A LA DERIVA DESDE EL MEDIO OCÉANO.
ESTUDIOS DE PERSONAJES.
UNA SECUELA DE MADERA DE VERANO
Y EL FUEGO DE INVIERNO.
DE ROSE PORTER.
NEW YORK
1889
DE MADERA DE VERANO Y EL FUEGO
DE INVIERNO*ROSE PORTER* 1-9
“Mirando atrás por el camino recorrido, destellos y verdor persisten en el
sendero: La distancia se funde y se suaviza hoy, mirando atrás. Rosa, púrpura y gris plateado. ¿Es esa nube la nube que
llamamos tan negra? La tarde armoniza todo hoy. mirando atrás. pies necios tan
propensos a detenerse o extraviarse. corazón necio tan inquieto en el tormento
! Ayer suspiramos, pero hoy no. “
A LA DERIVA DESDE EL MEDIO OCÉANO.
I.
Hace años, para complacer a mi
abuelo, JL llevé mi diario «Madera Flotante de Verano». Más tarde, siempre de acuerdo con su deseo,
escribí el diario «Fuego Invernal», y al llegar a la última
página de cada uno, dije: “Nunca volveré a llevar un registro semejante de la
historia de mi vida: en cuanto a la historia trazada a cada hora en las tablas
del corazón, bueno, eso debe continuar hasta que la vida mortal se apague”.
Sin embargo, decido cambiar de opinión; porque ayer,
cuando revisaba los papeles de mi padre, encontré una carta escrita hace
años por mi abuelo, que contiene la petición
de que cuente qué significan mis experiencias de tristeza y alegría, éxito y
fracaso, vistas desde el punto medio que llamamos el meridiano de la vida.
Mi abuelo también me pide que cuente dónde se ha ampliado y dónde se ha
reducido mi visión espiritual; y qué influencia ha ejercido en mi mente y
corazón la impaciencia moderna del dogma y las interpretaciones de las antiguas
creencias, a la luz de lo
que muchas personas sinceras consideran un aumento del conocimiento, una
creencia más amplia y un amor más expansivo.
Al
reflexionar sobre estas preguntas, las encuentro rodeadas de problemas que solo
puedo abordar contándoles de mi vida, tal como está estrechamente vinculada con
otras vidas: pues mi experiencia individual es meramente débil latido del corazón, pero así
unido se aliará al cálido latido viviente del gran corazón palpitante de la
humanidad, tal como una unidad ayuda a contar cien o una gota de lluvia a
formar una lluvia.
Saber que la compañía es vitalidad, mientras que el aislamiento es muerte,
me impulsa a comenzar este relato ahora, cuando me encuentro, por así decirlo,
en el umbral de una nueva vida.
La semana que viene espero unirme a un
grupo de amigos con quienes planeo pasar varios años
viajando por el extranjero. Explicaré brevemente cómo es que dejo mi hogar y luego
pasaré al día de la navegación.
DERIVAS DESDE MEDIO OCÉANO 7 Recordarán la muerte de mi abuelo y cómo poco
después mi padre y yo dejamos la ciudad. Llegamos a esta querida y antigua casa, que mi padre heredó,
cuando terminó la peregrinación terrenal de la tía Stella.
Desde entonces, hasta hace tres meses, los días
iban y venían, uno igual al otro, sin ningún acontecimiento sorprendente.
Pero entonces amaneció una
mañana que anunció el día de los días para mí: ¡me dejó huérfana! Todo fue
muy repentino. Mi padre
estaba fuerte y bien cuando salió
el sol, frío y quieto cuando se puso, porque al
mediodía “el dedo de Dios lo tocó y durmió”, mientras
que la Puerta del Cielo se abrió y su alma entró tras el velo, y Cristo reveló
que :
“La muerte no es para Sus seguidores ni siquiera abrir un pestillo; ¡Solo
un paso al aire libre, de una tienda ya luminosa con luz que brilla a través de
las paredes transparentes!
No me
detendré en detalles; los hechos son suficientes y
están envueltos en maravillosas manifestaciones de la tierna compasión del
Padre Celestial y de la cercanía de Cristo. No quiero decir
que al principio sintiera el consuelo de esa compasión y cercanía. No, tuve que soportar el dolor y esperar a que Dios me vendara. Fue mientras esperaba que la paz llegó, pues fue entonces
cuando vislumbré la preciosa verdad de que mi
propio dolor me daba derecho a acercarme a Cristo, pues por él, parte del dolor
que este mundo soporta por el pecado recayó sobre mí, y debo llevarlo con
Cristo. Él no lleva la cruz solo, ni pide a sus
seguidores que la lleven solos. Se conmueve
con nuestros sentimientos. Conoció por un momento la desaparición del padre, y el
clamor: "¿Por qué me has abandonado?" Seguramente lo sé.
