LA UNIDAD DEL LIBRO DE GÉNESIS
POR WILLIAM HENRY GREEEN,
DOCTOR EN TEOLOGIA, DOCTOR EN LEYES / DERECHO
PROFESOR DE LITERATURA ORIENTAL Y DEL ANTIGUO TESTAMENTO EN EL SEMINARIO TEOLÓGICO DE PRINCETON
NEW YORK
1895
LA UNIDAD DEL LIBRO DE GÉNESIS *GREEN* i-viii
PREFACIO
Toda la tradición, cualquiera que sea su origen, inspirada o no, afirma unánimemente que los primeros cinco libros de la Biblia fueron escritos por un solo hombre, y ese hombre fue Moisés. No existe ningún testimonio contrario. Por el carácter predominante de su contenido, estos libros se conocen comúnmente como la Ley.
Todos los estatutos que contienen se declaran expresamente como escritos por Moisés o dados por el Señor a Moisés. Y si toda la ley es suya, la historia, que claramente sirve de preparación o complemento a la ley, también debe ser suya.
Sin embargo, la autoría mosaica del Pentateuco ha sido cuestionada en la época moderna en nombre de la alta crítica, basándose en dos motivos distintos e independientes. Una es la hipótesis documental en sus diversas formas y modificaciones, que se ocupa de la parte narrativa del Pentateuco y, basándose en criterios literarios, afirma que este no es producto de un solo autor, sino que ha sido compilado a partir de diferentes documentos, claramente distinguibles en dicción, estilo, concepción, plan y diseño, y que pertenecen a épocas muy distantes.
La otra es la hipótesis del desarrollo, que se ha vinculado a la anterior, pero que trata, como es característico, una parte diferente del Pentateuco y emplea un estilo argumentativo distinto. Su ámbito de aplicación son las leyes, que, según afirma, no fueron ni pudieron haber sido dadas por Moisés, ni en ningún período específico de la historia de Israel. Pretende rastrear el desarrollo de esta legislación desde formas simples y primitivas hasta otras más complejas que implican una civilización posterior y más desarrollada.
Y afirma con seguridad que estas leyes no pudieron haber sido escritas en su forma actual hasta muchos siglos después de la época de Moisés. Estas hipótesis se discuten de manera general en mi «Crítica superior del Pentateuco», donde se expone la falacia y la falta de conclusiones del razonamiento con el que se defienden, así como la falsedad de las conclusiones que se deducen de ellas. Para refutar completamente estas hipótesis, es necesario demostrar, mediante un examen detallado, su inaplicabilidad e incompatibilidad con los fenómenos del Pentateuco, y que, lejos de resolver la cuestión de su origen, carecen de fundamento real; no encuentran apoyo en el propio Pentateuco, sino que son simplemente producto de la ingeniosidad erudita y una imaginación desbordante.
El presente tratado se centra exclusivamente en la hipótesis documental y pretende demostrar que el libro del Génesis no es una compilación de distintos documentos, sino la obra continua de un único autor.
La demostración de que esta hipótesis carece de fundamento en el Génesis la refuta de manera contundente para el resto del Pentateuco o, si los críticos lo prefieren, del Hexateuco. Surgió en el Génesis; los argumentos más plausibles a su favor se extraen de ese libro; y el veredicto que emite dicho libro zanja sustancialmente la cuestión para quienes la siguen.
Se basa en la premisa de que está firmemente establecida en el Génesis que se mantiene a lo largo del Hexateuco.
Si se demuestra que esta premisa es falsa, la hipótesis se derrumba por completo.
Lo que se propone aquí es un estudio crítico del Génesis, de principio a fin, capítulo por capítulo y sección por sección.
La historia de la crítica se presenta en detalle en los pasajes más importantes y se analiza exhaustivamente para exponer al lector las diversas posturas, junto con los argumentos aducidos.
Se ha procurado recopilar cuidadosamente y exponer con franqueza todo lo que sus defensores más capaces y eminentes han esgrimido en defensa de la hipótesis en cada pasaje; y esto se somete a un examen minucioso y objetivo.
De este modo, el lector tendrá acceso a los argumentos a favor y en contra, según el conocimiento del autor, y podrá llegar a sus propias conclusiones.
Si bien el autor busca la imparcialidad al presentar ambas posturas, no oculta su firme convicción de la abrumadora mayoría a favor de la fe tradicional y en contra de la controvertida hipótesis moderna.
Dado que los supuestos criterios de los distintos documentos son expuestos de forma más completa y clara por el Dr. Dillmann, su presentación se sigue a lo largo del libro, salvo que se mencione expresamente otra autoridad. Para evitar circunloquios constantes, se habla con frecuencia de P, J, E y D como si fueran las entidades reales que los críticos afirman, y se dice que ciertos pasajes pertenecen a uno u otro porque así lo afirman los críticos. Este lenguaje, adoptado por brevedad, no debe interpretarse como una admisión de que los documentos en cuestión hayan existido alguna vez.
Al responder a las objeciones del obispo Colenso en 1863, el autor sugirió que podría preparar en el futuro una obra sobre la crítica del Pentateuco.
Desde entonces, las posturas adoptadas por los principales críticos han sido abandonadas por ellos mismos, y su concepción del origen y la constitución del Pentateuco ha sido completamente revolucionada.
La complejidad de la cuestión del Pentateuco y la minuciosidad que exige su examen exhaustivo sin duda explican por qué tantos críticos se contentan con repetir o desarrollar las conclusiones de sus predecesores sin investigar por sí mismos la solidez de los fundamentos en los que se basan dichas conclusiones.
El autor confiesa francamente que, si bien percibió en todo momento la debilidad y el carácter insatisfactorio de los argumentos de los críticos más divisivos,
la complejidad de la tarea le impidió durante mucho tiempo emprender la elaboración de un tratado a la altura de lo que requería la naturaleza del caso. Podría haber seguido rehuyéndose de no ser por la propuesta, en 1888, de su amigo el Dr. W. R. Harper, de un debate amistoso sobre el tema en las columnas de la Hebraica. La amable propuesta fue aceptada, aunque con cierta vacilación, por temor a que la causa cuya defensa se emprendía se viera perjudicada por una defensa poco hábil. Sin embargo, parecía que implicaba menos responsabilidad y una tarea menos engorrosa participar en dicha discusión, fragmentadamente, en las columnas de una revista trimestral, a petición de un amigo, que dedicarme por mi cuenta a la preparación de una obra completa sobre el tema.
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