC.

VINCENT A. FITZ SIMON,

«LA VERDAD, ABATIDA CONTRA EL SUELO, VOLVERÁ A ALZARSE; SUYOS SON LOS AÑOS ETERNOS DE DIOS; MAS EL ERROR, HERIDO, SE RETUERCE DE DOLOR Y MUERE ENTRE SUS ADORADORES». BRYANT,

NEW YORK

1809

CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ETC. *FITZ*  9-14

Fue un día largo y cruel que puso a prueba las almas de los hombres; y miles, tal vez, se apartaron por miedo, mientras que otros miles oraron con los labios a Zeus y con el corazón a Cristo.

 Pero aun así, a pesar de este infierno desatado, la gran mayoría de los cristianos se aferró a la fe y desafió la espada y el fuego, los azotes y los leones, desafió toda forma de muerte por amor a Aquel que murió en la cruz. En un solo día en Lyon, en la Galia, 10 EL CRISTO DE LA «PROMESA» Se dice que 19 000 hombres, sin contar mujeres ni niños, perecieron por su religión; y, posteriormente, otros 10 000 fueron masacrados por la misma causa en Antandro, en Frigia. Jamás se había presenciado un espectáculo semejante al de Maximiano, que, marchando contra los bárbaros, detuvo sus fuerzas en Ginebra y ordenó a la Legión Tebana —de más de 6000 hombres— que ofreciera sacrificios a los dioses.

Todos ellos eran veteranos experimentados y verdaderos creyentes. «¡Luchamos contra el enemigo, pero seguimos siendo cristianos!» fue su respuesta.

Todos y cada uno fueron abatidos por sus compañeros soldados, asesinados sin resistencia por la fe que albergaban.

 La paz y la victoria llegaron por fin. La sed de sangre humana comenzó a desvanecerse, y el sublime heroísmo del sufrimiento paciente arrancaba admiración de las manos cansadas de la multitud perseguidora.

 Roma comenzó a contemplar horrorizada la carnicería que había provocado: diez veces había ordenado que cada provincia del vasto imperio se llenara de sangre leal; y aún así parecía como si no hiciera más que sembrar dientes de dragón, puesto que por cada mártir surgían cien conversos dispuestos, casi ansiosos, a ocupar su lugar y compartir su destino.

 Los estadistas comenzaron a especular sobre lo posible y lo probable: los bárbaros amenazaban al Imperio desde el norte y el este, y apenas pasaba un año sin que nuevos Césares surgieran en cada una de las provincias más poderosas. ¿Qué pasaría si los cristianos, que vivían de la persecución, se unieran a alguno de los bandos? ¿Extranjero, enemigo o adversario interno?

 La perspectiva no era alentadora; y visiones de una Roma inundada de sangre, y no precisamente cristiana, flotaban en la mente.

A todos estos incentivos inhibidores se sumaba la intensa luz de la verdad reflejada en los escritos —«apologías», como se las llamaba— de hombres como Aristides, Justino, Atenágoras, Teófilo, Ireneo, Clemente, Tertuliano, Orígenes y otros, quienes defendieron con vehemencia los derechos civiles y religiosos de los cristianos, refutaron las sutiles acusaciones y objeciones de los filósofos escépticos y desmintieron las mentiras y los graves malentendidos que habían confundido y exasperado a las masas del pueblo.

Con Constantino llegó la paz tras la persecución y la decadencia del paganismo. Constantino, un gobernante sumamente mundano, si no el mejor, no se atrevió a avivar las brasas latentes del paganismo durante su largo reinado de treinta y un años; no fue hasta que eliminó a todos sus rivales y se convirtió en emperador único que profesó abiertamente la verdadera fe; y no fue hasta que estuvo en su lecho de muerte, según algunas fuentes, que consideró prudente bautizarse.

Sus hijos y sucesores no fueron en absoluto faros de religión ni de moral, y demostraron la prudencia de su padre al perseguir a los paganos por sus riquezas y congraciarse con ellos defendiendo el arrianismo frente a la ortodoxia.

