jueves, 13 de agosto de 2026

PERDÓN VIDA Y GLORIA *BLACKWOOD*129-131

 LIBRERÍA DE LA UNIVERSIDAD DE ILLINOIS

PERDÓN VIDA Y GLORIA

 POR STEVENSON A. BLACKWOOD, Esq., C.B.,

Autor de La Sombra y los Lugares Celestiales Sustanciales, «El Triunfo de la Fe»*

LIVERPOOL

BRITISH GOSPEL BOOK ASSOCIATION,

PERDÓN VIDA Y GLORIA *BLACKWOOD*129-131

LA GLORIOSA TRANSFORMACIÓN.

 Filipenses 3:18-21

«Porque muchos andan, de quienes os he hablado muchas veces, y ahora os lo digo incluso llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; cuyo fin es la destrucción, cuyo dios es su vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, pues solo piensan en las cosas terrenales.

 Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, quien transformará nuestro cuerpo mortal para que sea semejante a su cuerpo glorioso, según el poder con el cual Dios también puede someter todas las cosas a sí mismo».

Hemos visto que el apóstol ha estado contrastando aquí dos clases diferentes de personas: aquellos que se preocupan por las cosas terrenales y aquellos que se preocupan por las cosas celestiales.

Quienes se preocupan por las cosas terrenales no son quienes esperan al Señor y Salvador Jesucristo. La venida de Jesús (o, si Jesús no viene antes de ese día, la muerte) sería la aniquilación, el fin de todas las esperanzas y expectativas del hombre cuyo corazón, intereses y afectos están fijados en las cosas terrenales y temporales. Él no espera a Cristo. Lo más terrible que le puede suceder a cualquiera de nosotros, que no espera a Jesús, será su venida; porque es “destrucción súbita/* destrucción súbita y eterna”.

 Pero el apóstol dice: “Nosotros no nos preocupamos por las cosas terrenales, sino por las celestiales, porque nuestra ciudadanía está en los cielos; nosotros esperamos al Señor y Salvador Jesucristo*” hasta el punto de decir que las cosas terrenales han perdido su encanto para nosotros que creemos en Jesús.

Hemos visto el mundo a la luz de Dios tal como se revela: un «mundo malvado y presente».

Antes no lo creíamos así; pero la luz de Dios ha resplandecido sobre nosotros, nuestros corazones han sido iluminados por el Espíritu Santo y su enseñanza, y vemos el mundo desde una perspectiva completamente diferente.

 La cruz de Cristo nos ha mostrado la verdadera naturaleza del mundo. Su peor acto ha revelado su verdadera naturaleza, y hemos visto al mundo rechazar al Hijo de Dios, diciendo: «No queremos tener nada más que ver con él».

Como los hermanos de José, quienes, después de arrojarlo al pozo, se sentaron a comer y beber, y Haciéndose felices y cómodos, después de que, según creían, se habían librado del problemático y lo habían apartado del camino.

 Así es el mundo. Eso es lo que tú y yo hicimos mientras estuvimos en este mundo.

Todos tuvimos nuestra parte, pues al decir en nuestros corazones: «No queremos que este hombre reine sobre nosotros»,//reino espiritual al presente, pero reino  real en un futuro// firmamos y sellamos la obra de los romanos y los judíos de aquel día, y elegimos a Barrabás el asesino antes que a Cristo el Salvador.

Pero ahora, gracias a Dios, que ha tenido misericordia de nosotros, podemos decir que ya no nos preocupamos por las cosas terrenales. LA GLORIOSA TRANSFORMACIÓN Nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo.

Esa es la característica principal de un cristiano. Él está esperando a Jesús. La palabra que aquí se traduce como «mirar» se usa solo en cinco o seis ocasiones más en el Nuevo Testamento, y solo en otra ocasión se la llama «esperar», esperando con anhelo. En Romanos 8 se lee: «La criatura espera con anhelo la manifestación de los hijos de Dios».

 No se trata de una simple mirada momentánea hacia arriba, sino de la actitud de un alma que espera a Cristo; y confío en que esta sea la actitud de todo verdadero creyente en Jesús: «espera al Hijo de Dios del cielo». Nuestros ojos se esfuerzan, nuestros oídos escuchan, y nuestros corazones ansían ver y oír la primera aparición de Jesucristo, y nuestros corazones a menudo se aceleran, ¿verdad?, cuando pensamos que las señales de los tiempos indican que nuestra redención está cerca.

Así pues, el creyente espera a Jesús. Hemos contemplado el lugar donde está Jesús; Él ha de salir del lugar santo, tras el velo, donde ahora se manifiesta en la presencia de Dios por nosotros, los que estamos en la tierra. Esperamos como el pueblo esperaba fuera del templo, para ver salir al sacerdote; esperamos ver salir a nuestro Sumo Sacerdote con sus vestiduras, de gloria y hermosura, para que se cumpla su palabra: «Volveré, y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros».

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