Me considero un tipo de investigador y “arqueólogo del intelecto y conocimiento ”, no en su campo físico, sino en su dimensión espiritual, e intelectual.; dedicado al deleite de redescubrir, “desenterrar” en la literatura antigua, monumentos, pluralidad del arte, y objetos de la antigüedad , entrelazados con la historia, la literatura , la poesía, la ciencia todo esto en profunda relación con la Biblia
***Fundamentado en el derecho de investigación y libre conciencia universal inherente a todo ser humano, y para alimentar mi espíritu, realizo y comparto estas labores, poniendo al servicio el fruto de mis facultades del más puro intelecto de mi ser.
**Todas las Publicaciones en este espacio, para reflexionar, para promover el amor por el arte de la lectura , enseñar, para profundizar e investigar en la cultura y progreso de la humanidad.
Son publicadas de forma gratuita y no generan ningún centavo de ganancia al autor del blog*
/PROXIMAMENTE)
LAS DIEZ CARTAS PASTORALES CRISTIANAS DE PUBLIUS VERGILUS MARO
EL CRISTO DE LA PROMESA
EN HOMERO, HESÍODO, VIRGILIO, OVIDIO, HORACIO, ETC.
VINCENT A. FITZ SIMON,
«LA VERDAD, ABATIDA CONTRA EL SUELO, VOLVERÁ A ALZARSE; SUYOS SON LOS AÑOS ETERNOS DE DIOS; MAS EL ERROR, HERIDO, SE RETUERCE DE DOLOR Y MUERE ENTRE SUS ADORADORES». BRYANT,
NEW YORK
1809
CRISTO EN HOMERO, HESIODO, VIRGILIO, ETC. *FITZ* i-v
EL CRISTO DE LA PROMESA
EN HOMERO, HESÍODO, VIRGILIO, OVIDIO, HORACIO, ETC
PREFACIO
El título de este libro indica la esencia de su contenido: que la historia de Cristo fue narrada por antiguos poetas clásicos; por Virgilio y sus contemporáneos de la época de Augusto, por Eurípides y sus predecesores, por Hesíodo y Homero en tiempos aún más remotos, y por otros que los precedieron, pero cuyos nombres y obras se han desvanecido en el polvo del pasado.
¿Y por qué no habría de ser así?
El conocimiento de un Ser Supremo perduró a través de los siglos; lo mismo ocurrió con el conocimiento del primer hombre y la primera mujer, y con el del Diluvio.
¿Por qué, entonces, habría de perderse la tradición de un Redentor prometido?
Se admite que se conservó entre los judíos; pero que no se limitó a ellos lo demuestran las palabras de Job: «Sé que mi Redentor vive», y Job no era judío.
Si un gentil poseía la tradición,
¿por qué no otros?
Existen pruebas abundantes en los textos clásicos de que, en todas las épocas y dispersas por las grandes naciones del mundo, hubo personas que preservaron el conocimiento de un Dios único y de un Salvador venidero; que en privado se llamaban a sí mismas «cristianos» y a su culto «cristianismo»; que —aun viviendo y conviviendo con sus vecinos infieles— tenían sus propias contraseñas y se reunían en secreto para practicar los ritos de su religión y recibir instrucción de sus sacerdotes y ancianos.
El culto nunca desapareció: se transmitía de padres a hijos y sumaba nuevos adeptos provenientes de aquellos cuya razón se rebelaba contra el politeísmo y cuyas almas anhelaban cosas mejores y más elevadas que las que ofrecía un paganismo sensual.
Eleusis, aunque abiertamente un templo pagano, ofrece pruebas contundentes de haber servido en realidad como medio de difusión para los misterios de dicho culto.
Las diversas escuelas filosóficas contribuyeron a esta labor; al abordar temas como lo infinito y lo finito, la eternidad, el tiempo y el espacio, o lo Verdadero, lo Bello y lo Bueno, los filósofos pudieron sembrar abiertamente una semilla que superó a la cizaña pagana e impulsó a los pensadores a buscar una instrucción más profunda.
Pero mejores que ellos, quizás mejores que todos juntos, fueron los poetas de su tiempo, los hombres «que sienten grandes verdades y las cuentan». Aprovecharon los privilegios universalmente concedidos a la canción: el lenguaje figurado que crea nuevas imágenes ante la vista, el ritmo seductor que atrae todos los sentidos al oído, la pausa dubitativa que proyecta una sombra amigable sobre la verdad, la exclamación repentina que cautiva la mente, la dicción poética negada a la prosa, las palabras homónimas que «abren (y a veces arrancan) las cerraduras y bisagras del pecho»: todo eso y más, con conocimientos extraídos de los depósitos lógicos, filosóficos, geológicos, astronómicos y otros científicos, los aplicaron al tema que más amaban, y lo fusionaron todo en un lenguaje que contaba una historia al pagano y otra al cristiano. «Una tarea hercúlea e imposible», podría decirse.
Esto último podría haber sido de no ser por la existencia de un cifrado conocido solo por el culto, un cifrado cuyo origen y creadores se remontaban al pasado oculto del tiempo, un cifrado cuyos signos podían ajustarse a los caracteres alfabéticos de cualquier lengua escrita, un cifrado que dibujaba imágenes literales del Prometido, y permitía al amor, enamorado, contemplar el Nombre, señalárselo a los lectores y tejer a su alrededor de vez en cuando fragmentos de la historia que habían llegado a través de los surcos del tiempo.
No es una historia insignificante.
El Nombre se extiende por cada página clásica; y la historia se narra con una plenitud y, a menudo, con una claridad de detalles que eclipsa el registro judío, y deja una duda razonable sobre si la información de los poetas provenía de una lectura más crítica que la nuestra de dicho registro, o de fuentes externas a él, y posiblemente anteriores.
Pero, sin lugar a dudas, fue una tarea hercúlea.
Escribir una oda, elegía, himno, poema pastoril o cualquier composición breve de entre veinticuatro y setenta y dos versos, siguiendo ese doble enfoque, y lograr así desconcertar al pagano, instruir al cristiano y granjearse merecidos elogios de ambos //creyentes e infieles// por aquello que apelaba a la mente de cada uno —ya solo esto constituía una labor asombrosa.
¿Qué pensar entonces de esfuerzos similares mantenidos a lo largo de obras que contaban con miles de versos?
Sin embargo, eso fue lo que hicieron Horacio, Tíbulo, Catulo, Alceo, Safo, Calímaco y decenas de otros autores en Grecia y Roma; sí, y eso fue lo que hicieron Homero en la *Ilíada* y la *Odisea*, Hesíodo en *Trabajos y días*, Virgilio en la *Eneida*, Ovidio en las *Metamorfosis* y muchos otros en poemas de gran extensión.
Aquellos poetas y otros semejantes pertenecían a la secta y escribían exclusivamente para ella, aunque se veían obligados (por razones que apenas requieren explicación) a adoptar un disfraz para su verdadero tema.
Pero ¿qué importaba eso?
Las palabras son libres, no pueden ser monopolizadas por un solo asunto; y el mismo conjunto de términos que describe la guerra o la paz, el amor o el odio, los placeres sociales, el saber científico o cualquier otra cosa, constituye también esos «cañones de la mente» que predican la Palabra.
Las palabras eran necesarias para narrar la historia y señalar el nombre de Aquel que había de venir, //el cordero mesías// y un contingente de soldados verbales era tan válido como otro, siempre que el genio estuviera al mando (como lo estaba) y que la secta conociera el objetivo del ataque (como lo conocía).
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