Con Juliano se produjo un resurgimiento esporádico de los dioses olímpicos, sus ceremonias y su culto; pero su destino estaba sellado, y el apóstata debió de tener una visión del futuro cuando, muriendo en las llanuras, exclamó al cielo: «¡Has vencido, Galileo!».

El paganismo griego había muerto.

 Durante más de veinte siglos había gobernado dos poderosas naciones, guiado a sus pueblos, influido en sus leyes, moldeado su moral y conducido a sus ejércitos al frente de batalla. Parecía una religión eterna.

 Pero cuando Zeus vio la Estrella de Oriente, la misma que los Reyes Magos vieron y siguieron hasta Belén, recordó la oscura profecía de Prometeo y sintió que su tiempo se agotaba.

No sin luchar, no se rindió. Durante doscientos cincuenta años libró la batalla, utilizando los truenos y relámpagos a su disposición para la destrucción implacable; durante otros cincuenta años recurrió a la conveniencia, la dilación y las disensiones heréticas; frustrado en todo momento, hizo un último esfuerzo, descartó todas las medias tintas, lanzó una vez más el águila al viento y murió con Juliano en el campo de batalla.

CAPÍTULO II

¿FUE EL PAGANISMO LA RELIGIÓN DE LOS CULTURADOS?

 Generalmente se acepta que la religión, incluso la fe que los hombres profesan, es vista de manera diferente por la mayoría y por la minoría

Para los primeros, la creencia suple la falta de conocimiento, la falta de curiosidad y el fuerte deseo que interferiría con las búsquedas y ganancias mundanas; para los segundos, la religión es un problema que debe resolverse de alguna manera antes de que puedan encontrar la paz.

Si en nuestros días encontramos a algunos que, a la luz del cristianismo y de su Divino Fundador, aún declaran que el problema es irresoluble, o indeterminado, o negativamente determinado, o positivamente solucionable,

 ¿Deberíamos sorprendernos de encontrar a algunos hombres en la época pagana buscando la solución al mismo problema?

Esta sorpresa disminuye a medida que estudiamos la naturaleza del problema, sus condiciones y la inteligencia aplicada a su solución.

 El vínculo que une no es exclusivo de ninguna raza ni siglo; Es parte intrínseca del ser humano, tanto como la vida que lleva dentro, la razón que se le ha dado o los anhelos naturales de subsistencia y luz.

«Entre todos los hombres», dice Jenofonte, «es costumbre desde el principio rendir reverencia a los dioses»; y Cicerón reitera este mismo sentimiento con mayor claridad: «De entre todos los animales, no hay ninguno, salvo el hombre, que tenga conocimiento de Dios; y entre los hombres mismos no hay raza tan incivilizada ni salvaje que no reconozca la necesidad de este conocimiento, aun cuando ignore la verdadera naturaleza de Dios. La conclusión es que quien tenga algún conocimiento de sí mismo debe reconocer a Dios».

En cuanto a las condiciones comparativas del problema entonces y ahora, son proporcionales a los méritos relativos del paganismo y el cristianismo.

 Ningún pensador, ni del tipo común ni del más avanzado, cristiano o no, se encuentra hoy dispuesto o inclinado a presumir del primero; si se le presionara para que explicara sus razones, probablemente diría que la creencia en dioses paganos era un insulto a la inteligencia; y el escéptico más sincero admitiría que, si existiera un Dios, sería uno solo.

¿Acaso no hubo mentes agudas en la antigua Grecia y Roma que se sintieran insultadas por el politeísmo?

 ¿Ningún pensador?

¿Y menos aún de gran intelecto

¿Quién concibió y plasmó la Ilíada, la Teogonía y las tragedias en pergamino?

¿O al Zeus Olímpico y a la Afrodita Cnida en oro, marfil y mármol?

¿O a la Venus Anadiómena en lienzo?

¿O la sublime y silenciosa seriedad de la arquitectura en piedra?

¿De quiénes son los nombres sinónimos de geometría, razonamiento inductivo y lógica?

