LA VERDAD
DE LA BIBLIA
DEMOSTRADA MEDIANTE UNA APELACIÓN A MONUMENTOS, ESCULTURAS, GEMAS, MONEDAS Y MEDALLAS EXISTENTES.
JOHN MURRAY, SOCIEDADES GEOLOGICA, BIOLOGICA , ARQUOLOGICA
E HISTORICA
“RELIGION VICTORIOSA”
"Grabado en una joya antigua.
LONDON:
1840
A SU MAJESTAD LA REINA,
ESTE VOLUMEN ES MUY HUMILDE DEDICADO CON SU PERMISO,
CON LA MAYOR GRACIA; POR SU SÚBDITO LEAL, Y A SU SERVICIO
EL
AUTOR.
GEMAS,
MEDALLAS, MONEDAS * MURRAY* 53-56
Los robles de Basán son tan célebres ahora como lo fueron en el reinado de
los reyes de Judá; y los olivos del Monte de los Olivos son
tan hermosos y bellos, aunque su número fue reducido por la mano despiadada de
Tito Vespasiano, como cuando formaban la frondosa copa de un selecto grupo. Judea sigue siendo «inclyta palmis», como en los albores de su agitada historia; y la fuente de Eliseo y la palmera aún señalan el
emplazamiento de la antigua Jericó, la ciudad de las palmeras. Jericó se encuentra en la llanura de
Esdraelón o Megido; a la derecha está el Mar Muerto, oculto por el
promontorio de Segor; y el río Jordán se divisa a lo lejos, a la izquierda,
entre montículos cubiertos de zarzas y arbustos espinosos. Al fondo se
extiende una cadena montañosa, donde reinan la soledad y el silencio, y el
desorden triunfa.
Detrás de Jericó y
el Jordán se alzan las montañas de Moab, una región desolada y lúgubre, que se
elevan hasta los 600 metros. Desde la cima de esta imponente cordillera,
el Pisgá del monte Nebo, entre las montañas de Abarim, frente a Jericó, Moisés,
el siervo de Dios, pudo contemplar la Tierra Prometida.
Jericó, la ciudad de las
palmeras, estaba condenada a la desolación, y en su emplazamiento está escrito
«Icabod» (en el nombre del lugar).
«Pero una palmera solitaria y el pozo de Eliseo, cuyas
aguas fueron “sanadas” por el profeta, permanecen para indicar el lugar donde
se encontraba la segunda
ciudad de Judea, la propiedad de Benjamín, y cuyas murallas fueron rodeadas por
las victoriosas huestes de Israel, bajo el mando de Josué, su líder, después de
que este cruzara el Jordán, y colocara las piedras traídas de allí en las
llanuras de Gilgal, como monumento conmemorativo.
En las cercanías de Jericó, Hasselquist menciona que abundan el espino de Cristo (Zizyphus paliurus*?) y el sicómoro (Ficus sycomorus); también se encuentra la asclepia gigantea,
y cerca de la fuente de Eliseo se hallaban el sauce, la madreselva y la higuera, pero los célebres balsámicos han
desaparecido por completo. La expresión
“Sicut Plantatio rosae” en Jericó solo se encuentra ahora en la página
histórica; «Achor»
no tiene arroyo que lo refresque; «Assam-thamar»
lamenta los bosques de palmeras; una
mano poderosa ha arrancado de raíz sus hermosas enredaderas.
«Apariencias
extraordinarias», dice un elocuente escritor al describir Palestina, «por
doquier proclaman una tierra rebosante de milagros; el sol ardiente, el águila
imponente,
la higuera estéril; toda la poesía, todas las
imágenes de las Escrituras, están aquí. Cada nombre conmemora un misterio, cada gruta
anuncia el futuro, cada colina resuena con
los acentos de un profeta. Dios mismo ha hablado en estas regiones: ríos secos,
rocas agrietadas, sepulcros entreabiertos dan testimonio del prodigio. El desierto aún parece mudo de terror, y uno podría
imaginar que jamás se atrevió a romper el silencio, desde que escuchó la
terrible voz del ETERNO».* * Chateaubriand.
