domingo, 6 de septiembre de 2026

EL PERRO QUE SABÍA CUANDO ERA SÁBADO *GENTRY* 290_294

 VIDA E INMORTALIDAD;

O, EL ALMA EN LAS PLANTAS Y LOS ANIMALES.

-BY

THOMAS GENTRY, Sc. E.,

AUTOR DE "HISTORIAS DE VIDA DE LAS AVES DEL ESTE DE PENSILVANIA", "EL GORRIÓN COMÚN", "NIDOS Y HUEVOS DE AVES DE LOS ESTADOS UNIDOS", "APELLIDOS", ETC., ETC., ETC.

«Dios jamás apagará su chispa divina, ya sea que brille en algún glorioso orbe, o ilumine la tierna mirada del spaniel, que guía a su pobre amo ciego por el laberinto de este oscuro mundo; y cuando la tarea termina, descansa en su humilde tumba, para no despertar jamás.» A. de Lamartine.

A TODOS LOS SERES HUMANOS QUE SON BUENOS Y AMABLES,

A LAS MÁS HUMILDES DE LAS CRIATURAS DE DIOS

ESTE VOLUMEN ESTÁ DEDICADO CON EL MAYOR AFECTO POR EL AUTOR.

«Mías son todas las bestias del bosque, y el ganado de mil colinas. Conozco todas las aves de las montañas, y mías son las fieras del campo.» — Salmo 1:10-11.

FILADELFIA

1897

EL ALMA EN LAS PLANTAS Y LOS ANIMALES *GENTRY* 290_294

Hace muchos años, dos décadas o más, el autor era dueño de un perrito, un caniche francés.

Jamás existió un animal más inteligente de su especie. Era una criatura preciosa, con el pelo blanco como la nieve, y de modales encantadores. Su aspecto era motivo de gran orgullo. Para que su pelaje mantuviera su pureza natural, lo bañaban semanalmente con agua tibia. Esta tarea recaía en una pequeña morena, por quien el canino había desarrollado un gran cariño. Frisky, como se llamaba nuestra mascota, nunca antes había conocido lo que era recibir un buen baño.

 Su primera experiencia fue tan poco interesante como novedosa y extraña. No le resultó nada agradable, pero el pequeño lo soportó como un mártir. En circunstancias normales, tal trato habría provocado gruñidos y ladridos, pero su naturaleza apacible no conocía tales reacciones adversas. Pero, aun así, sentía una aversión al baño, como su expresión lo indicaba con toda claridad. Su aversión era tan marcada que la sola vista del agua hacía que su delicado cuerpo temblara como el de un niño con frío.

Si no se hubiera tenido el mayor cuidado al preparar el baño, se podría haber pensado que los temblores que sacudían su cuerpo, nada robusto, se debían a la frialdad del agua o a su calor excesivo.

Pero esto no podía ser cierto, ya que el agua siempre estaba templada al tacto más delicado. Sin embargo, llegó un momento en que Frisky decidió eludir estas atenciones de su sabia y canina dueña.

Había implorado inmunidad con miradas compasivas, pero en vano. Algo debía hacerse, parecía decir su mirada mientras yacía acurrucado junto al cálido fuego de la cocina. Casi se podían leer los pensamientos que se formaban en su mente. Durante tres largos años, Frisky, a quien se le permitía dormir por las noches en la sala, estaba acostumbrado, al amanecer, a visitar a los distintos miembros de la familia en sus respectivos dormitorios y a pasar un rato animado y divertido.

 Estas visitas siempre eran esperadas con ilusión y, en ningún momento, durante todo ese período, fueron interrumpidas. Haberse perdido una de esas emocionantes travesuras, habría sido una privación muy sentida. Pero que estábamos condenados a tal decepción y aflicción, los acontecimientos posteriores lo demostraron con demasiada claridad.

Una mañana de sábado, pues siempre era el sábado judío cuando se realizaba el baño ritual, Frisky no hizo sus llamadas habituales. Todos lo notaron, pero nadie dijo nada. Se pronunció su nombre en voz alta, pero no hubo respuesta, y pronto se hizo evidente que el astuto duendecillo estaba fuera del alcance de las llamadas.