Él conoce la agonía de la separación. Más
tarde, incluso en medio de mi desolación, descubrí cuánto me queda por lo que
vale la pena vivir si tan solo lo acepto como el Señor provee.
Así es como este gran dolor de mi mediana edad ha venido cargado de
significados que mi dolor juvenil apenas percibía, y explica por qué mucho de lo que entonces me brindó
dulce y reconfortante consuelo, ahora carece de él; y, sin embargo, el consuelo que ahora encuentro es el
fruto de la semilla sembrada en los surcos de ese dolor temprano, pues las
oraciones que planté entonces son bendiciones maduras ahora.
sábado, 29 de octubre de 2016
"TU ESCUCHAS LA ORACIÓN DE AQUELLOS QUE TE BUSCAN"- HISTORIA CONMOVEDORA
DIOS SÍ NOS OYE
Una viuda joven y solitaria
descubre cómo Dios ayuda a sobrevivir y a rehacerse
a los desventurados que han perdido toda esperanza
Por Pamela Hennell
A MENUDO oímos decir a personas afligidas y desilusionadas: "Oré, pero mis ruegos nunca fueron atendidos". Yo también me expresé así cuándo una profunda pena trastornó mi vida, y me alejé de Dios. Sin embargo, largos meses después mi desilusión terminó de una manera extraña y maravillosa.
En los días felices y activos de mi matrimonio, pocas veces pensé en rezar. Durante los diez años que pasamos juntos, mi esposo y yo vivimos absorbidos por un amor despreocupado y alegre; nuestra única pena era no tener hijos. De pronto mi marido enfermó de cáncer del pulmón. En mi desesperación me dediqué a orar,
esforzándome por recuperar lo perdido, pero la oración, por tanto
tiempo relegada al olvido, me parecía vacía. Después de varios meses,
largos y angustiosos, Godofredo murió. Entonces mi plegaria constante fue: "¡Ayúdame, Dios mío, a soportar esta soledad y desesperación!"
De nuevo me pareció que sólo el eco devvolvia
mis oraciones y, sin atender el bondadoso consejo de nuestro párroco,
en mi amargura y desolación traté de marchar sola, pero a cada paso me
hundía más profundamente en el egoísmo del dolor reprimido.
A lo largo de mi senda solitaria
me encontré con otras personas que también padecían. Aquéllos cuya fe
era fuerte recobraron el valor y la esperanza. Pero otros, como yo,
seguíamos extraviados, vacilantes. Conocí a un hombre que había perdido
su único hijo, a una viuda mucho mayor que yo, a una jovencita cuyos
padres perecieron en un incendio. Todos comentábamos que.habíamos pedido
ayuda a Dios paró Soportar la separación, sin que nada ocurriera. "¿Por qué escucha Él otras oraciones, pero nunca las nuestras?" nos preguntábamos.
No
me di cuenta de cuán grande era mi error hasta una noche helada de
diciembre, 16 meses después de la muerte de mi marido. Me encontraba
entonces en Londres, adonde había ido a buscar trabajo para escapar de
obsesionantes recuerdos. En un principio, la busca de un empleo me tuvo
tan ocupada que no me quedó mucho tiempo para pensar en el pasado; pero,
dos semanas después de mi llegada, el hecho de haberme encontrado por
casualidad con una persona que había mantenido relaciones comerciales
con Godofredo renovó todo el antiguo dolor por la pérdida sufrida. Incapaz de soportar la soledad de mi aposento, vagué durante horas por las calles. Comenzaba
a anochecer, y con la oscuridad llegó la niebla. Un reloj distante daba
las ocho cuando salí de Old Brompton Road y me dirigí hacia Queensgate.
Allí, casi oculta por la bruma, descubrí una iglesia cuyas puertas
estaban abiertas. La antigua plegaria me volvió a los labios: "¡Ayúdame,
Dios mío, ayúdame!" Entré en el templo, sin esperanzas.
La
iglesia era pequeña, fria y húmeda, y estaba iluminada tan sólo por
tres velas vacilantes. En la penumbra se vislumbraban las filas de
bancos. Mientras yo permanecía de pie, indecisa, súbitos sollozos rompieron el silencio, los sollozos bruscos y atormentados de un hombre.