Domingo, 7 de agosto de 2022
“POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS”
POR J. MOISÉS DELEON LETONA
(El escritor es tio abuelo del autor del blog- un huehueteco apasionado
por lo de antaño.)
IMPRESIONES DE UN GUATEMALTECO EN SU VIAJE
ALREDEDOR DEL MUNDO DURANTE LOS AÑOS
DE
1922 A 1924.” / 2 años y 6 meses/
Es el
libro que a continuación leeremos y es debidamente
apreciado a nivel mundial. Se encuentra en las siguientes bibliotecas
Librería
del Congreso de los Estados Unidos de América
Biblioteca Teológica "Lorenzo Boturini"
de la Basílica de S.M. de Guadalupe. Ciudad de México
Bibliotheca Generalis Custodiae Terrae Sanctae-Ciudad de Jerúsalen
Libro que forma parte del Patrimonio Literario de España-. -Dedicación del autor a S.M. el Rey D. Alfonso
XIII-XIV.
CAPITULO XVII.
El Valle de Jericó, El Mar Muerto y El Río Jordán.
El Valle de Jericó.
Al ir de Jerusalén
para Jericó se pasa por muchas colinas arenosas y varios caminos irregulares y quebrados,
al final de los cuales, se
desciende al valle, enriquecido por la Naturaleza y grabado en la memoria por sus legendarios sucesos.
Con claridades de primavera y espléndido sol, hicimos esta visita.
En aquella región el astro rey brilla con más intensidad y
sus efectos son tan visibles,
que el suelo lo demuestra a cada paso.
La fertilidad del valle contrasta
con lo estéril de las costas del
Mar Muerto—su vecino—y las tierras del Desierto de Siria, que no queda lejos.
Largas planicies hay
pobladas de frondosos árboles; pastos naturales y gramíneas cuyos verdes y
delicados tallos semejan, al
contacto del aire y de la luz solar, ondas marinas.
Al principio de este valle existe la preciosa fuente
del Elíseo, donde nace el arroyo que riega
sus vergeles, jardines y prados en eterna Primavera, en constante
florecimiento.**** «Pero una palmera solitaria
y el pozo de Eliseo, cuyas aguas fueron “sanadas” por el
profeta, permanecen para indicar el lugar donde se encontraba** GEMAS, MEDALLAS, MONEDAS * MURRAY* 53***
Este arroyo sigue varias curvas;
se aleja, se explaya sobre la
hierba y al fin de larga distancia parece que se pierde; reaparece y, de último, sigue en dirección del río Jordán.
Sus aguas, tibias y cristalinas, son el
complemento de aquellas campiñas paradisiacas que aparentan estar concentradas dentro de una taza de plata, a cuyo
borde bajan los pájaros a disfrutar de su
abundancia.
Sobre el Valle de Jericó el esplendor del sol y la
nitidez del firmamento rinden culto a la belleza; fué en esa maravillosa faja de tierra bendita donde las sandalias del Gran
Taumaturgo piadoso dejaron sus huellas,
donde su mano generosa curó tantas enfermedades, y donde centenares de almas obtuvieron el dulce consuelo que habían menester.
Las flores ocupan el primer puesto entre las bellezas naturales de Jericó, y son sus
rosas las que se "llevan la palma," las
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que merecen los primeros elogios. Toda ponderación es pálida ante la
hermosura de las proverbiales "rosas de Jericó," comparables al
delicado cutis de la Virgen. Sus pétalos son dignos de alfombrar el pie de los altares consagrados a Ella y en aras del Nazareno, que aspiraron su aroma hace 20 siglos y que pasaron por los
jardines y campos donde se dan a
millares.
