PASATIEMPO POETICO
UN ROMANCE DE MELENDEZ VALDÉS
MONNER SANS
BUENOS AIRES
Talleres Gráficos Schenone Hnos. y Linari, Pasco 735
1921
PASATIEMPO POETICO
UN ROMANCE DE MELÉNDEZ VALDÉS
1-4
Después de hacer notar como en Sevilla, iba decayendo el cultivo de la poesía en la centuria XVIII, decía el señor de la Puente y Apezechea, en su discurso de recepción de la Real Academia de Buenas Letras de dicha ciudad. 1.° de diciembre de 1850:
"Pero había de venir del cielo el divino rocío que quebrantase la dureza de la tierra y la hiciese fructificar. Apareció Meléndez, y apenas oyeron su divino acento, que tanta analogía tiene con los escritores clásicos andaluces, como por encanto poblóse Sevilla de poetas, generosa descendencia de la antigua escuela, hoy ya más numerosa que ella".
"Pero había de venir del cielo el divino rocío que quebrantase la dureza de la tierra y la hiciese fructificar. Apareció Meléndez, y apenas oyeron su divino acento, que tanta analogía tiene con los escritores clásicos andaluces, como por encanto poblóse Sevilla de poetas, generosa descendencia de la antigua escuela, hoy ya más numerosa que ella".
Este anacreonte español, o sea don Juan Meléndez Valdés, nació, como es sabido, en Ribera del Fresno — Badajoz— el 11 de marzo de 1754, pasando en 1772 a Salamanca para cursar sus estudios en aquella Universidad, logrando en ella todos los grados, desde el de bachiller hasta el de doctor, yendo a Madrid en 1781, lo que nos participa que el aplaudido bucólico, pasó en la ciudad del Tormes desde los 18 hasta los 27 años de su edad, la época en que un joven del temperamento de nuestro poeta, debió naturalmente gustar a sus anchas de los encantos del eterno femenino.
Comenzó por enamorarse de una damita a la que dedicó varias poesías, las primicias por supuesto de su poético ingenio, ocultándola bajo el nombre de Ciparis. De que ella correspondía a la juvenil pasión amorosa de nuestro vate, buena prueba es el hecho de que adoleciendo de grave enfermedad en 1776, el padre de la doncella, acompañado de su hija, lo llevara a un cortijo de su propiedad cerca de Salamanca, para que se divirtiese mientras convalecía, viendo vendimiar las viñas propiedad del rico castellano.
De esta Ciparis hablan Jovellanos y Fr. Diego González.
El primero de estos autores, en su epístola titulada Jovino a sus amigos de Salamanca, nombra a Ciparis, a Julinda y a Mirta, las enamoradas de Batilo, Delio y Liseno.
En esta epístola le aconseja, no sin dejar de llamarle ardiente, que deje la lira pastoril
y
. . .aplique
a sus dorados labios la sonante
trompa para entonar ilustres hechos.
No fué feliz consejero en esta ocasión aquel portentoso polígrafo, pues, Meléndez, más que por sus elevados cantos, brillará siempre en la lírica del siglo XVIII por su natural sencillez y refinada delicadeza.
Ignoramos lo que pasaría entre los enamorados, mas lo cierto es que nuevas simpatías vinieron a reemplazar en el corazón de Batilo el cariño que por ella sintiera.
Rosana ocupa en el pecho del poeta, el lugar en que parecía bien
aposentada la cándida Ciparis.
Comenzó por enamorarse de una damita a la que dedicó varias poesías, las primicias por supuesto de su poético ingenio, ocultándola bajo el nombre de Ciparis. De que ella correspondía a la juvenil pasión amorosa de nuestro vate, buena prueba es el hecho de que adoleciendo de grave enfermedad en 1776, el padre de la doncella, acompañado de su hija, lo llevara a un cortijo de su propiedad cerca de Salamanca, para que se divirtiese mientras convalecía, viendo vendimiar las viñas propiedad del rico castellano.
De esta Ciparis hablan Jovellanos y Fr. Diego González.
El primero de estos autores, en su epístola titulada Jovino a sus amigos de Salamanca, nombra a Ciparis, a Julinda y a Mirta, las enamoradas de Batilo, Delio y Liseno.
En esta epístola le aconseja, no sin dejar de llamarle ardiente, que deje la lira pastoril
y
. . .aplique
a sus dorados labios la sonante
trompa para entonar ilustres hechos.
No fué feliz consejero en esta ocasión aquel portentoso polígrafo, pues, Meléndez, más que por sus elevados cantos, brillará siempre en la lírica del siglo XVIII por su natural sencillez y refinada delicadeza.
Ignoramos lo que pasaría entre los enamorados, mas lo cierto es que nuevas simpatías vinieron a reemplazar en el corazón de Batilo el cariño que por ella sintiera.
Rosana ocupa en el pecho del poeta, el lugar en que parecía bien
aposentada la cándida Ciparis.
La circunstancia de estar casada Rosana con un coronel, según cree Mesonero Romanos, nos induce a sospechar si el rompimiento del poeta con su primer amor, tuvo por causa harto justificada, esta galante aventura del fogoso doncel.
Supone el autor últimamente citado, que Rosana tendría unos 18 ó 20 años cuando la conoció Batilo
. De que la adamó fogosamente probarlo pueden sus romances Rosana en los fuegos, - Rosana en el baile, - Rosana de azul, - etc.
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