Mi
primera reacción fue de miedo, y me volví para huir. Pero esos sollozos
ahogados, tan llenos de dolor, me detuvieron en la puerta. A pesar mío
avancé casi a tientas por la oscura nave lateral hacia el sitio de donde
provenían, hasta que vi una persona acurrucada en un banco. Poniéndole
tímidamente la mano en el hombro, murmuré:
—¿Puedo ayudarle en algo?
El desconocido levantó la cabeza. Era joven; tenía el rostro anguloso y el cabello rubio.
—Ha muerto —dijo con voz dura—. ¡Mi esposa ha muerto!
Me
senté a su lado. Evidentemente no esperaba contestación alguna, pero
comenzó a hablarme en un murmullo entrecortado, como si yo fuera una
amiga. Unos pocos años antes, había venido de Australia con su esposa.
Si bien su salario de empleado era mezquino, y su departamento resultaba
demasiado pequeño desde la llegada de un hijo, su vida había estado
llena de amor y felicidad hasta que su mujer murió dos meses atrás. Me
habló de los interminables días y de las noches de insomnio que había
pasado desde entonces.
—No sé cómo seguir viviendo sin ella —repetía angustiado—. Oro para tener valor, mas las cosas empeoran cada día. La gente ha sido amable, pero . .* .
Se
interrumpió repentinamente. Mientras yb trataba de extraer del vacío de
mi propio corazón algunas frases de aliento, ébló de nuevo, y sus
palabras constituyeron una revelación súbita para mí.
—¡Todos han sido tan bondadosos conmigo! El
matrimonio que se hizo cargo del bebé, los vecinos a quienes antes no
conocía y que insisten en que coma con ellos todas las noches, los compañeros de la oficina Dios ha contestado mi ruego a través de toda esa gente. Pero yo no escuchaba.
Pero yo no escuchaba. Fue como si esas palabras abrieran una puerta en mi espíritu. Yo también había pedido ayuda, mas esperaba alguna solución dramática que borrara milagrosamente el dolor de la pérdida sufrida. Cuando eso no ocurrió (¿ y cómo podría haber ocurrido?) me alejé de Dios, diciéndome que Él no había escuchado mis oraciones. Sin embargo, y no obstante haberle vuelto la espalda, Él había contestado mi súplica, y yo lo habría comprendido así si hubiera sabido escuchar.
Sentada
junto a ese desconocido, recorrí con el pensamiento los largos meses
anteriores. Mi médico me había enviado a pasar las primeras semanas a la
playa para que pudiera descansar. No bien los otros huéspedes del
pequeño hotel descubrieron que yo acababa de enviudar, me rodearon como
un pequeño ejército de amigos, decididos a no dejarme sola. Me obligaron
a nadar, a bucear, a compartir sus paseos en bicicleta. Ni una sola vez se me ocurrió que su cálida amistad podía ser una respuesta a la plegaria que yo elevaba a Dios: "¡Ayúdame a soportar esta soledad y desesperación!"
Durante
mi vida de casada nunca desempeñé un empleo, y se me dijo que debido a
mi falta de experiencia me sería difícil conseguir uno. Sin embargo, y
justamente cuando más lo necesitaba, me encontré con una señora que
casual-mente mencionó una vacante que existía en la redacción de una
revista. Me presenté y fui aceptada, cosa que yo califiqué de feliz
coincidencia.
La primera Navidad sin Godofredo, tres matrimonios que yo apenas conocía me invitaron a pasar ese día con ellos. Mis vecinos observaban con atención mi estado de ánimo, y si advertían signos de que mi depresión aumentaba, me obligaban a compartir sus vidas.
La secretaria del editor para el que trabajaba, dedicó parte de su
tiempo libre a ponerme al corriente de mis obligaciones, y llegó hasta
corregir mi mala ortografía. ¡He hallado tanta gente buena!
Y esa noche el destino había reunido a dos extraños en una pequeña iglesia vacía de Londres, para que ambos descubrieran juntos cuál es en realidad la forma en que Dios contesta las oraciones. No se trata de un don milagroso de valor y esperanza, ni de una panacea sobrenatural que cure los males del espíritu. Ese apoyo se advierte en .las pequeñas cosas: en el calor de la amistad que reconforta el ánimo desfalleciente, en el alivio del corazón adolorido al compartir la alegría ajena, en la bondad de un extraño que ilumina un día. Ésta es, pues, la manera como Dios nos ayuda a soportar las desgracias y a rehacernos.
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