Se inició una búsqueda, pero fue en vano. Se lamentó su ausencia y se temió que le hubiera ocurrido alguna desgracia. Un silencio sepulcral llenó la casa. Se oían llantos y lamentos, pues Frisky no estaba. Pero justo cuando la noche se cernía sobre nosotros y la esperanza se desvanecía, se oyeron pasos apresurados en el camino que conducía a la puerta trasera. Los sonidos eran demasiado familiares para ser los de un extraño. Todos escuché en silencio, conteniendo la respiración. «¡Qué travieso, qué travieso!», se alzó un coro de voces, y todos corrimos a la puerta para dar la bienvenida al fugitivo de vuelta al redil. No se pronunció ni una palabra de despedida, ni una mirada de reproche, pues con los brazos extendidos, recibimos al culpable con los brazos abiertos. Sin embargo, difícilmente podría concebirse un ser más abatido y con la conciencia más atormentada.

Las cosas volvieron a la normalidad. La felicidad reinaba de nuevo en la familia. Las visitas matutinas de Frisky eran como si nunca se hubieran interrumpido. Sus travesuras conservaban toda su vitalidad. El pecado cometido había sido perdonado y gozaba de nuevo de una excelente reputación.

Había transcurrido una semana desde su primera travesura.

 ¿Repetiría su plan de deshacerse de la desagradable bañera?

 — jamás se nos había pasado por la cabeza.

El día amaneció radiante y hermoso. Afuera reinaba el bullicio, y el portazo de las contraventanas indicaba que la sirvienta se afanaba en la cocina. Como era su costumbre, la puerta de entrada estaba abierta para Frisky.

 Todos estábamos atentos. No había señales familiares.

 El ladrido agudo y alegre que siempre anunciaba su llegada estaba ausente, y también el sonido de pequeños pasos en las escaleras. No se oía ni una respiración, ni un crujido de la colcha.

Permanecimos inmóviles, hasta que los minutos parecieron horas, y entonces se nos ocurrió que era la sabiduría canina.

Era sábado y Frisky había desaparecido de nuevo. Se le buscó por todas partes, pero no se le encontraba por ningún lado.

Que se había escabullido al abrirse la puerta, era ahora más que evidente. No se hizo ningún esfuerzo por encontrarlo, pues todos sabíamos que volvería entre las sombras. Esta vez llegó más tarde que antes. El sol ya se había puesto hacía rato. Estaba completamente oscuro cuando el golpeteo de patitas contra la puerta anunció su regreso.

 Esta segunda falta se pasó por alto, igual que la primera, y Frisky volvió a ser el mismo de siempre, alegre y juguetón.

Así logramos un registro de sábados, donde escapó del odioso baño , pues bien sabía este astuto pedacito de carne y pelo que el séptimo día de la semana era el único en que le convenía a su ama atenderlo.

Que Frisky supiera contar, o tuviera algún medio para determinar la llegada del día que sabía profundamente detestar, no cabe duda.

 Pero la ternura extrema de su naturaleza no solo se manifestaba en su manera de deshacerse del odioso baño, sino también de otras formas.

 Parecía capaz de afrontar cualquier emergencia que pudiera surgir.

 A menudo lo he observado, tumbado sobre una alfombra junto a la chimenea de la cocina, o sobre la almohada de una cama recién hecha, pues tenía libertad para ir a donde quisiera por la casa, y he imaginado que podía verlo pensar, o leer el flujo de pensamientos que pasaban por su mente, tan humano parecía en esos momentos de reflexión.

 Cuando lo regañaban por alguna travesura insignificante, o lo amenazaban con negarle algún placer esperado, ningún supuesto bruto podía mostrar miradas más compasivas.

Su tristeza era a menudo desgarradora de contemplar.

 Postrado en el suelo o la alfombra, o en cualquier lugar donde se encontrara, gemía y gemía durante horas, y solo aceptaba ser consolado cuando una palabra amable, una sonrisa o un rápido y enérgico movimiento de su delicada pata aliviaban la carga de su alma.

 Cuando estaba feliz, y no hacía falta mucho para hacerlo feliz, rebosaba de vida y vivacidad, retozando y comiendo con total desenfreno, y haciendo todo lo posible por demostrar su felicidad y alegría. Sus ojos parecían brillar con un afecto sagrado, y un resplandor celestial iluminaba sus facciones.

 Lo he visto, en medio de tal agonía, derramar lágrimas, una visión que siempre conmovía hasta al corazón más duro.

 Entendía cada palabra que se le decía y respondía con un movimiento de cabeza o un ladrido suave.

Una conciencia interior le decía lo correcto de lo incorrecto, y aunque a veces se equivocaba a sabiendas, siempre se arrepentía sinceramente de sus pecados.