En verdad, aquellas
rosas son singulares: cuando alcanzan todo su desarrollo y se marchitan estando en los rosales,
caen enteras protegidas
por las hojas que crecen cerca de la flor; encontrándose ya en el suelo, al contacto del rocío,
de la lluvia o del sereno,
vuelven a abrirse. Unas,
ya secas como las otras, son removidas de los poéticos rosalitos o de la superficie
terrestre por el viento
que las abandona en lugares húmedos, donde reviven también. Y así se ven los arbustos y los sitios que los
rodean, cubiertos de rosas de Jericó, con su doble germinación,
mostrando cuanto puede la sabia Naturaleza, que debemos imitar. Naturalmente,
si aquellas flores secas se colocan
dentro del agua, recuperan su vitalidad, y su hermosura en sus corolas
vuelve a aparecer. Ellas nos dicen de la resurrección y se comparan a las novias,
cuando éstas son un modelo..
Existen varias leyendas que alaban su rara peculiaridad; una de
ellas dice, que "las rosas de Jericó" reviven la Noche-Buena,
con sólo tocarlas, aunque su vida
sutil, en ese caso, sea muy efímera.
En los cercos de los sitios, de
las hortalizas y diseminados en
las salidas de la población y en los campos, hay infinidad de árboles frutales,
particularmente limoneros, cidrales, naranjos, tamarindos, bananeros, etc.;
todos llenos de follaje, ostentando su exuberancia.
En varias casas de Jericó—cercanas a la fuente del Elíseo—los
álamos blancos y negros, las datileras y plantas trepadoras de lozanos frutos adornan sus patios, dando asilo a
los alegres pajarillos que con su canto distraen a los niños, quienes
corren y juegan sin cesar, como corre y
murmura el agua del arroyo que es su inseparable compañero, y tras el cual
persiguen las mariposas que tomaron su color del arco-iris.
Trabajando, bajo la
sombra de aquellos copados árboles, las gentes pasan la mayor parte de su vida, que es muy simple.
Existen unas pocas ruinas de la
anciana Jericó, hermoso y célebre
centro de población que estaba muy bien situado en el valle de su nombre, y que alcanzó tanto
esplendor y tuvo en Judea casi tanta importancia
como Jerusalén, pues ésta es la única ciudad que le
superaba.
—211—POR TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS
Las casas de Jericó moderna son extrañas: las paredes
son de cañas y los techos cubiertos de lodo. Siendo
bajitas y pequeñas, se confunden con las arboledas como si se tratara
de un nacimiento.
Los habitantes cruzan los desiertos conduciendo sus
cosechas a lomo de dromedario, y regresan trayendo
mercaderías para comerciar; se ven descansar bajo los damascos,
datileras y sicomoros que los defienden del sol.
Al Valle de
Jericó, por lo fértil, por su belleza, se le llama "La Perla de Palestina" o
"Flor de Oriente:" participa de las 3,000 plantas
fanerógamas que hay en Palestina; y el papiro—que usaban los antiguos para escribir—las acacias—de cuya madera los apóstoles hacían sus varas o bastones—los algodoneros,
azaleas, olmos, cardos, etc., crecen ahí y perfuman su ambiente.
Sus vecinos, en su mayoría, son judíos que acaparan
los negocios, que
todo lo monopolizan.
El desierto a que nos hemos
referido en el capítulo dedicado
a Nazareth, queda cerca de Jericó. Cuando Jesús ahí tardó 40 días y 40 noches, y que ayunaba, divisaba
desde las rocas "La Tierra de
Promisión," que más tarde El había de inmortalizar.
Repetimos que la Ciudad y Valle de
Jericó, tuvieron también la felicidad de que el Nazareno los visitara, dejando
oír su palabra, que llevaba amor y
caridad a sus hijos, y consuelo y fe
a todos los hogares.
