LA TENTACIÓN DE NUESTRO SEÑOR
POR EL DIFUNTO
NORMAN MCLEOD
LONDON
1873
LA TENTACIÓN DE NUESTRO SEÑOR *MCLEOD* 1-10
EL TENTADOR
«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.» — Mateo 4:1
Deseo ofrecer algunas reflexiones sobre la Tentación de nuestro Señor, como contribución al estudio práctico de esta fascinante porción de la historia del Evangelio.
¿Desde qué perspectiva debemos considerar este suceso? ¿Fue una prueba de principios que se le presentó a nuestro Señor desde dentro, a través de su facultad concepcional, presentándole ciertas posibilidades de obrar mal, que implicaban la tentación al mal, la cual, sin embargo, no sería mala en sí misma a menos que la voluntad cediera a ella?
¿Podemos explicar este terrible suceso mediante pensamientos o sugerencias internas, provenientes del alma del puro e inmaculado Jesús, siendo estos también fuente de sufrimiento para Él; o mediante la teoría de una visión creada por su imaginación; o aceptando la narración como una parábola o mito, símbolo del funcionamiento del principio del mal en el alma del hombre?
En lugar de estas y otras teorías, creo que la tentación fue históricamente real; y que las incitaciones al mal fueron presentadas a Cristo por una persona malvada cuya voluntad había optado por dejarse guiar por el mal. Esta es, sin duda, la impresión que transmite la narración. Me complace citar la autoridad del añorado decano Alford, quien, en sus notas sobre el pasaje, dice: «Todo es, sin duda, una narración histórica objetiva que registra un conflicto real entre nuestro Redentor y el poder del mal».
Tres de los evangelistas la registran, pero San Juan la omite, no creo que porque su Evangelio tuviera como objetivo principal revelar al Hijo divino de Dios, y por lo tanto a alguien que no era susceptible a la tentación, sino porque complementa a los demás Evangelios y, por consiguiente, no repite sucesos que estos ya han narrado suficientemente. San Marcos no ofrece un relato detallado de la Tentación
Simplemente y brevemente, registra el hecho, y lo hace en términos que no dejan lugar a dudas de que lo reconoció como un hecho real.
Dice: «Estuvo en el desierto cuarenta días tentado por Satanás, y estuvo con las fieras, y los ángeles le servían». El «desierto» y las «fieras» no se mencionan, pues, como algo más real que «Satanás»* y los «ángeles». Hay que recordar, además, que cualquier impresión que recibieran los evangelistas sobre la tentación, debió de haberles sido transmitida por Cristo mismo; pues no hubo testigos de aquella misteriosa escena, ni ningún otro ojo, aparte del suyo, pudo discernir lo que ocurría, no solo en el desierto, sino también en el mundo invisible.
La historia debió haberles sido contada, en esencia, tal como la conocemos, o bien, haber sido inventada por ellos mismos, EL TENTADOR e integrado entre los acontecimientos de la vida de nuestro Señor, una suposición que contradice no solo la más mínima idea de su inspiración divina, sino también la creencia en que poseían una honestidad común.
A toda esta evidencia de la realidad histórica de la narración —y mucho más podría aportarse— debemos añadir la completa armonía que existe entre ella y otros acontecimientos trascendentales de la historia pasada y posterior del reino de Dios, que intentaré señalar a medida que avancemos.
Mientras tanto, me limitaré a una investigación sobre la existencia del Tentador.
Que un espíritu maligno como el diablo, tal como se representa, exista en el universo de Dios, lo admito francamente, es un gran misterio, y uno que quizás sea imposible de explicar en la actualidad.
Pero, personalmente, no lo veo como un misterio mayor que la existencia de personas malvadas en este mundo redimido de luz, vida y gloria.
Puedo concebir seres //angeles//que habitan un mundo en el que jamás ha entrado el mal, quienes, mediante la fe y la obediencia, poseen tal conocimiento de Dios y de la gloria de su carácter y propósitos que les resulta difícil imaginar cómo seres responsables y racionales, que hayan oído hablar del mismo Dios vivo, no compartan sus sentimientos de reverencia y profunda admiración hacia Él; y cuyo escepticismo, según el testimonio del tentador, En realidad, si las tuvieran, no se referirían a la posible existencia en otros lugares de personas con ideas afines, sino a personas en cualquier lugar que pudieran tener ideas diferentes a las suyas.
Pero que nosotros, en un mundo como este, en el que todo aquel que ha existido, excepto Uno, ha sido un pecador; en el que la tentación abunda; en el que el vicio a menudo triunfa sobre la virtud hasta el punto de hacer que algunos cuestionen la supremacía de la ley y del gobierno en el universo;—un mundo donde la iniquidad campa a sus anchas, y el genio no se agota creando siempre nuevas y horribles formas de ella;—que los habitantes, digo, de un mundo así sean escépticos, no en cuanto a la existencia de ángeles buenos o de personas santas en cualquier otro ámbito, sino en cuanto a la posible existencia de personalidades tan malvadas como ellos mismos, me parece que implica un grado de ceguera moral casi suficiente para sugerir la existencia de un Tentador malvado que lo explique. Pero una vez agotadas todas las conjeturas sobre el tema, debemos recurrir a información auténtica, si la hay, sobre la existencia de un espíritu maligno personal; del mismo modo que buscamos información del viajero honesto y competente acerca de la existencia y el carácter de los habitantes de alguna isla lejana o de alguna región desconocida del mundo que solo él ha visitado.
Ahora bien, es notable que nuestras principales fuentes de información sobre la existencia del diablo sean los Evangelios, incluyendo no solo las enseñanzas de Jesucristo, sino también las de los apóstoles que hablaron en su nombre. No es en el Antiguo Testamento donde más se habla de Satanás.
Ciertamente no guarda silencio sobre su existencia, pues aparece en el primer registro de la historia de la humanidad; y existen varias indicaciones en otras partes, como en el Libro de Job, que demuestran el conocimiento y la creencia en su existencia.
Sin embargo, lo cierto es que a Jesús y a sus apóstoles les debemos la mayor parte de nuestro conocimiento del diablo y su obra.
Y permítanme decir que es imposible explicar esto suponiendo que un espíritu maligno personal sea, como muchos afirman, la creación de una época oscura y, por lo tanto, supersticiosa.
Es cierto que un pueblo rudo y bárbaro, que se enfrenta, como debe hacerlo, a las adversidades de la naturaleza como el hambre y la sed, la tormenta y la oscuridad, la enfermedad y la muerte, probablemente atribuya todo esto a algún poder presente e invisible, opuesto a la felicidad del hombre. De ahí el culto a los demonios y la **religión del miedo que ha existido en todas partes, y el ofrecimiento de sacrificios humanos, como en el caso de algunas tribus aborígenes de la India y de otros lugares, que buscan así aplacar la ira satisfaciendo el amor al sufrimiento atribuido a la deidad del odio, a quien, por consiguiente, temen y veneran.
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