Llegó un día, sin embargo, en que el ídolo de la casa salió y nunca regresó. Sin duda le ocurrió alguna desgracia, o fue llevado a un lugar desconocido


 Si aún vive, confío en que lo cuidan como se merece. Era un ser bondadoso, gentil y cariñoso, y no puedo evitar pensar que algún día lo encontraré en el hermoso mundo, más allá de la tumba.

    ¡CUIDADO¡  EL PERRO ESCUCHA

 ¿Hasta dónde entienden los perros el
lenguaje humano?
 

 ¿Obedecen automáticamente al sonido de ciertas palabras, o tienen idea de su significación?



HASTA QUE PUNTO son los irracionales capaces de generalizar él sentido de las palabras? Por ejemplo: ¿la palabra «mesa, » significa para un perro algo que no sea un objeto determinado con el cual tiene asociaciones especiales ?
El ama de un perro perdiguero inglés llamado Topper acostumbraba darle un hueso, siempre en la cocina, e invariablemente le decía: « ¡Topper, a la mesa! » Y al punto Topper se iba a roerlo debajo de la mesa.
Cierto día estaban varios amigos de visita en la sala, y Topper se apresuró a meter el hocico en las envolturas de los caramelos y bombones que habían estado comiendo. « i Topper, a la mesa!» le ordenó inmediatamente el ama con la intención de que se fuese a lamer sus papeles debajo de la mesa de la cocina. En vez de hacerlo así, el perro se dirigió a una mesita debajo de la cual apenas cabía, se escurrió entrando de grupa, y empezó a saborear allí sus golosinas.
Evidentemente, la palabra «mesa» significaba para ese perro, no tan sólo la mesa de la cocina, sino cualquiera otra. A invitación mía, la señora llevó a Topper a mi laboratorio. Le di al perro un hueso y ella le ordenó: « ¡Topper, a la mesa!» El animal sin vacilar se metió debajo de una mesa de laboratorio. Hicimos la prueba con mesas de diferentes formas y tamaños. Topper iba siempre a echarse debajo de la más cercana, y nunca debajo de una silla o en un rincón.
Semanas después, la señora me contó este caso. Había ido con Topper al prado que se extendía a espaldas de la casa. El perro desenterró un hueso. «¡Topper, a la mesa!» dijo ella, llevada por la fuerza de la costumbre. En un extremo del prado, donde casi no podía verse, había una vieja mesa rústica que Topper ya conocía,
y debajo de ella fue a echarse a roer su hueso.
G. E. 

LE CONTABA mi abuelo a un amigo que había ido a visitarlo que Strom, nuestro perro de muestra, estaba enseñado a buscar su gorra y llevársela a donde él estuviera.
— ¿Y qué haría el' perro si no la encontrara ?
Mi abuelo se guardó la gorra en el bolsillo y salió de casa en compañía del amigo. A los pocos minutos llamó a Strom y le mandó: «Tráeme la gorra. »
Salió el perro disparado hacia la casa. Mi abuelo y el amigo aguardaron. Como a los 10  minutos volvió Strom a carrera tendida, dejó a los pies del abuelo lo que tenía en la boca y se puso a ladrar nerviosamente.
Lo que había llevado era la cofia de mi abuela.
A. L. O. 

UNA DE MIS tías abuelas acomodaba todas las noches a su falderillo en la cesta que le servía de cama, le
echaba encima una manta y le decía: «Vaya, Dennie, así no sentirás frío. »
Cierta helada noche de invierno, uno de nuestros primos llegó de visita. Al sentarse al amor de la chimenea frotándose las, manos, exclamó: «!Qué frío está haciendo esta noche, señores, qué frío tan atroz!»
Dennie desapareció de la sala. ..
A poco oímos ruido, de algo que arrastraban por la escalera. Momentos después entró el falderillo llevando la manta, con la cual fue a sentarse al lado del visitante, como si se la ofreciera.
 UNA NOCHE sorprendí a Nerón, mi perro danés, echado en el sofá de la sala, un mueble muy costoso, el cual ocupaba casi todo con su pesado corpachón.
« ¡Fuera de ahí, y cuidadito como vuelva a  verte en ese sofá!» le grité.
Se bajó al momento y salió de la sala muy avergonzado.
La noche siguiente Nerón no se trepó al sofá; pero lo encontré plácidamente dormido en los tres cojines que había bajado y dispuesto en el suelo como mejor cuadró a su comodidad.
- M. H.
Selecciones Junio 1950 

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