LIBRO DONADO POR ARTHUR HARRINGTON
UN TESORO DE ILUSTRACIONES
HENRY WARD BEECHER
EDITADO A PARTIR DE SUS OBRAS PUBLICADAS E INÉDITAS. INFORMES Y DE SUS PALABRAS HABLADAS
POR JOHN R. HOWARD Y TRUMAN J. ELLINWOOD.
CON UNA INTRODUCCIÓN DE NEWELL DWIGHT HILLIS.
NEW YORK CHICAGO TORONTO
1875
UN TESORO DE ILUSTRACIONES *BEECHER* I-VIII
Introducción
El maestro de hombres debe percibir él mismo la verdad y luego transmitir a otros lo que así se ha convertido en suyo. Debe ser tanto vidente como orador, ya sea que vea con el ojo material o espiritual, y ya sea que hable con palabras, tonos, formas o colores. El poder y la permanencia de su obra dependen del alcance y la precisión de su visión, por un lado, y de la sinceridad, simpatía y acierto de su dicho, por el otro.
La función de decir incluye también un acto adicional de ver; pues el profeta, poeta o artista debe conocer no solo su propio tema, tal como se le presenta, sino también la naturaleza y el uso de su instrumento de expresión, y las mentes de aquellos a quienes busca guiar a su propio punto de vista, para que puedan recibir su visión.
En esta doble condición, Henry Ward Beecher fue sumamente grande.
Phillips Brooks y Charles Spurgeon lo llamaron el Shakespeare del púlpito moderno, sin duda en reconocimiento no solo de la riqueza y variedad de sus dones, sino principalmente de la facultad shakespeariana de percibir los múltiples aspectos de la vida y el carácter humano, y de presentar sus relaciones en imágenes que perduran cuando los pasos de la argumentación y las teorías filosóficas se han desvanecido.
Estas exposiciones ilustrativas son características del genio y la inspiración.
La Biblia está llena de ellas. Job, sin argumentar tediosamente la omnipotencia de Dios, la describe en volcanes, tormentas, extraños monstruos marinos y terrestres, y la ordenada procesión de las estrellas.
Moisés compara la breve vida terrenal del hombre con una historia que pronto se cuenta, una flor que pronto se marchita, un vapor que pronto se dispersa.
David canta el Salmo del Pastor y fija para siempre en la conciencia universal el sentido de la providencia divina.
Pablo resume la relatividad de nuestro conocimiento al decir: «Vemos como en un espejo, oscuramente», anticipándose y corrigiendo de antemano al agnóstico moderno, que profesa no ver nada; y revela en un instante la verdadera teoría progresiva del cambio al afirmar que toda la creación ha sufrido dolores de parto en sucesivos nacimientos desde el principio, siendo cada nueva generación un peldaño ascendente, divinamente ordenado «en esperanza».
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