 ¿Quiénes concibieron el problema del ser, lo exploraron a fondo y lo analizaron en todas las formas y modalidades posibles

¿Quiénes formularon los fundamentos de la astronomía, la geodesia, la geología, la zoología, la música, la luz, el calor, el sonido y un sinfín de otras ramas del conocimiento que requieren una profunda reflexión, un razonamiento riguroso e incansable investigación?

 Si la respuesta es —como debe ser— «los griegos»,

 ¿parece razonable, entonces, inferir que, al meditar sobre cada tema, descuidaron la religión; que, al rastrear cada rama hasta su origen, dejaron el panteón intacto; que, al negarse a creer en nada que no fuera dialécticamente verdadero, aceptaron el politeísmo con todas sus manifiestas incongruencias y absurdidades?

 Aceptar tales inferencias, desde esta perspectiva, es sin duda más difícil que negarlas. Para aceptarlas, debemos recurrir a ciertos supuestos errores de omisión y comisión, tales como

1)           la negligencia específica al no mencionar a un Ser Supremo Único,

y (2)el respeto y la estima que se profesan hacia los dioses del panteón.

Que la primera acusación carece de fundamento se demuestra mejor remontándonos al pasado y citando expresiones transmitidas de generación en generación:

«Yo soy todo lo que fue, es y será». —Inscripción en un antiguo templo de Sais.

«Uno es el autogenerado; de él proceden todas las cosas; no hay otro sino el Todopoderoso Rey». —Orfeo.

«Dios, cuando quiere y está lejos, puede salvar al hombre». —Homero (Odisea III: 231).

 «Dios nos escucha siempre desde lejos». —Esquilo (Euménida 297).

«Si quien actúa espera engañar a Dios de alguna manera, se equivoca». —Píndaro (Olimpia I: 102).

«Porque Dios, si verdaderamente es Dios, es autosuficiente en sí mismo». — Eurípides (Her. Fur. 1345).

 «La divinidad es tan grande y de tal naturaleza que ve y oye todas las cosas, está presente en todas partes y atiende a todas las cosas a la vez». — Jenofonte (Memoriab. I: 4).

«Aquel que ordena y mantiene el universo entero, en el cual todas las cosas son bellas y buenas, íntegras y sanas en sus partes constituyentes, y que lo conserva imperecedero y que realiza sus funciones con precisión y rapidez más rápida que el pensamiento, —Él, al realizar esas obras grandiosas, es visible para nosotros, pero al ordenarlas permanece invisible.» —Jenofonte (Memorias iv: 3).

 «En palabra y obra, pues, Dios es todo lo que es absolutamente uno y verdadero.» —Platón (República I): 21).

 «Dios se extiende de eternidad a eternidad.» —Aristóteles (Estróbeo, Ecología, Física 1: 86).

 «Dios es bienaventurado y feliz por nada externo, sino por sí mismo.» —Aristóteles (De la República vii: 1).

 «Es apropiado reflexionar sobre estas cosas con respecto a Dios, quien es verdaderamente la perfección del poder, la existencia y la bondad.» —Aristóteles (De Mundo, 6).

 «¿Qué entiendes por Dios? Aquel que lo ve todo y es invisible.» —Filemón. «Todos los lugares son templos del Verbo Divino; pues es la mente la que conversa con Dios.» —Menandro (Arref. 6).

 «Hay un Dios que oye y ve lo que hacemos.» —Plauto (Capt. II: 2.63).

 «Nada es superior a Dios; por lo tanto, el mundo debe ser gobernado por Él.» —Cicerón (Nat. Deor; Tl: 30).

 «Dios no mira las manos llenas, sino las puras.» —Publio Siro.

!*** Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría.
17Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían.
18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección.
19 Y tomándole,
le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas?
20Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto.
21 (Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo.)
22Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo
: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos;
23 porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.
24El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,
25ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.
26Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación;
27para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.
28Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.
29Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.
30Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan;
31por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.
32Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez.
33Y así Pablo salió de en medio de ellos.
34
Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.