Nos imaginábamos verle pasar
yendo para Jerusalén o viniendo de Nazareth, durante sus
viajes, que únicamente obedecían
al bien que por doquiera prodibaga; nos imaginábamos verle sin equipaje y sin provisiones de ninguna
clase, sin más vestuario que su túnica, pero
satisfecho de la grandísima misión que desempeñaba en favor de la Humanidad. Y, de esta manera, los rigores del hambre, de la sed, del
cansancio y del tiempo, El los sufría con resignación de
gran filósofo y de gran filántropo;
el tronco de un árbol o un surco le servían de almohada, y las ramas de una palmera o de un olivo,
tendidas sobre el suelo, de lecho. Los árboles o la
bóveda celeste constituían su techo, donde el aire puro corría suavemente. En cambio, cada frase, cada oración de quien así vivía, del
Salvador que así viajaba, era una revelación.
En Jericó muchas
mujeres se ocupan en hilar algodón a mano, con malacates y por medio de ruedinas. Los trastos de que
con tanto donaire se sirven para acarrear agua potable, son
—212—J. M. DELEON LETONA
parecidos a las
"botijas" o "castellanas" verdes o con el color natural del barro cocido (de las cuales nuestros
compatriotas han encontrado algunas llenas de onzas de oro, particularmente en
Antigua, según el popular decir). También emplean las hidrias y jarrones.
Aquellas damas, así
mismo, se ocupan en hacer aceite de olivas, industria tan generalizada como rudimentaria en toda la vieja Judea, como ya expusimos; algunas tienen sus pies descubiertos
igual que sus hijos, porque son refractarias al calzado. Otras, que habitan en los caseríos
cercanos, y que se trajean como las beduinas, usando collares, pulseras y ajorcas de oro
y plata, y que fuman largas pipas, son consultadas por los
vecinos cuando se enferman: ellas recetan o van personalmente
con sus ricos atavíos a curar a sus clientes; se les trata con
mucha consideración y respeto: son como médicas
cimarronas que visitan frecuentemente la
apartada población y el valle encantador.
Allá los pastores (que tampoco
habían de faltar) se valen de hondas de pita para arrojar piedras que regresan o hacen cambiar de dirección a sus
ganados; tocan pitos y gaitas, usan arcos que ellos mismos hacen de cañas
cortadas en el río y se sirven de odres preparados en el rancho. Los
caracoles, bien limpios y lustrosos—obsequio del
patrón—penden bajo el brazo, atados
con pita o con un pañuelo nuevo, y los hacen sonar
para que los bueyes y
los novillos lleguen al corral, donde les dan sal; a ratos se reunen y se
sientan en lo alto de los peñascos, verdes por el césped—que prospera en gracia de la humedad—para gozar de su
primitiva orquesta, al mismo tiempo que vigilan sus animales
que parecen comprender las armonías que sus buenos
pastores dan al viento, pues levantan la cerviz y paran las
orejas para escuchar; dejan de comer o de rumiar, y comienzan a
retozar y a dar vueltas, formando espirales al pie del peñasco que sirve de plataforma o de rústico kiosco. i
Ah, los pastores!, así dulcifican su vida
solitaria, con su música sencilla, tan sencilla como la hierba que pisan, como el agua fresca que salpica en sus montañas, como los blancos corderitos que defienden de los hambrientos lobos.
Otros van apoyados en sus
rústicas varas, bajando y subiendo veredas, cruzando angostas sendas; algunos
aparecen quitándose las espinas que los
matorrales, zarzas y cardos han prendido sobre su rota indumentaria que rasgaron las ramas secas; aquellos
jugando con los carneros de cuernos arrollados, con los cabros de astas
verticales, y con los
perros que corren y dan
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TIERRAS SANTAS Y POR TIERRAS PROFANAS
saltos ladrando de contento entre los grandes y pequeños ganados, que se confunden en los campos de la pastoría.
Tales escenas nos
hacen olvidar que estamos en el lindo Valle de Jericó y creer que disfrutamos de nueva estancia en Belén, la víspera de
"Noche-Buena" o en el amanecer del día de Pascua: su naturalidad y la grandeza de su
sencillez nos transportaron frente al risco en
cuya afortunada gruta apareció el Mesías!