 Hechos 17.16-34

*** **EL ENEMIGO DE LO BUENO POR
WALTER PITKIN

— De modo que ustedes quieren aprender griego, ¿no es así? Bien, ésa es una ambición loable. Pero conviene que sepan contra qué tienen que enfrentarse. Me expli­caré: yo soy el Enemigo de lo Bueno.

Un muchacho pugnaba por re­frenar una risa nerviosa. Sherrard lo miró de hito en hito y prosiguió: — No me chanceo. No me gustan los buenos estudiantes; me gustan sólo los mejores. Porque, o se puede hacer una cosa, o no se puede hacerla. Yo haré todo lo posible por enseñarles el griego, y ello me fuerza a obligarlos a hacer todo lo posible por aprenderlo. En cuanto al cómo, se trata de que día por día han de hacer ustedes una labor perfecta. Deben pronunciar perfectamente y traducir perfectamente. Para ayu­darles a alcanzar tal perfección, in­sistiré en hacerles escribir en el ta­blero diez veces la corrección de cada error. Si, después de haber tra­bajado de este modo para enmendar un yerro, volvieren a incurrir en él, les haré escribir cien veces la frase correcta. Y ahora, vamos a empezar.

Así dieron comienzo dos años de­cisivos de mi vida. La partida que nos hacía jugar Sherrard me cauti­vaba. Si puede uno alcanzar per­fección en algo, por pequeño que ello sea: ¿no puede alcanzarla en otra cosa, y en otra más, después? Con el tiempo puede uno llegar a ser perfecto en muchas cosas, lo cual sería maravilloso.

Otros muchachos iban a la clase temblando. Yo me presentaba como ante un concurso de gladiadores, a ver arrojar cristianos al león. Cuan­do el león se me venía encima, rugiendo, yo sonreía burlonamente. Entonces la fiera parpadeaba; lo cual me hacía ver que yo había dado en el clavo.

Algunas veces, después de haber llenado el tablero de frases por vía de corrección de un acento mal colo­cado, borraba la tarea para hacerla de nuevo. Esto paralizaba al león. ¿Cómo había de imaginar que hu­biera alguien que, obligado a escri­bir diez veces una cosa, la escribiera veinte? Si el león hubiera sabido que yo acostumbraba, una vez en casa, llenar hojas enteras de papel de en­volver con frases griegas, sólo por el placer de hacer un juego lo que él imponía por castigo...

Tachaba con su lápiz azul el menor error que encontraba en las tareas que entregábamos diariamente. Es­cribía atroces comentarios a los errores graves. jamás le pasaba una línea. Cómo se las componía, no puedo imaginarlo; pero lo hacía año tras año sin fallar.

En el segundo año la emprendi­mos con Homero. Todos los días cinco líneas aprendidas de memoria perfectamente, o si no... Todos los días nos levantábamos a recitar el primer libro desde la línea inicial hasta completar la cuota del día. Una pronunciación descuidada, y teníamos que volver a comenzar, lo que resultaba pesado cuando había que hacerlo empezando doscientas líneas atrás.

Jamás había podido yo aprender de memoria prosa o poesía. Detes­taba recitar trozos fijos. Había en .mí algo que se rebelaba contra ello. Pero Henry Sherrard me obligó a recorrer los dos primeros libros de la Ilíada línea por línea; y al final del año me tenía entonándolos com­pletos, conociendo cada palabra que enunciaba y comprendiéndolo todo casi como si estuviera en inglés.Los que no entraban por el sis­tema de la perfección lo pasaban muy mal.

— ¿De manera, señor Jones — le decía amenazante a un pecador —que a usted parece importarle un comino que el adjetivo esté o no de acuerdo con el sustantivo? Si se sale -usted discretamente, señor Jones, y no vuelve a mostrar la cara por aquí jamás, no tendré que echarlo. Consígase trabajo descargando san­días en los muelles. Las sandías no tienen que estar de acuerdo con nada. Ahora, ¡largo de aquí, señor Jones, antes que le rompa la cabeza**

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